jueves, 23 de agosto de 2012

Pegaso

Pegaso, el más famoso de los caballos alados,  es una criatura legendaria de la mitología clásica griega,  que, según la leyenda dorada, era fruto del ayuntamiento de la gorgona Medusa y Posidón, o Neptuno, si se prefiere el  nombre latino del dios acuático, que se celebró en el templo de la virgen Atenea quien, furibunda por el ultraje de la profanación, convirtió a Medusa en un monstruo cuya mirada petrificaba, es decir, dejaba literalmente a los hombres de piedra. Según una variante de esta versión,  Medusa habría ofendido también a Atenea por haberse atrevido a comparar la belleza de su larga  cabellera con la de la diosa, por lo que esta la castigó convirtiendo sus cabellos en serpientes. El nacimiento del caballo alado se habría producido, a raíz de la sangre de Medusa cuando Perseo, que sólo pudo mirarla a través del reflejo de su escudo, le cercenó la cabeza de un tajo.

 Pegaso de Odilon Redon (1900)


El héroe que montará al caballo alado no será Hércules, como quiso la factoría cinematográfica Disney en su versión  descafeinada, edulcorada y "apta para todos los públicos" de dibujos animados de la leyenda del más famoso de los héroes griegos, al que convirtió en lo que nunca fue, un caballero del caballo alado. 

Ya Walt Disney nos había obsequiado en Fantasía (1940) con una escena entrañable  de pegasos. Notad que escribo "pegasos" como si fuera un nombre común, con inicial minúscula, porque aquí no utilizamos la palabra como un nombre propio de un ser singular y único, sino como un nombre común a una especie de imaginarios caballos alados: un pegaso negro, se supone que el macho, sobrevuela el cielo seguido de los que seguramente son sus hijos, dos  potrillos rosados, dos azulados y uno marrón, mientras que otro pegaso blanco -que es claramente la hembra y madre- empolla en el nido bajo sus maternales alas a otro potrillo recién nacido que será negro como su padre, y que pronto aprenderá a volar... 

Tampoco será Perseo, que vuela, sí, pero gracias a las sandalias aladas que le proporcionan las ninfas, el caballero y jinete de Pegaso; sino Belerofonte, que a lomos de Pegaso derrotó a otro monstruo terrible e imposible, llamado la Quimera, clavándole una flecha. 

En la siguiente ilustración de una cerámica griega antigua, vemos, precisamente, la figura central del heroico caballero Belerofonte hiriendo a la Quimera (notad el carácter híbrido del monstruo: cabeza y cuerpo de león, cola que es una serpiente y una segunda cabeza de cabra ignívoma -es decir, que vomita fuego- que sale de su lomo), y a la derecha vemos la figura inequívoca de Pegaso, el caballo alado, alzado sobre sus patas traseras y embistiendo al monstruo con las delanteras. 


Encontramos el mismo motivo, donde Belerofonte monta a Pegaso, al que había previamente domado,  en el medallón central restaurado de un mosaico romano de más de cien metros cuadrados descubierto en 1830 en Autun, Saône-et-Loire, Francia. 


Esta Quimera, como observa Borges en "El libro de los seres imaginarios", era "demasiado heterogénea" como para ser verdad: un león, una cabra y una serpiente o dragón se resisten en nuestra imaginación a formar un solo animal. Por eso con el paso del tiempo este monstruo legendario, la Quimera, se ha visto reducido a lo quimérico, lo imposible, lo incoherente, o, como dice el diccionario, "aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo". Sería así la Quimera una idea falsa o una imagen falsa, que se contrapondría a otras imaginaciones o ideas más verdaderas o, al menos, verosímiles.

Sin embargo, Belerofonte no es un héroe popular hoy en día, aunque su iconografía haya dado pie a la de San Jorge -trasunto del héroe griego- matando al dragón, que sería el equivalente de la Quimera. Ello se debe a que este héroe tiene,a pesar de la heroica hazaña de librarnos de un monstruo, un final fallido. Se enorgulleció tanto de su gesta que quiso ascender cabalgando a Pegaso al Olimpo. Zeus se irritó de tal manera con las pretensones de Belerofonte que envió un tábano que picó al caballo e hizo que este precipitara a su jinete: Belerofonte vio así frustrado su deseo de alcanzar la inmortalidad. Quizá sea esta - su muerte- la razón de que no haya sobrevivido ni llegado vivo a nosotros en el siglo XXI.   

