martes, 24 de enero de 2012

¿Por qué os animamos tanto a leer?

La lectura se ha convertido para muchos alumnos en una obligación, en un rollo, en un deber, en algo que hay que hacer para aprobar algunas asignaturas porque lo mandan los profesores, en un punto más para la nota porque está incluido en el plan lector; ha perdido así lo que tenía de placer solitario que se compartía con los más íntimos, ha perdido lo que tenía de acto voluntario y de descubrimiento sorprendente, ha perdido incluso lo que tenía de, vamos a decirlo con una palabra que suena grandilocuente, revolucionario. Y sin embargo sigue siendo un placer, un descubrimiento, un acto voluntario y, por supuesto, revolucionario.

Pep Bruno ha publicado este artículo que expresa mucho mejor que yo lo estoy haciendo lo que quiero decir. Pocas veces le sucede a uno que cuando lee un texto se siente identificado totalmente con lo que allí se dice y entonces uno reconoce: "Esto es lo que quería decir yo, lo que tenía en la punta de la lengua y no acertaba a decirlo, lo que yo estaba pensando y no encontraba las palabras."  Es un poco largo, pero merece la pena leerlo de cabo a rabo: no tiene desperdicio. Se titula: La revolución silenciosa: leer como acto de rebeldía. Se publicó en el Boletín de la Red de Bibliotecas Municipales de Salamanca, en el nº 55 de diciembre del año pasado, de donde lo tomo sin permiso para publicarlo aquí por el indudable valor que tiene.








La revolución silenciosa: leer como acto de rebeldía
Podría decir que leo por costumbre, pues leer es un hábito que arraigó en mí desde bien niño y que he seguido cultivando a lo largo de mi vida.

También podría asegurar que leo por placer: son muchas las páginas que disfruto intensamente, muchas las que me han dado un gozo inolvidable.

Incluso podría afirmar que leo por puro egoísmo, porque leer es una experiencia honda, íntima, que me alimenta y calma mi sed.

En verdad todo esto podría decir. Y decirlo sin mentir: porque leo por hábito, leo por placer, leo por egoísmo.

Pero pienso que el motivo último de mi militancia en el equipo de los lectores recalcitrantes es porque leer, hoy en día, se ha convertido en una actividad revolucionaria. Leer es un modo de rebeldía, un frente abierto contra el conformismo, una guerra de guerrillas contra los días grises y las noches frías.

Leer frente al ritmo.

Vivimos de manera trepidante, con los bofes fuera, siempre a la carrera y sin un instante para recuperar el resuello. Estos son los días que dicen que nos han tocado: días de frenético tejer/destejer, de agotamiento crónico y de velocidad sin tregua.

Días en los que no hay tiempo para el cese del movimiento, la parada, la quietud: mirar cómo las hojas amarillean y caen de los árboles, ver cómo el viento las arrastra, palpitar con el atardecer, sentarse en la calle y sentir cómo el frío se clava en la piel. Sentir, mirar, parar.

Frente al ritmo atropellado de los días leer se convierte en un acto de rebeldía: sentarse y abrir un libro es detener el reloj, es abrir una puerta que da a otro tiempo, a otros días, a otras vidas.

Leer es un insólito acto de rebeldía, un palo entre las ruedas del engranaje incesante, un torpedo en la línea de flotación de la maquinaria que alimenta la cinta sinfín bajo nuestros pies.

Leer es romper el espejo, hacerlo añicos, y cruzar al otro lado.

Leer frente al ruido.

Estos días que vivimos no tienen cabida para el silencio: el ruido, todo él, habita entre nosotros. Ruido en la calle, ruido en las casas, ruido en los corazones; pantallas que hablan, motores que suenan, ascensores que desafinan... no hay un hueco de silencio entre la mañana y la noche ni entre la noche y la mañana.

El perpetuo ruido se ha incrustado en nuestra cabeza, como un taladro ha llegado al centro de todo y allí se ha convertido en un zumbido constante, severo, contumaz.

Es más: el ruido que hemos tragado y tragado y tragado ahora nos habita y mana, incluso, de nosotros. Ni siquiera bajo el agua es uno capaz de sentir la blanca estepa del silencio, de percibir la sólida presencia del silencio, de dejarse acariciar por el teciopelo suavísimo del silencio.

El ruido es el rey de nuestros días.

Y frente al ruido incontenible leer se convierte en un acto de rebeldía: sentarse y abrir un libro es acallar todas las voces estridentes, es quebrar la continuidad del ruido, meterlo en un saco y lanzarlo al fondo del pozo y entonces permitir que, de nuevo, aparezca el silencio. Abrir un libro es tumbarse en una pradera en calma, territorio fértil para soñar historias, para imaginar, para escuchar y escucharnos.

