domingo, 29 de diciembre de 2013

"Otros países, otras costas"




He traducido, y soy por lo tanto responsable de los desaguisados que haya en la traducción, un artículo de Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura en 2006,  dedicado a Cavafis y publicado en inglés en el suplemento literario de The New York Times el 19 de diciembre de 2013, que puede servir como colofón a este año de conmemoración en el que hemos celebrado el sesquincentenario (150 años)  del nacimiento del poeta alejandrino.  
 

Otros países, otras costas
(Orhan Pamuk)


Amamos a los poetas por las cosas que sus poemas nos hacen imaginar; pero igualmente, los amamos por cómo imaginamos que son sus vidas. Confundir las vidas de los poetas con su obra es una ilusión tan vieja como la costumbre de confundir las palabras con las cosas. Pero de hecho es  por obra de esa ilusión por lo que sentimos una imperiosa necesidad de poesía, de novelas, de literatura.  Hay algunos poetas cuya obra leemos teniendo en mente sus vidas, y lo que sabemos  de esas vidas confirma que su poesía nos deja una impresión más duradera. C.P. Cavafis es, para mí, uno de esos poetas. Como Edgar Allan Poe, como Franz Kafka, Cavafis no hace una referencia explícita a sí mismo en su obra mejor y más conmovedora; y aun así, a cada poema suyo que leemos, no podemos evitar pensar en él.

Lo imagino como una anciano que pasea por las calles familiares de una vieja ciudad. Lo imagino como un amante de los libros que vive dentro de una comunidad minoritaria dentro de otra. Lo imagino como un solitario, un provinciano que es consciente de su provincianismo, y que convierte ese conocimiento en una suerte de sabiduría.

Cavafis nació en Alejandría,  Egipto, en 1863, en el seno de una familia griega de prósperos mercaderes de paños y textiles. (La palabra kavaf, ya olvidada incluso por los propios turcos, significa en turco otomano "zapatero remendón"). Los Cavafis eran originarios del barrio del Fener de Estambul, donde vivían las familias griegas adineradas y políticamente influyentes de la ciudad. Más tarde se trasladaron a Samatya, un barrio de pescadores, y finalmente emigraron a Alejandría, donde vivieron como miembros de la minoría cristiana ortodoxa dentro de la mayoría musulmana. Al principio, la marcha de sus negocios en Alejandría resultó  próspera, y vivieron en una gran mansión atendida por niñeras inglesas, cocineros y criados. En la década de 1870, tras la muerte del padre de Cavafis, se trasladaron a Inglaterra, pero finalmente regresaron a Alejandría como consecuencia del colapso de los negocios de la familia. Después de  los levantamientos nacionalistas árabes  de 1882, abandonaron de nuevo Alejandría, rumbo esta vez a Estambul, y fue en esta ciudad donde pasó los tres años siguientes, donde Cavafis escribió sus primeros poemas significativos y sintió los primeras pulsiones del deseo homoerótico. En 1885 la familia, ahora empobrecida, regresó a Alejandría una vez más, a la verdadera ciudad que él quiso dejar atrás.   

El regreso: Es la parte más triste. Es esta la fuente de la pesadumbre que impregna su inolvidable poema “La ciudad”, que yo he leído una y otra vez en turco y en traducción inglesa.   No hay otra ciudad a la que ir: la ciudad que nos conforma es la única que llevamos dentro. La lectura de “La Ciudad” de Cavafis ha cambiado mi punto de vista sobre mi propia Estambul.

Para aquellos que llevan una vida provinciana, la vida y la felicidad están siempre por descubrir en otra parte, en otra ciudad, en otro país. Pero para nosotros provincianos, ese otro lugar está constantemente lejos de nuestro alcance. La sabiduría de Cavafis reside en la dignidad y sensibilidad introspectiva con la que se aproxima a esta triste verdad. Y finalmente, con la misma limitación lingüística y simplicidad filológica, concluye revelándonos que hemos desperdiciado nuestras vidas en esa ciudad. Acabamos dándonos cuenta de que todos hemos malgastado nuestras vidas, y el problema reside no en ser provinciano, sino en la verdadera naturaleza de la propia vida. Los grandes poetas pueden contarnos sus propias historias sin decir una sola vez “yo”, y al hacer eso, prestan su voz a toda la humanidad.