Para nosotros, sin embargo, el caballo  está asociado desde su nacimiento al héroe Perseo. Por eso, desde el Renacimiento, en los siglos XVI y XVII, suele a veces pintarse al héroe montando al caballo alado, o desmontando del mismo. Suele así figurarse Perseo como un antepasado del caballero medieval que salva a la doncella (Andrómeda en su caso) de las garras y las fauces del peligroso dragón. Así pintó John Singer Sanger en 1925 a Perseo, Pegaso, surgiendo de la sangre de Medusa, y a la diosa Atenea recibiendo la cabeza de Medusa de manos del héroe, que la diosa guerrera llevará siempre en su escudo o en su pecho.



Pero Pegaso guarda una relación muy especial con el agua y las fuentes. No en vano es hijo del dios del mar, y no en vano se creía que su nombre derivaba de "pegué", palabra griega que significa "fuente, manantial, venero". Se cuenta que el monte Helicón o Helicoidal (su nombre viene de la misma palabra que "hélice", que quiere decir espiral o zigzag), cuando oía el canto divino de las Musas, se hinchaba como un globo y, complacido, se agrandaba tanto que llegaba a ser una amenaza para los dioses del Olimpo.

 Pegaso, por orden de Posidón, el dios marino de las aguas que  era, además, su padre, lo golpeó con el casco de su pezuña, y de una coz fulminante logró frenar la hinchazón del monte embarazado y desinflarlo así. Allí mismo, donde Pegaso dio la coz, brotó una fuente, llamada Hipocrene, la Fuente del Caballo o Caballina, que todavía existe hoy en Beocia, un manantial de agua helada de montaña, de donde se creía que brotaba la inspiración artística. De hecho el monte Helicón  está consagrado a Apolo y a las Musas, y está cerca del monte Parnaso, donde se halla el bosque sagrado de las divinidades que inspiran a los poetas. 

En el siguiente lienzo de Andrea Mantegna de 1497 titulado "Parnaso", pueden verse las figuras centrales de la diosa del Amor Venus/Afrodita, completamente desnuda, y del dios de la guerra Marte, armado con una lanza y casco guerrero, a cuyos pies se encuentra Cupido/Eros, y, a la izquierda, en una gruta, el que parece ser Vulcano/Hefesto, el marido burlado de la diosa;  debajo de las figuras centrales que representan la guerra y el amor, las nueve Musas bailando en corro al son de la lira que tañe Apolo, el dios de las artes musicales y de la poesía sobremanera. A la derecha se distingue el caballo Pegaso con el dios Mercurio/Hermes. A los pies de Pegaso parece que brota la fuente Hipocrene.





En este otro cuadro de Joos de Momper vemos el mismo motivo en un paisaje menos luminoso y más romántico. Las Musas en esta ocasión reciben la visita de la diosa Minerva/Atenea, que lleva en su escudo la cabeza de Medusa que le ofreció Perseo después de cortársela y nacer de su sangre Pegaso. A  la derecha vemos la silueta inconfundible de un Pegaso alado y blanco, y a sus pies la fuente Hipocrene, la Fontana del Caballo.


 

El caballo del dios nórdico Balder también hizo manar una fuente de una coz contra el suelo. Estos mitos ponen de relieve el estrecho parentesco entre el caballo y el agua, y por otro evidencian el poder fecundador del animal. En otras mitologías, como la hindú, también encontramos caballos alados, por ejemplo el caballo de Dadhikra, símbolo del sol y veloz como un águila.

Finalmente, Pegaso, como decíamos más arriba, fue catasterizado, esto es, logró llegar en su vuelo al cielo, lo que no consiguió su desgraciado y ensoberbecido jinete Belerofonte, fue ascendido a las estrellas y puesto entre ellas, convertido así en una constelación junto a Perseo y Andrómeda.


