viernes, 9 de diciembre de 2011

El mito de Europa

No sólo los antiguos creían en los mitos. También los modernos creemos en ellos, otros mitos pero mitos al fin y a la postre. El problema es que muchas veces nos pasa desapercibido el carácter mítico de nuestras propias creencias, de nuestras supercherías; tan nuestras que son y tan firmes y arraigadas como las tenemos, no somos capaces de verlas en primer lugar y de cuestionarlas mínimamente con sentido crítico en última y no menos importante instancia.  




















 Max Beckmann, El rapto de Europa, 1933

Un buen ejemplo puede ser el mito de Europa, de la que tanto se oye hablar últimamente. Para los antiguos, Europa era una princesa fenicia de la que se enamoró Zeus o Júpiter, que le decían los romanos,  cuando la vio jugando con sus amigas en la playa de Sidón, o de Tiro, según otras fuentes. El dios, enardecido de amor por la belleza de la muchacha,  se transformó en un toro de resplandeciente blancura y cuernos en forma de luna creciente -"media Luna los cuernos de su frente", que cantó Góngora-; y se tumbó  mansamente a los pies de la doncella. Ella, asustada al principio, cobró ánimo y acabó confiándose, acariciando al toro y sentándose sobre su lomo, momento en el que la bestia aprovechó para lanzarse al mar y llevársela consigo. 

La travesía, rumbo a Occidente, acabó en la isla de Creta, donde el dios -el "mentido robador de Europa"  según el verso gongorino que evoca al falso toro que la raptó- se une carnalmente a la virgen, y, como recompensa, otorga el nombre propio de la princesa a esa parte del mundo donde se había producido su unión: había nacido Europa.

 Así pintó Tiziano el rapto de Europa. 

El toro, cuya forma había adoptado Zeus se convirtió, posteriormente, según la leyenda, en una constelación que fue colocada entre los signos del zodíaco y que conserva, como cultismo, su antiguo nombre: tauro.

Así canta el poeta Horacio, en su Oda III, 27, versos 25-76 la historia en estrofas sáficas (tres endecasílabos al modo de Safo y un adonio, que es la continuación del tercero con un pentasílabo dactílico):






Tal Europa blanco el costal al falso
toro le confió, y ante el mar preñado
de alimañas palideció la osada
y entre peligros.

Ávida hace poco de flor en prados
y del ramo artífice grato a ninfas,
nada vio en la noche difusa, salvo
olas y estrellas.

            Y ella, cuando a Creta arribó, notable
            por cien villas, díjole: “Padre, oh nombre
de hija que he dejado y piedad vencida
                                               por mi arrebato,


            ¿desde dónde a dónde llegué? Es la muerte
            poco a error de virgen. ¿Lamento en vela
torpe acción, o búrlame de pecados
libre, la imagen
           
            vana, que al salir por la marfileña
            puerta trajo el sueño? ¿Mejor ha sido
ir por vastas mares o hacer de flores
frescas manojo?

            Si alguien hoy me diera al infame toro,
            enfadada yo intentaría herirlo
con el hierro y cuerna romper al monstruo     
antes bienquisto.

            Sin pudor dejé la paterna casa.
            Sin pudor retraso mi muerte. Oh, si uno
de los dioses me oye, que entre leones
yo ande desnuda,

            antes que una torpe vejez arrugue
            bellas mis mejillas y el jugo huya
de esta tierna presa, ser pasto hermosa
quiero de tigres.

            ¡Vil Europa, te urge tu padre ausente!
            ¿Qué, a morir esperas? De fresno puedes
tal colgar tu cuello con ceñidor que
bien te acompaña.
           
O si gustas para morir escollos
            y arduas rocas, ea, a borrasca date
ya veloz; si hilar la servil tarea,
sangre de reina,

            no prefieres, y a ama extranjera darte
            concubina.” Venus se hallaba al lado
de quejosa riéndose en falso, y su hijo,
su arco depuesto.