Kierekegaard dijo una vez que la persona infeliz vive o en el pasado o en el futuro. Hay muchos ancianos en los poemas de Cavafis; la desconfianza en el futuro es, para él, otro tipo de sabiduría. Por eso él forja para sí mismo un nuevo pasado, basado en libros, historia y mitología griegos. Algunos de sus poemas narrativos que basó en mitos de la antigua Grecia son tan conmovedores y poderosos que su lectura resulta como la de una novela particularmente extraordinaria.

Estuve en Alejandría un año antes de los sucesos ahora conocidos como el brote de la primavera árabe. Fui a visitar la casa de Cavafis, que ha sido convertida en museo. La casa auténtica de su familia fue destruida por los cañones británicos. Se ha utilizado una casa distinta para el museo. Era viernes. Todo el mundo estaba en la mezquita rezando. Las calles estaban vacías. Las únicas personas que había en el museo eran turistas. Las tiendas cerradas, un puñado de viejos pinos, los edificios decadentes, las callejuelas estrechas, las plazoletas, todo me ayudaba a comprender que las versiones del Estambul de mi infancia aún sobrevivían en ciudades de la cuenca del Mediterráneo. Amo la poesía de Cavafis no precisamente como reflejo de su vida ejemplar, sino también por el paisaje que pinta, por sus edificios  que se desmoronan, y porque me identifico inmediatamente con la textura de la vida mediterránea.

De vez en cuando releo algunos poemas de Cavafis, todo lo que cabe cómodamente en un libro de bolsillo. Un viejo amigo publicó una vez una selección en turco, trabajando sobre las traducciones de Edmund Keeley, y tomó el título del poema “Esperando a los bárbaros”. Durante muchos años  después, donde quiera que nos encontráramos, nos saludábamos con la misma broma: “¿Cómo estás?” “Ah, ya sabes –esperando a los bárbaros”. Lo que queríamos decir era que –desde un punto de vista político- estábamos, como de costumbre, esperando días aún más negros por delante. Esos días más negros han llegado realmente, y tras los levantamientos nacionalistas en Egipto, la minoría griega de Alejandría abandonó la ciudad definitivamente. Pero el giro final de este poema brillante, narrativo sugiere un desenlace diferente por completo. Cavafis no deja nunca de sorprender y conmover a sus lectores.  


La Ciudad “ de C.P. Cavafis 
(Traducción  directa del griego de Pedro Bádenas de la Peña)
(Vista de Alejandría, Egipto)


Dijiste:"Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
¿Hasta cuándo seguirá mi alma en este marasmo?
Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las ruinas negras de mi vida,
donde pasé tantos años que arruiné y perdí".

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder.




Y aquí está el poema en su versión original griega, tal como salió de la pluma del poeta:



Escuchemos "La polis" recitado en su griego original con imágenes de la película "Cavafis" (1996) de Yannis Smaragdis, sobre la vida del poeta,  y música de su banda sonora a cargo de Vangelis.






El gran compositor griego Miquis Teodoraquis puso música al poema La ciudad de Cavafis. Canta Vasilis Yisdaquis acompañado al piano por Todoros Cotepanos.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Al invierno

Basta, que das, Hibierno,
en ser nuestro enemigo,
ya con nieves y barros,
ya con lluvias y fríos,
quando, encaneces campos
quando, detienes ríos,
y para que se quiebren
los conviertes en vidrio.
Destruyes los ganados,
agostas los egidos;
y al fin de tus rigores
se quexan los armiños.
Porque ¿quién al capullo,
o quién al lanificio
cosió sus blancas pieles
sino tus blancos hilos?
Las fieras en sus chozas,
las aves en sus nidos,
te llaman insolente
con quejas, y bramidos.
Sólo contra mí solo
no tienes poderío
donde hay cítara y canto,
donde hay hogar y vino.

El poeta castellano don Esteban Manuel de Villegas (1589-1669) compuso esta cantilena XLI dedicada "Al Hibierno", es decir, "Al Invierno".

HIBIERNO.- Nuestra palabra invierno procede del antiguo y popular "ivierno", que aparece documentado por escrito en nuestra lengua hacia 1140, y que procede del latín vulgar "hibernum", abreviación de la expresión "tempus hibernum" o "época o temporada invernal". Observamos en la evolución de la palabra latina cómo ha desaparecido la h- que ya no se aspiraba al comienzo de palabra  (sin embargo en francés se conserva hiver), cómo ha diptongado la e breve y tónica latina en su paso a nuestra lengua, y la grafía be ha sido sustituída por uve. 