Hay que decir que como heredero del Pegaso clásico surge en las leyendas medievales un ser similar, al que se llama Hipogrifo: una mezcla de grifo y de caballo, teniendo en cuenta que el grifo era ya un ser híbrido de águila con cuerpo de león, el hipogrifo sería un híbrido de segunda generación, por así decirlo, un águila con cuerpo de caballo, como aparece en el siglo XVI en el poema épico de caballería Orlando furioso de Ludovico Ariosto, fruto del apareamiento de una yegua y un grifo, veloz como el viento y montado por nobles caballeros como el paladín Roger o, si se prefiere, Rugiero, que liberó a la bella Angélica, o como aparece también, en una versión más moderna, en la novela de J. K. Rowling, llevada al cine,  "Harry Potter y el prisionero de Azkaban".



Para muchos Pegaso es un símbolo de la Fama, que, como dijo el poeta Virgilio, vuela: Fama uolat, la Fama, igual que la alada montura, vuela. En palabras de Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, publicado por la editorial Siruela, Pegaso "simboliza el poder ascensional de las fuerzas naturales, la capacidad innata de espiritualización y la inversión del mal en bien". No podemos dejar de ver en él, además, el símbolo de la domesticación y dominio de las fuerzas naturales. Pegaso era un caballo salvaje que fue domado por Belerofonte y al que se le puso el bocado y las bridas, que fueron un regalo de la sabia Atenea,  para poder controlarlo a la hora de enfrentarse a sus enemigos. Su catasterización final simboliza el poder ascensional, como dice Cirlot, de las fuerzas naturales, unas fuerzas que han sido previamente sometidas y subyugadas por el ingenio humano.    

En italiano la expresión "montar sul cavallo pegaseo" (montar sobre el caballo Pegaso)  es una expresión literaria que significa componer versos y poesía. En el siguiente soneto del poeta modernista nicaragüense Rubén Darío podemos encontrar este simbolismo del caballo alado (Apolo, el laurel, símbolo de la gloria de Apolo y de la perennidad  del arte, Belerofonte como jinete del alado caballo, cuya huella sigue el poeta,  Pegaso, cuyo nombre propio se cita dos veces, y las expresiónes que aluden a él como "caballo rudo y tembloroso" y "corcel de cascos de diamante", presentándose el poeta como su domador que vuela "adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!" como dice en el último alejandrino):


Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella.»
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo.

Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.

Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante 
coronada con el laurel del Rey del día;

domador del corcel de cascos de diamante, 
voy en un gran volar, con la aurora por guía, 
adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!




viernes, 17 de agosto de 2012

Thermae Romae, Termas de Roma (y II)

Conviene dejar dicho desde un primer momento que la única diferencia o, por lo menos, la más importante entre un manga ("manga" por cierto en japonés no quiere decir más que "imágenes caprichosas o garabatos", y, fuera de Japón, cómic o, mejor dicho, historieta japonesa)  y una historieta occidental, es que el manga se lee... al revés. Esto, dicho así, resulta un tanto extraño al principio, sobre todo si se cree erróneamente que lo que caracteriza al manga japonés es un tipo de dibujo aniñado e infantiloide del estilo de los dibujos animados "Heidi", es decir, engendros de la factoría de Disney con rasgos orientales... Nada más lejos de la realidad. Desechemos este tópico. En realidad, se trata de una característica de la cultura japonesa que ha permanecido hasta hoy.

En el País del Sol Naciente la escritura procede de derecha a izquierda, al revés que la nuestra occidental y latina, por lo que los libros, revistas y periódicos japoneses se leen en ese sentido, al revés que nosotros. En efecto, si queremos leer un libro nipón hay que empezar por el final. Nuestra última página es la primera suya. Y al abrir un libro por la mitad, comenzamos la lectura por la página de la derecha o par, para seguir a continuación por la de la izquierda o impar, inversamente a nosotros. Es, dicho de otra manera, como si leyéramos un periódico empezando por la última página en vez de por la primera.

