domingo, 22 de enero de 2012

El canto de las sirenas

Cuando decimos que nos dejamos seducir por el canto de las sirenas, o, simplemente, que oímos la sirena de una ambulancia o de una fábrica, estamos evocando, tal vez sin querer, un episodio de la Odisea de Homero. 

Las sirenas eran unos monstruos encantadores que, según la imaginería de la cerámica griega de la ilustración de abajo, eran aves canoras que vivían en una isla y atraían con su canto a los incautos navegantes. Aquí las vemos revoloteando sobre la nave de Ulises/Odiseo, que atado al mástil por voluntad propia, puede escuchar su canto sin sucumbir a su fascinación, mientras que la tripulación tiene los oídos ensordecidos por tapones de cera.


Enseguida se imaginaron las sirenas, sin embargo, como mujeres-pez, dado su carácter de monstruos marinos. De hecho, la primera imagen que nos viene a la mente cuando pensamos en una sirena,  es la Sirenita de Copenhague o la Ariel edulcorada y un tanto empalagosa de Walt Disney. Ello se debe al cuento infantil que escribiera el danés Hans Christian Andersen en 1836, que adaptó Walt Disney, el mayor corruptor de la infancia del siglo XX,  según el dictamen de Rafael Sánchez Ferlosio, desvirtuándolo totalmente.

En el cuento original, en efecto, la sirenita, que no se llama Ariel ni tiene nombre propio siquiera, no consigue el amor del príncipe, mientras que en la película el amor entre ellos acaba triunfando frente a todas las adversidades en un happy-end más propio de los bodrios infantiles de Disney que de la vida real, que algunos justifican porque, dicen, van dirigidas a los niños, olvidando que el cuento de Andersen también iba destinado a un público infantil de encefalograma no tan plano.


Las sirenas, en todo caso, siempre han fascinado a los hombres, cuando no por su canto, como a Odiseo/Ulises, sí por sus encantos femeninos, pues se han convertido en unos símbolos eróticos relacionados con la volubilidad del agua, olvidándose el carácter monstruoso que tenían en su origen. El mito de las sirenas es uno de los más persistentes a través del folklore de muchos pueblos marineros. Sin ir muy lejos, tenemos en Cantabria, concretamente en Liérganes,  la moderna leyenda del Hombre Pez, que constituiría una versión masculina del mito de la sirena.

La imaginación de estos seres híbridos ha variado a lo largo de los tiempos. El pintor surrealista belga René Magritte (1898-1967) imaginó así a la sirena, invirtiendo la proporción mujer/pez:


No puedo resistir la tentación de ofreceros, a propósito del canto de las sirenas y de la fascinación que han ejercido sobre la humanidad a lo largo de los siglos desde la invención homérica, la siguiente columna de Juan José Millás que apareció en el periódico El País y que tituló "Ulises", en la que se citan unos versos del poeta Ángel González, que recorto y pego con una ilustración de Máximo, ese espléndido dibujante que nos sugiere con unos simples trazos tantas cosas, y que, aunando el mito de la sirena-ave y la sirena-pez, nos presenta una nube con forma de sirena-pez:

ULISES (Juan José Millás)

Cada español vio el año pasado una media de 22.000 anuncios. Así que a simple vista, sin echar mano de la calculadora, es como si nos fusilaran 2.000 veces al mes, unas 60 al día. Cruzas por delante de la tele para rescatar de los suburbios de la librería un libro de poemas y recibes seis ráfagas o siete que te dejan en el sitio, aunque tus deudos no lo adviertan: también ellos han sido ejecutados varias veces desde que se levantaran de la cama. Con el libro en la mano vuelves sobre tus pasos, y mientras abandonas la habitación decidido a no volver la vista a la pantalla, el electrodoméstico continúa ametrallándote a traición no para que caigas, no es tan malo, sino para que, verticalmente muerto, salgas a la calle a comprar una colonia, un coche, unas gafas de sol, un cursillo de inglés, una hipoteca o una caja de compresas extrafinas y aladas congeladas para amortizar la inversión del microondas.

Ya en la parada del autobús abres el libro y tropiezas, lo que son las casualidades de la vida, con unos versos de Ángel González que se refieren a los reclamos publicitarios de la civilización de la opulencia:

No menos dulces fueron las canciones
que tentaron a Ulises en el curso
de su desesperante singladura,
pero iba atado al palo de la nave,
y la marinería, ensordecida
de forma artificial,
al no poder oír mantuvo el rumbo.

Si miras alrededor, verás otros ulises atados, como tú, al palo de un libro. Sólo que esto es un autobús y no una nave, y que en lugar de regresar a Ítaca vuelves a la oficina. Cómo no caer, aunque sea un instante, en la tentación de escuchar lo que dice la sirena de Calvin Klein, de Mango, o de Winston, que te susurra al oído obscenidades cancerígenas. Veintidós mil anuncios, dos mil al mes, unos sesenta al día. No hay héroe capaz de resistirlos ni Penélope que lo aguante. Estamos listos.



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