EGIDO/EJIDO.- Procede del verbo exir, de latín exire "salir" (de ex- de dentro afuera e ire "ir"), y es el participio regular de ese verbo, de forma que significa "salido". El ejido suele definirse como el campo que se halla a la salida de un pueblo, un terreno comunal o vecinal donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.

QUEXAN.- En vez de "quejan": la antigua grafía x representa el sonido que hoy escribimos con jota. Debe pronunciarse con jota, lo mismo que México o Texas.   

LANIFICIO.- Del latín LANIFICIUM "trabajo de la lana".

 El Invierno de Giuseppe Arcimboldo (1573), óleo que se encuentra en el museo del  Louvre (París).

El pintor italiano Giusseppe Arcimboldo supo captar como pocos la esencia del invierno, este mismo invierno en el que acabamos de adentrarnos, un invierno que no tiene poderío, como canta Villegas, "donde hay cítara y canto, / donde hay hogar y vino".

En la alegoría de Arcimboldo se inspiró la escutura Invierno (según Arcimboldo) de Philip Haas (2010), de casi cinco metros de altura, realizada en  fibra de cristal con una estructura de cortezas, ramas, varitas, musgos, hojas y plantas de vid y de hiedra, que representa la cabeza del dios del invierno.


 


lunes, 23 de diciembre de 2013

¿Celebrar la Navidad?



En la carta que Séneca escribe a su amigo Lucilio, la número XVIII de su copiosa correspondencia epistolar,  plantea el papel del intelectual ante las fiestas saturnales, si se deben celebrar o es mejor apartarse de sus excesos. Un tema de rabiosa actualidad, como podéis ver.  Si sustituimos las antiguas saturnales por nuestras más modernas navidades, mutatis mutandis,  podemos formularnos la misma pregunta:  ¿conviene celebrarlas, siguiendo la tradición, o sería mejor huir de ellas como de la peste? No esperéis ninguna respuesta, sino la reformulación y reiteración de la pregunta:  aquí sólo se plantea la cuestión. Sobre lo que hay que hacer o no, que cada cual saque sus conclusiones y haga de su capa un sayo, como se suele decir.

December est mensis cum maxime ciuitas sudat. Diciembre es el mes en el que la ciudad suda, y por lo tanto, trajina más intensamente. El calendario imponía que se celebraran las fiestas en honor de Saturno desde el 17 al 23 de diciembre, pero de hecho la celebración se alargaba a casi todo el mes. El primer día festivo se abría con un sacrificio solemne en el templo de Saturno, en el foro de Roma, y la gente se entregaba los demás días a los banquetes en medio de una alegría desenfrenada regada abundantemente por el don de Baco. 
 Lo que queda del templo de Saturno en el foro de Roma.

Ius luxuriae publicae datum est. Se da permiso al libertinaje público. Pero no sólo al libertinaje en el sentido moderno de la palabra, sino, más bien, al afán de lujo, profusión y suntuosidad, que eso era la luxuria latina: gusto por el despilfarro.  Los romanos se colmaban de regalos los unos a los otros por estas fechas. Se cometían muchos excesos en los banquetes, de modo que algunos “comían para vomitar y vomitaban para comer” según la célebre expresión del propio Séneca. Durante estas fiestas, los esclavos  no sólo compartían mesa con sus señores, sino que además eran servidos por ellos, invirtiéndose las tornas: los esclavos eran libres y los libres esclavos. Podían incluso los siervos criticar a sus dueños sin temor de ser castigados, la libertad de expresión, llamada libertad de Diciembre,  estaba asegurada durante estas fechas señaladas.

Ingenti apparatu sonant omnia, tamquam quicquam inter Saturnalia intersit et dies rerum agendarum. Todo retumba con el impresionante aparato de los preparativos, como si no hubiera ninguna diferencia real entre las fiestas de Saturno  y los días laborales. Era tal el ajetreo que se vivía en la ciudad que en lugar de fiestas que suponen un cese de las actividades o interrupción de los negocios, celebrar las fiestas era un auténtico trabajo no poco engorroso: la ciudad hervía con profusa agitación.