Las viñetas, por lo tanto, se leen también de derecha a izquierda, y los bocadillos -lo que dicen los personajes- deben leerse también en ese orden: en primer lugar lo que está a la derecha y después lo que está a la izquierda. Por decirlo gráficamente, los occidentales leemos una historieta del siguiente modo: primero vemos la viñeta superior izquierda (I), después la superior de la derecha (II), volvemos luego la vista a la inferior izquierda (III) y finalmente a la inferior derecha (IV) :

Mientras que los japoneses leen un manga de derecha a izquierda, así:

















Si tomamos ahora una página cualquiera del manga Thermae Romae (Termas de Roma) de Mari Yamazaki, de la edición inglesa -española no la hay todavía desgraciadamente-, por ejemplo, la siguiente entrevista entre el emperador Adriano y el arquitecto Lucio Modesto  -notad entre paréntesis que los personajes tienen rasgos occidentales, como decíamos el otro día-, y reparamos en la última viñeta, es decir, la de la parte inferior izquierda, debemos leer en primer lugar el bocadillo de la derecha, que dice en la lengua del Imperio: "Engineer Lucius, come with me", y a continuación la respuesta del ingeniero Lucio Modesto, que es la de la izquierda: "Yes, coming right away!". Parece muy complicado pero es sólo cuestión de  práctica, como casi todo: usus magister est optimus.





lunes, 13 de agosto de 2012

Termas de Roma: un manga, un anime, una película.

Hace tiempo que tenía ganas de dedicarle una entrada al manga  Thermae Romae, Termas de Roma, de la dibujante nipona Mari Yamazaki, que en Japón y en media Europa ha sido y es un auténtico fenómeno cultural con  gran repercusión en países como Alemania, Francia, Inglaterra o Italia, pero aquí, a España, no nos ha llegado todavía. Comenzó siendo un comic bastante alejado de los tópicos del manga tradicional, después un anime, es decir, una serie de dibujos animados basada en el manga, y finalmente se ha estrenado la película con actores de carne y hueso, que se convierte en un divertido "peplum", como se llamaba a las películas de romanos de los años cincuenta, que viene a engrosar la ya larga lista de películas nuevas de este viejo género cinematográfico constantemente revisitado. 


Thermae Romae es un ejercicio de originalidad: se compara la cultura de las termas romanas con los baños públicos japoneses actuales, algo que a primera vista no parece guardar mucha relación, pero Mari Yamazaki, que reconoce la deuda impagable que le debe a la estupenda serie televisiva Roma (producción HBO/BBC),  se la encuentra a través de su personaje Lucio Modesto, un arquitecto romano de época del emperador Adriano,  que viaja periódicamente en el tiempo, al Japón del siglo XXI,  y regresa a la Roma imperial del siglo II de nuestra era, comparando ambas sociedades y culturas, en viajes subacuáticos de ida y vuelta. Oriente y Occidente se encuentran y se dan la mano en Thermae Romae de la mano de los estupendos dibujos de Mari Yamazaki.

 La historia nos sitúa en la antigua Roma, en el año 120 d. C. Mientras el Imperio está bajo las órdenes de Adriano, el ingeniero Lucio Modesto, especializado en la construcción de instalalciones termales, intenta librarse de la mediocridad reinante en su trabajo, apostando por nuevas ideas. Un buen día, mientras trabajaba en el diseño de una piscina, fue absorbido por una especie de remolino que lo hace emerger... en un baño público japonés moderno, lugar inquietante y misterioso para Lucio donde se encuentra con elementos desconocidos como el jabón, el agua corriente, la electricidad... 

El comic ha obtenido el prestigioso galardón Manga Taisho Awards en el 2010 por su conjugación de historia antigua -la ambientación en el siglo II de nuestra era es bastante rigurosa- e hilarantes gags cómicos en una mezcla que atrapa al lector desde la primera viñeta.

Una de las diferencias entre el manga/anime y la película son los ragos occidentales de Lucio en el cómic, donde destacan sus rubios cabellos,  y orientales en la película. La siguiente animación, en versión original en japonés, con subtítulos en castellano -bastante cuidadosos, por cierto- comienza tratando sobre Antínoo, el amante que había muerto recientemente del emperador Adriano, personaje sobre el que versa la espléndida novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano. Destaca, tanto en el manga como en el anime, el carácter pedagógico y el gusto por el detalle y la exactitud históricos. Te aconsejo que pongas el vídeo en pantalla completa o "full screen",  para poder leer los subtítulos en español y apreciar los detalles,  pulsando el ratón sobre el recuadro inferior derecho. El efecto de escuchar a los protagonistas -occidentales- hablando en japonés es bastante chocante al principio, pero enseguida nos familiarizamos con él.