            Luego, habiendo mucho reído, dijo:
“Te abstendrás de iras y bruscas riñas,
cuando el toro que odias te dé sus cuernos
que quebrarías.

            Ser la esposa ignoras de Jove invicto;
            deja tu sollozo, a llorar aprende
bien tu gran fortuna: tendrá tu nombre
parte del mundo”.



 Fotografía de Madame Yevonde, Europa, 1935






En la oda de Horacio que hemos leído, Europa no ha sido totalmente abducida, sino seducida por el toro bravo, lo que explica sus sentimientos de culpabilidad, como si ella misma fuera responsable de haberse dejado arrastrar por la fuerza descomunal del amor en forma de poderosa y bravía res. 

Son muchos los pintores que han plasmado en sus lienzos el rapto de Europa en todos los tiempos, desde Tiziano, como hemos visto arriba, hasta Picasso, por ejemplo, o Botero entre los contemporáneos. Podéis comprobarlo de un modo muy sencillo escribiendo "rapto de Europa" en el buscador de imágenes de Google,  y  admirando la cantidad de tratamientos gráficos tanto antiguos como modernos que hay sobre el tema que nos ocupa.  

(Maarten de Vos, El rapto de Europa, 1590)

El simbolismo de esta princesa fenicia, por otra parte, está abierto a toda clase de sugerencias e interpretaciones: "ex Oriente lux" dice el proverbio latino, que significa que de Oriente nos viene la luz del sol, como vienen de Oriente los Reyes Magos, en la tradición cristiana, a adorar al recién nacido... Y de Fenicia, en concreto, tomaron los griegos algo tan importante y crucial para nuestra cultura como el alfabeto, que es el origen del abecedario latino que empleamos hoy casi universalmente.  Así que de Oriente nos vino, al menos, la escritura alfabética, y con ella el comienzo de la historia humana propiamente dicha.
 
(Valentin Serov, Europa, 1910)

Los mitos modernos, tales como el Progreso, Europa, la Democracia, los Mercados... y un larguísimo etcétera son mucho más prosaicos que los antiguos, como podéis comprobar, pero no menos poderosos y más dogmáticos, por lo que no es mal ejercicio des-miti-ficarlos, es decir, analizarlos, disolverlos como si de un análisis químico se tratara. Nos exigen no sólo la fe ciega de que creamos en ellos sin ponerlos nunca en tela de juicio, como antes hemos dicho, sino también  que hagamos algún sacrificio que otro en sus altares,  sacrificio que a veces consiste en nuestro propio holocausto.

 Rapto de Europa, Botero (1995)

"Somos conscientes de los sacrificios exigidos para fortalecer Europa", ha dicho recientemente un prohombre del Estado y político de las finanzas elegido democráticamente. Lo ha dicho en pleno siglo XXI de la era moderna. Ha querido decir que hay que fortalecer el dogma de un artículo de fe, un mito ("Europa"), que hay que darle credibilidad -ahora no dicen "fe", que suena a religión, sino "credibilidad", que es lo mismo pero parece más moderno y distinto porque,  frente a la monosilábica "fe",  la "credibilidad" tiene nada más y nada menos que cinco sílabas, lo que le da mucha más enjundia a la palabra. Hay que fortalecer a Europa, ha dicho,  aunque exija en sus aras y a tumba abierta  el sacrificio de todos los europeos.


En la moneda griega de dos euros figura hoy, qué paradoja, el rapto de Europa, dando a entender mucho más de lo que parece que representa. ¿No será acaso el toro bravo hoy en día una metamorfosis no ya del obsoleto Júpiter o del no menos rancio Zeus, sino del propio Euro, la "moneda única" que es la última epifanía del poderoso caballero Don Dinero (Quevedo dixit), o Das Kapital, que diría don Carlos Marx, el nuevo, único y moderno dios verdadero que rige los destinos no sólo de la llamada comunidad o unión europea,  que necesita estar constantemente fundándose y refundándose,  sino también del mundo mundial entero? 

Una muestra del humor genial de Forges abunda sobre el mismo tema, muestra el moderno "rapto" de Europa.

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