Adeo nihil interest, ut non uideatur mihi errasse, qui dixit olim mensem Decembrem fuisse, nunc annum.  A tal punto no hay ninguna diferencia que me parece a mí que no se equivocó el que dijo que antaño diciembre era un mes del año y ahora lo es todo el año entero.   Cada vez vemos cómo también entre nosotros las navidades ocupan no sólo todo el mes de diciembre, sino que empiezan a prepararse ya unos meses antes y se extienden a casi todo el mes de enero.  Entre velas y antorchas se celebraba el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, coincidiendo con el solsticio de invierno: el Sol Invicto, como ave Fénix, renacía de sus propias cenizas.  

 
La cuadriga de caballos alados sobre la que el dios del Sol (Helios o Apolo) recorría el cielo desde Levante a Poniente ha sido comparada con los ciervos voladores que acarrean el trineo de Santa Claus/Papá Noel.

No hace falta decir que, antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del imperio, los primeros  cristianos no celebraban la navidad o nacimiento de Cristo, pues ni siquiera sabían cuándo había nacido Jesús. Cuando se implantó el cristianismo como religión oficial, las saturnales, al no poder ser erradicadas debido a su popularidad, fueron cristianizadas.

Si te hic haberem, libenter tecum conferrem, quid existimares esse faciendum:   Si yo te tuviera aquí delante, discutiría gustosamente contigo qué pensabas que habría que hacer: Séneca echa de menos el trato y conversación de su amigo Lucilio, al que le escribe esta carta, intentando recuperar por escrito su diálogo.

utrum nihil ex cotidiana consuetudine mouendum an, ne dissidere uideremur cum publicis moribus, et hilarius cenandum et exuendum togam. si no habría que cambiar nada de nuestras costumbres cotidianas o si, para no parecer que llevamos la contraria a las tradiciones populares, no sólo deberíamos cenar alegremente sino también quitarnos la toga.  Los romanos se despojaban de la toga ordinaria y se ponían la synthesis antes del banquete: una prenda de tipo jubón, una especie de delantal que se llevaba sobre la túnica para no ensuciarla cuando se comía. Se empleaba como servilleta, diríamos,  para limpiarse los dedos entre plato y plato o para secarse el sudor. Los invitados cuando llegaban a la casa del anfitrión, se despojaban de la toga, se descalzaban y recibían un baño en los pies,  y se colocaban una  prenda que era costumbre que el anfitrión regalase como recuerdo del banquete.

Igualmente los romanos se ponían en la cabeza el gorro frigio o píleo que llevaban los libertos o  esclavos que habían alcanzado la libertad. Al llevar todos por estas fechas, libres y esclavos, este gorro puntiagudo de color rojo que entre nosotros popularizó la Revolución francesa y, ya en pleno siglo XX, Santa Claus, ese invento de la Cocacola, se desvanecía por unos días la distinción de clases sociales.




Pero el gorro frigio no es patrimonio del infame Santa Claus/Papá Noel,  que lo lleva desde que en 1931 Coca-cola encargara al pintor Habdon Sudblom que lo representara para su campaña navideña destinada a aumentar las ventas de una bebida considerada poco saludable, quien lo hizo de color rojo con ribetes blancos, porque eran los colores oficiales de la empresa, ya que muchísimo antes lo fue del dios Mitra, uno de cuyos atributos más conocidos era la caperuza en forma cónica y punta curva. Este dios solar de origen persa fue muy importante durante el imperio romano. Su religión, llamada mitraísmo, rivalizó de hecho con el cristianismo, hasta que fue desbancada por éste. Mitra, como curiosidad, nació en una cueva, y recibió la visita de pastores y magos que vinieron a adorarlo. Su nacimiento se celebraba el veinticinco de diciembre.


 El dios Mitra degollando el toro.

Pero el gorro frigio tampoco es atributo exclusivo de Mitra, ya que en el siguiente mosaico de la iglesia de San Apolinar el Nuevo en Rávena aparecen representados los tres magos (ninguno negro, por cierto, y ninguno con corona regia) con indumentaria persa compuesta por capa, pantalones y, precisamente, gorros frigios. También aparecen en dicho mosaico, quizá por primera vez, sus nombres propios Baltasar, Melchor y Gaspar.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Gaudete! (¡Alegraos!)





Gaudete es el imperativo del verbo "gaudeo" (el del  himno universitario Gaudeamus igitur), que quiere decir "alegraos, regocijaos, llenaos de gozo". Este verbo se conjuga mal con el Modo Imperativo, porque la alegría tiene que nacer de dentro y ser sincera, porque sobre los sentimientos no manda nadie ni hay voluntad que valga, y por lo tanto nadie puede imponérnosla por decreto, sin que nosotros la sintamos de verdad.