Abrir un libro es llenar el mundo de silencios, de esos silencios imprescindibles para la emoción, para sentir que respiramos, que cerramos los ojos, que somos.

Leer frente al dogma.

Son tiempos de uniforme, son tiempos de globalizar(nos), son tiempos de cáscaras brillantes y fondos someros. Son tiempos de pocas preguntas y mucho dogma: este es el mundo que nos ha tocado vivir, resignación.

Y estos son los días que vivimos, días de idénticos gustos, de idénticos deseos, de idénticos pensamientos, días en los que la fábrica de ideas alumbra eslóganes futiles y vistosos para alimentar nuestras bocas y rellenar de palabras prefabricadas nuestros sueños. El deseo, nuestro deseo, está en manos del mercado y en este teatrillo nosotros somos los títeres que habitan en un sueño. O en una pesadilla.

La doctrina entra por el ojo y la oreja y se agarra firme adentro. El mercado nos hace iguales: somos carne de tarjeta visa.

Y frente al adoctrinamiento exitoso leer se convierte en un acto de rebeldía: sentarse y abrir un libro es alimentarse de palabras, es rumiar ideas, es discutir y reflexionar y pensar y crecer y criticar.

Así pues, leer es un enorme acto de rebeldía que nos hace críticos, inconformistas, diferentes, preguntones, inquietos... Leer es romper la maquinaria de los moldes iguales, de las identidades manipulables, de la carne de mercado. En especial leer esos libros que no alimentan las calderas de ese mercado.

¡Si hasta se pueden leer libros gratis cogidos en préstamo en las bibliotecas públicas! ¡Dónde se ha visto acción tan revolucionaria en el reinado del consumismo y la globalización!

Leer frente a la inacción.

Son tiempos incomprensibles, nos dicen. Pasan cosas inevitables, insisten. Nada podemos hacer, afirman. Y mientras tanto nos invitan a sentarnos y ver pasar los días: resiste, aguanta, agacha la cabeza, un poco más, resiste, aguanta, mira la televisión... tú aún eres de los afortunados, te recuerdan. Resiste. Aguanta.

Y quieto, no vayas a mover ni un dedo, ni pestañees, no sea que se altere el universo, se rompa el equilibrio, se abran las compuertas y te arrastre la corriente hasta lo hondo.

Frente a la quietud humillante leer un libro se convierte en un acto de rebeldía: coger un libro activa el músculo, activa el ojo, activa el cerebro, activa la voluntad de ser partícipe, la responsabilidad, la implicación de quien lee. El libro exige al lector, da por ciento lo que exige pero exige. Pide ¡calla!, pide ¡escucha!, pide ¡atento!... y el lector participa y se hace responsable de eso que sucede en ese instante de lectura. Ser responsables y protagonistas de lo que nos sucede es, sin lugar a dudas, la mayor de todas las rebeldías imputables al libro.

Sí, podría decir que leo por hábito, que leo por placer, que leo por egoísmo.

Pero cada vez estoy más convencido de que leo porque pertenezco a la Resistencia, porque soy un rebelde. Y pienso que hay muchas cosas todavía que deben cambiar. Con un libro en la mano soy peligroso: pienso, sueño, hago preguntas, soy responsable, habito el tiempo... inicio la revolución silenciosa que hará otro mundo mejor.

Seguro.

Pep Bruno

domingo, 22 de enero de 2012

El canto de las sirenas

Cuando decimos que nos dejamos seducir por el canto de las sirenas, o, simplemente, que oímos la sirena de una ambulancia o de una fábrica, estamos evocando, tal vez sin querer, un episodio de la Odisea de Homero. 

Las sirenas eran unos monstruos encantadores que, según la imaginería de la cerámica griega de la ilustración de abajo, eran aves canoras que vivían en una isla y atraían con su canto a los incautos navegantes. Aquí las vemos revoloteando sobre la nave de Ulises/Odiseo, que atado al mástil por voluntad propia, puede escuchar su canto sin sucumbir a su fascinación, mientras que la tripulación tiene los oídos ensordecidos por tapones de cera.


Enseguida se imaginaron las sirenas, sin embargo, como mujeres-pez, dado su carácter de monstruos marinos. De hecho, la primera imagen que nos viene a la mente cuando pensamos en una sirena,  es la Sirenita de Copenhague o la Ariel edulcorada y un tanto empalagosa de Walt Disney. Ello se debe al cuento infantil que escribiera el danés Hans Christian Andersen en 1836, que adaptó Walt Disney, el mayor corruptor de la infancia del siglo XX,  según el dictamen de Rafael Sánchez Ferlosio, desvirtuándolo totalmente.