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Veamos a continuación el trailer de la película, calificada por la prensa italiana como una divertidísima "comedia hilarante", donde se presenta a Lucio Modesto con rasgos orientales y cabellos negros. Cabe destacar la reconstrucción que se hace de la Roma imperial en la película, rodada en los míticos estudios romanos de Cinecittà. La película dura 108 minutos y ha sido dirigda por Hideki Takeuchi y se estrenó el 28 de abril del presente año 2012 en Japón. Esperemos que llegue pronto a España para poder disponer y disfrutar de ella.

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lunes, 6 de agosto de 2012

Por curiosidad


Leo en la prensa que el explorador  Curiosity ha culminado con éxito su aterrizaje sobre la superficie de Marte, donde ha llegado un poco más tarde de lo previsto (las 05.31 GMT, 07.31 hora española), completando un viaje de 567 millones de kilómetros en busca de pruebas de vida en el planeta rojo.

Lo primero que me llama la atención de esta noticia es el nombre que le han puesto al armatoste ese del robot en la lengua del imperio:  “curiosity”. Es una palabra de ese más de 50% de vocablos de origen latino y no sajón de los que se nutre el idioma inglés, que es la lengua del imperio. En efecto, la palabra “curiosity” deriva de la latina “curiositatem”, que tenemos en español “curiosidad”, en italiano “curiosità”, en portugués “curiosidade”, en rumano “curiozitate”, y en francés “curiosité”. Es muy probable que la palabra, si no entró directamente a través del latín cristiano,  haya entrado en la lengua de Shakespeare a través del francés que llevaron a la gran Bretaña los normandos.

La etimología de “curiositatem” es muy curiosa, si vale la redundancia: deriva del sustantivo “cura” que significa en latín  “preocupación, cuidado, interés”. Y en ese sentido la curiosidad sería el deseo de conocer, el cuidado e interés que uno pone en informarse de algo. Probablemente por eso le hayan puesto el nombre a la máquina esa, pienso yo.

Pero hemos de tener en cuenta que así como hay una curiosidad muy sana, que hay que despertar y cuidar, hay otra que no es buena, ya que como dicen los franceses “la curiosité est  un vilain défaut”, y, entre nosotros, “la curiosidad mató al gato”. Y es que en la curiosidad hay algo también de indiscreción, un deseo de saber lo que no nos interesa o no nos importa, un malsano o insano afán de entrometernos en la vida privada de los demás, en lo que no nos incumbe, en definitiva, porque no nos afecta, porque ni nos va ni nos viene. No estoy hablando de la "sofía" o amor imposible y no correspondido de los filósofos por la sabiduría, sino del afán de "saber" en el peor sentido de la palabra, que es en el de saber lo que ya se sabía.

El caso es que debemos celebrar, según parece, que el engendro del Curiosity haya culminado con éxito su misión: su largo viaje de tantísimos millones de kilómetros, con todos los esfuerzos y dineros que esa proeza de ingeniería espacial ha costado y que no son pocos, para que ahora se dedique a la tarea de buscar pruebas de vida en el planeta marciano y de retransmitírnoslas. El habitante de la Casa Blanca ha llegado a regurgitar: "Hoy, en el planeta Marte, Estados Unidos ha hecho historia".

Todo sea por el progreso de la Ciencia -un gran paso para el futuro de la investigación espacial-  y de la Humanidad, con mayúsculas, pero no de los hombres y mujeres de a pie, con minúscula como corresponde a los nombres comunes, corrientes y molientes, que vivimos por aquí abajo, a los que una curiosidad aún mayor nos empuja a preguntarnos qué es eso de la vida que andan buscando algunos por ahí afuera lanzándose al espacio intergaláctico en una loca carrera sideral.

La curiosidad por saber si pudo existir vida en Marte en alguna ocasión o si el planeta rojo, cuyo nombre procede del dios de la guerra por sinécdoque del color rojo que lo caracteriza y que es epíteto de la sangre derramada, puede llegar a ser habitable y albergar las condiciones idóneas para la actividad humana en un futuro siempre inalcanzable por definición ha llevado a los ingenieros de  la NASA a emprender esta heroica proeza espacial con la que pretenden, además, mantenernos entretenidos y distraídos, alienados, como se decía antes, desviando nuestra atención de lo que realmente nos interesa: ¿Hay condiciones idóneas para que se desarrolle la vida en el planeta azul, o sea, aquí y ahora por ejemplo?