Es lo malo de las fechas navideñas que se avecinan: parece que hay que estar contentos y felices porque sí, porque es lo que está mandado, nadie puede deprimirse en estos días tan señalados del calendario... Y sin embargo, esa obligación misma de la alegría es la que acaba resultando al fin y a la postre bastante triste y deprimente.

Sin embargo, la música puede obrar milagros, como sabemos, y puede entristecernos y alegrarnos despertando en nosotros nuestros más profundos sentimientos, aun los más contradictorios,  hiriéndonos de nostalgia y añoranzas. Y la música que toca ahora son los villancicos, palabra que procede de "uilla" que significaba "casa de campo", y que está relacionada con villorrio y villano. Este último término en principio designaba al habitante de una granja y, por lo tanto, al labriego y campesino, pero, finalmente, por exclusión acabó cargándose de connotación negativa y designando despectivamente al que no era un hidalgo, es decir al hombre del pueblo bajo, capaz de cometer malas acciones o villanías. La palabra villancico, sin embargo, se refería en principio al granjero mismo, aunque finalmente, al abreviarse la expresión "copla de villancico", acabó designando a la copla popular o pueblerina; uso con el que la empleamos todavía.

Gaudete es el título de este villancio, publicado en el siglo XVI, pero cuyo origen puede ser medieval y, desde luego, sacro o culto, como muestran sus alusiones a la puerta del profeta Ezequiel, que debía estar siempre cerrada porque por ella había pasado el Dios de Israel,  por ejemplo, cuyo estribillo reza en español: ¡Alegráos, alegráos! Cristo ha nacido de la Virgen María. ¡Alegráos! Os presento dos versiones de este villancico: la clásica, digamos la de toda la vida, y  otra más moderna, de rabiosa actualidad, como suele decirse, porque acaba de salir al mercado,  cantadas ambas en latín, como Dios manda.


La letra dice así:
Gaudete, gaudete! / Christus est natus / ex Maria virgine. / Gaudete!

Tempus adest gratiæ, / hoc quod optabamus; / carmina laetitiae /devote reddamus
Gaudete…
Deus homo factus est / natura mirante ; / mundus renovatus est / a Christo regnante
Gaudete…
Ezechielis porta / clausa pertransitur ; / unde lux est orta / salus invenitur
Gaudete…
Ergo nostra contio / psallat iam in lustro; / benedicat Domino, / salus Regi nostro
Gaudete…

Escuchemos, en primer lugar, la versión clásica de Libera, un coro infantil londinense, dirigido por Robert Prizeman hace cinco años:


Su traducción es la siguiente:

¡Alegraos, alegraos!  / Cristo ha nacido / de la Virgen María. / ¡Alegraos!

Llega un tiempo de gracia, / el que deseábamos; / cánticos jubilosos / entonemos con devoción.
¡Alegraos!
Dios se ha hecho hombre, / maravillándose la naturaleza; / se ha renovado el mundo / gracias a Cristo que ya reina.
¡Alegraos!
La puerta de Ezequiel / cerrada se atraviesa; / de donde ha venido la luz / se halla la salvación.
¡Alegraos!
Por lo tanto nuestra congregación / cante ya en este tiempo de purificación; / bendiga al Señor, / salud a nuestro Rey.
¡Alegraos!

Y escuchemos ahora la versión que acaba de salir al mercado del dúo Erasure, que hacen un cover del clásico de 1972 de Steeley Span, y disfrutemos del vídeo oficial realizado por Martin Meunier y Tonya Hurley, que tanto nos recuerda el universo de Tim Burton, que han recreado a menudo, y que nos presenta una imagen distinta de la Navidad: unos monjes que portan cirios encendidos nos invitan a alegrarnos en medio de un paisaje tétrico, gótico y romántico de un cementerio nevado. 



 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Otra canción que cantaba Anacreonte


De Amaltea  y su cuerno (1) yo
no querría riquezas mil
ni años cientocincuenta  ser
faraón de Tartesos (2).

1.- Amaltea era el nombre de la cabra que crió a Zeus con su leche, o, según otra versión, de la ninfa que crió a Zeus con la leche de una cabra. En cualquier caso, la infancia del dios se desarrolló en una cueva del monte Ida en la isla de Creta, oculto de la ira de su padre,  que devoraba a todos sus hijos recién nacidos porque sabía que uno de ellos estaba llamado a matarlo y sustituirlo.