En el cuento original, en efecto, la sirenita, que no se llama Ariel ni tiene nombre propio siquiera, no consigue el amor del príncipe, mientras que en la película el amor entre ellos acaba triunfando frente a todas las adversidades en un happy-end más propio de los bodrios infantiles de Disney que de la vida real, que algunos justifican porque, dicen, van dirigidas a los niños, olvidando que el cuento de Andersen también iba destinado a un público infantil de encefalograma no tan plano.


Las sirenas, en todo caso, siempre han fascinado a los hombres, cuando no por su canto, como a Odiseo/Ulises, sí por sus encantos femeninos, pues se han convertido en unos símbolos eróticos relacionados con la volubilidad del agua, olvidándose el carácter monstruoso que tenían en su origen. El mito de las sirenas es uno de los más persistentes a través del folklore de muchos pueblos marineros. Sin ir muy lejos, tenemos en Cantabria, concretamente en Liérganes,  la moderna leyenda del Hombre Pez, que constituiría una versión masculina del mito de la sirena.

La imaginación de estos seres híbridos ha variado a lo largo de los tiempos. El pintor surrealista belga René Magritte (1898-1967) imaginó así a la sirena, invirtiendo la proporción mujer/pez:


No puedo resistir la tentación de ofreceros, a propósito del canto de las sirenas y de la fascinación que han ejercido sobre la humanidad a lo largo de los siglos desde la invención homérica, la siguiente columna de Juan José Millás que apareció en el periódico El País y que tituló "Ulises", en la que se citan unos versos del poeta Ángel González, que recorto y pego con una ilustración de Máximo, ese espléndido dibujante que nos sugiere con unos simples trazos tantas cosas, y que, aunando el mito de la sirena-ave y la sirena-pez, nos presenta una nube con forma de sirena-pez:

ULISES (Juan José Millás)

Cada español vio el año pasado una media de 22.000 anuncios. Así que a simple vista, sin echar mano de la calculadora, es como si nos fusilaran 2.000 veces al mes, unas 60 al día. Cruzas por delante de la tele para rescatar de los suburbios de la librería un libro de poemas y recibes seis ráfagas o siete que te dejan en el sitio, aunque tus deudos no lo adviertan: también ellos han sido ejecutados varias veces desde que se levantaran de la cama. Con el libro en la mano vuelves sobre tus pasos, y mientras abandonas la habitación decidido a no volver la vista a la pantalla, el electrodoméstico continúa ametrallándote a traición no para que caigas, no es tan malo, sino para que, verticalmente muerto, salgas a la calle a comprar una colonia, un coche, unas gafas de sol, un cursillo de inglés, una hipoteca o una caja de compresas extrafinas y aladas congeladas para amortizar la inversión del microondas.

Ya en la parada del autobús abres el libro y tropiezas, lo que son las casualidades de la vida, con unos versos de Ángel González que se refieren a los reclamos publicitarios de la civilización de la opulencia:

No menos dulces fueron las canciones
que tentaron a Ulises en el curso
de su desesperante singladura,
pero iba atado al palo de la nave,
y la marinería, ensordecida
de forma artificial,
al no poder oír mantuvo el rumbo.

Si miras alrededor, verás otros ulises atados, como tú, al palo de un libro. Sólo que esto es un autobús y no una nave, y que en lugar de regresar a Ítaca vuelves a la oficina. Cómo no caer, aunque sea un instante, en la tentación de escuchar lo que dice la sirena de Calvin Klein, de Mango, o de Winston, que te susurra al oído obscenidades cancerígenas. Veintidós mil anuncios, dos mil al mes, unos sesenta al día. No hay héroe capaz de resistirlos ni Penélope que lo aguante. Estamos listos.



lunes, 2 de enero de 2012

Otra felicitación




El humorista Josetxo Ezcurra ha realizado esta amarga felicitación de año nuevo en latín, recogiendo una expresión que se hizo proverbial en boca de la reina de Inglaterra, Isabel II, que calificó el año de 1992 como "annus horribilis" por las desgracias personales que habían sacudido a la familia real inglesa (se quemó el palacio de Windsor, se separaron el príncipe Carlos y Diana, la famosa Lady Di, etcétera), y nos desea, un "felix annus novus" que según todos los pronósticos será "horribilis", dada la actual coyuntura social, política y económica.