Se cuenta que un día Zeus niño rompió sin querer  uno de los dos cuernos de la cabra manipulando sus fulminantes rayos con los que jugaba imprudentemente. Como recompensa, le confirió al cuerno roto el poder de otorgar al que lo poseyera todo lo que quisiera: de ahí surgió la leyenda de la cornucopia o cuerno de la abundancia, del que brotaban sin cesar todos los bienes que uno pudiera imaginar y desear en esta vida, y que a menudo se ha representado con copisodad de frutas y flores. La cornucopia se convirtió enseguida en el símbolo de la diosa Fortuna, dadora de riqueza.

Zeus, como agradecimiento a la cabra que lo había amamantado y criado, subió su cuerno roto junto con la propia cabra a las estrellas, catasterizándola, es decir, convirtiéndola en un astro o, mejor dicho en una constelación, creando así de paso, como el que no quiere la cosa, el primer unicornio, y dando el nombre al signo del zodiaco de Capricornio, palabra compuesta que significa “el cuerno de la cabra”. 

Con la piel de esta cabra, una vez muerta,  se hizo Zeus su égida (del lat. aegis, -ĭdis, y este del gr. αγς, -δος, escudo o coraza de piel de cabra). La piel de la cabra Amaltea, adornada con la cabeza terrorífica de Medusa, constituye el arma defensiva o escudo, la protección de la divinidad. Con este sentido figurado se usa la palabra en castellano. Véase, por ejemplo, esta frase de la prensa escrita: "Allí se estableció Corea del Norte como una República comunista, bajó la égida de la Unión Soviética, mientras que Corea del Sur quedó bajo la órbita de Estados Unidos."

El cuadro de Tiépolo que veis debajo muestra al dios Neptuno ofreciéndole la cornucopia a la serenísima república de Venecia, reclinada sobre la testa del león que la simboliza.


Otra cornucopia es la que sostiene en su mano izquierda el dios-río Tigris, una escultura del siglo II de nuestra era, situada en el Capitolio, una de las siete colinas de Roma, a la que se le han añadido Rómulo, Remo y la loba capitolina, sobre los que reclina su brazo derecho, para identificar al dios con el río Tíber.



2.- Lo de "faraón de Tartesos" es una alusión a Argantonio, rey de la mítica Tarteso (o Tartesos), una floreciente civilización prerromana de la península ibérica en el oeste de Andalucía. Según Heródoto, el padre de la historia, este longevo rey vivió ciento veinte años, de los que reinó ochenta. Era una figura mítica que representaba la longevidad y el poder, a quien Anacreonte no envidia,  porque no aspira ni a lo uno ni a lo otro.


La cancioncilla de Anacreonte que nos ha llegado es un menosprecio de la riqueza y del poder, tanto monta: el poeta no nos dice lo que alaba como contrapartida, sino sólo lo que desprecia:  las riquezas y los poderes, en otras palabras, el premio gordo de la lotería de Navidad, la política y la economía, que son las dos caras de la misma moneda capitalista, la que persiguen afanosamente otros mortales, digamos que la mayoría democrática de nosotros.

Tampoco tiene mucho aprecio por la longevidad, como si quisiera darnos a entender así que la vida no se mide por el tiempo que dura, sino por la intensidad con la que se vive. Es verdad que no nos dice que es lo que querría en esta vida. 

¿Qué nos queda entonces si despreciamos el dinero y el poder? No lo sabemos. Es verdad que nosotros, como canta el poeta, no sabemos la mayoría de las veces lo que queremos (podemos llamarlo de muchas maneras: amor, felicidad, salud, vida... sin saber muy bien en qué consiste ni precisar mucho su significado), pero sí sabemos como decían los estudiantes indignados de mayo del 68 en París, lo que no queremos. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Una canción de Anacreonte


La poesía lírica, como indica su nombre, nació para ser cantada con el acompañamiento musical de la lira, cuyo descubrimiento según la leyenda dorada  le debemos a Hermes/Mercurio, que con el caparazón de una tortuga y unas cuerdas fabricadas con los intestinos de unos bueyes que había sacrificado construyó la primera lira, un instrumento que a diferencia de los de viento le permite al músico cantar a la vez que interpreta la melodía.

El prototipo mitológico, sin embargo, del músico/poeta, aparte de Apolo, claro está, no será Hermes/Mercurio, sino Orfeo, que conseguirá con su música no sólo amansar a las fieras del bosque y hechizar a toda la naturaleza, incluso a los seres inertes, sino también hacer revivir a los muertos, pues con su melódica lira aplacará a Hades/Plutón en su descenso a los infiernos en pos de su amada Eurídice. Esta leyenda nos habla del inmenso poder de la música entendida como conjunción de voz que canta y melodía que acompaña a esa voz, capaz de resucitar a los muertos. 

Pero ¿qué es lo que cantan los poetas? Ya lo dijo Machado: "Y te enviaré mi canción: / Se canta lo que se pierde,  / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón". El poeta canta siempre lo que ha perdido, es decir, el amor, la vida, el tiempo, todo aquello en suma que no volverá, y, al cantarlo, de alguna manera lo recupera y nos lo regala.

Tomemos, por ejemplo, esta cancioncilla de Anacreonte,  compuesta por una sola estrofa de cuatro versos (tres gliconios, que son octosílabos agudos, es decir, eneasílabos según el cómputo castellano,  y un ferecracio, que es un verso de siete sílabas contadas, estrofa que parece que huye a propósito del molde octosilábico de la lírica castellana).

La letra de la canción entra dentro de lo que se ha dado en llamar la musa pederástica, un tema frecuente en la lírica griega que hoy repugna a la moral y a la mentalidad modernas pero que en la antigüedad constituía un tópico literario: es un poema dedicado a un jovencito, un niño o efebo -que está en la hebe flor de la edad, literalmente-, del que el poeta está enamorado, pero que no le corresponde porque ni siquiera es consciente del amor que despierta en un adulto de su mismo sexo.


Anacreonte nació en Teos y vivió en entre los siglos VI y V antes de Cristo. Polícrates, el tirano de Samos, lo llamó a su corte, y se convirtió allí en un poeta cortesano que celebraba el vino, las heteras y los bellos muchachos, dando alegría a los banquetes con canciones un tanto frívolas de vino y amor.

Séneca, el filósofo de origen cordobés, nos ha transmitido dos adjetivos referidos a Anacreonte, que han configurado su leyenda: libidinosus y ebriosus, es decir, amigo de los placeres de la carne y de la bebida. Cierto es que, a juzgar por los pocos versos que nos han quedado de él, Anacreonte celebra a Dioniso, el dios del vino, pero el suyo es un vino amable, rebajado con agua y bebido con compostura, no como los bárbaros que lo trasegaban sin mezcla y sin moderación. También es el poeta de Eros, es decir, del Amor, un amor no menos amable,  que unas veces se dirige a efebos generalmente afeminados o andróginos  y otras veces a mujeres, como el célebre poema dedicado a una muchacha tracia a la que denomina "potrilla" y a la que le dice, no sin cierta petulancia, como comenta el maestro Adrados, que "él, aunque viejo, sabrá domarla y cabalgarla, con alusión sexual bien clara".

Platón pone en boca de Sócrates en el Cármides: "Pues a mí más o menos los que están en la flor de la edad se me antojan hermosos todos". No sabemos en el caso de Sócrates si se refiere a una hermosura física o, no menos probable, a una belleza espiritual motivada porque al ser jóvenes todavía no han entrado por el aro de la sociedad adulta, o a ambas cosas a la vez.

Este tema de la musa pederástica, frecuente en la lírica griega antigua, ha sido abordado rara pero alguna vez por la literatura posterior.  La atracción de tipo homosexual que siente un hombre maduro y entrado en años por un efebo, sobre todo cuando resulta un tanto ambiguo o hermafrodita, ha sido tratada -se me ocurre ahora a bote pronto- en la novela de Thomas Mann  Muerte en Venecia, que fue llevada a la gran pantalla magistralmetne por el director de cine italiano Lucchino Visconti.

 Fotograma de la película Muerte en Venecia de Visconti

La traducción en prosa de Rodríguez Adrados del original griego de la canción de Anacreonte dice lo siguiente: Oh muchacho que miras igual que una doncella, te estoy buscando y tú no me haces caso porque no sabes que eres el auriga de mi alma. 


El poema comienza con una apelación "o pai"; "pai" es, en efecto, el vocativo de la raíz "paid", que ha perdido la consonante dental en posición final de palabra y que significa "niño", y que hemos heredado en castellano vía latín "paed" -el diptongo griego "ai" evoluciona a "ae" cuando pasa al latín, y del latín al castellano a "e"- en la forma ped- que encontramos en el nombre del médico de los niños (ped-iatra),  en el nombre del que siente atracción sexual por los niños (ped-erasta, ped-ó-filo), en el nombre de la propia educación, que los griegos denominaban "paideia", y que nosotros conservamos en la palabra que significa educación en círculo o global (en-ciclo-pedia), y en la corrección de las malformaciones del cuerpo humano (orto-pedia),  en  la enseñanza que nos prepara para una disciplina (pro-pedéutica), en el nombre del guía o conductor de los niños, que en su origen era un esclavo encargado de llevarlos literalmente al colegio (ped-agogo), de donde ha salido también el préstamo italiano "pedante", nombre en principio del soldado de a pie, y después del acompañante del niño al colegio. Resulta curioso, a propósito de esta última palabra pedagogo, si la comparamos con demagogo, cómo el nombre del guía o conductor del pueblo, "demo" en griego, que es dem-agogo se ha cargado de connotación negativa, frente a la carga positiva que tiene entre nosotros el pedagogo (a pesar del dicho de Mairena de que sólo hubo un pedagogo en el mundo y se llamaba Herodes).

El adjetivo "parthenion", que significa "virginal, relativo a una virgen", nos lleva enseguida al nombre del templo de la Virgen Atenea en la acrópolis de Atenas, el Partenón, y a la partenogénesis (modo de reproducción de algunos animales y plantas, que consiste en la formación de un nuevo ser por división reiterada de células sexuales femeninas que no se han unido previamente con gametos masculinos, según el libro gordo de la Real Academia Española de la Lengua).

En el verso segundo tenemos la aparición del pronombre de segunda persona (se, en acusativo y sy, en nominativo, que corresponden a nuestro resto de declinación latina te/tú) y la negación griega "ou", que se pronuncia "u", y que la tenemos en la palabra u-topía, que es el nombre de lo que no tiene lugar, pero que no por ello es imposible, como creen algunos, sino precisamente por eso mismo muy posible, 

En el verso tercero aparece el participio "eidós", que significa "sabiendo" y que nos lleva a una raíz muy fructífera en castellano y demás lenguas modernas "idea", que es el aspecto o apariencia, la visión y de ahí el conocimiento que tenemos  de las cosas.

Finalmente en el último verso tenemos la palabra "psyché", que conservamos en castellano bajo la forma "psico-" y "psíquico": de ahí los psicólogos, o expertos en la mente y alma humanos, y los psiquiatras, que son los médicos, y todos los derivados, tales como: psicotecnia, psicopatía, psicología, psicoanálisis, psicosomático, neuropsiquiatría, y psicopedagogía, por ejemplo.   


Doy aquí, además,  varias versiones rítmicas diferentes del mismo poema que tratan de reproducir en castellano, no sé si con buena o mala fortuna, la gracia de la música del original griego, como si se tratara de ocho variaciones sobre un mismo tema musical.



Niño de angelical visión,
te persigo y ni cuenta das,
sin ver tú de mi corazón
que manejas las riendas.

Doncel de ojos de virgen, voy
tras ti y no haces ni caso tú,
que no ves que de mi alma vas
gobernando las bridas.

Oh muchacho de ambigua faz,
te amo y sordo a mis ruegos vas
sin pensar que de mi pasión
tú conduces el carro.

Mozo tú de adamado ver,
te amo pero insensible tú
no comprendes que el rumbo vas
de mis pasos marcando.

Chico de virginal mirar,
yo te busco mas no lo ves,
porque ignoras que el timonel
eres tú de mi vida.

Niño dulce que miras, ay,
yo te sigo y me ignoras tú,
no sabiendo que de mi ser
llevas el gobernalle.

Zagal de ojos de niña, estoy
yo por ti, y ni te enteras tú,
que no sabes que de mi amor
eres único auriga.

Chaval de remirar gentil,
te amo y no me respondes tú
ignorando que sobre mí
eres tú el que cabalga.

Y aquí tenéis un vídeo donde se canta este poema con una melodía muy similar y en todo caso aproximada a la que pudo haber tenido en su origen, con lo que tratamos de acercarnos por la vía del oído a la sonoridad de la lírica griega.


 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Imperium Romanum (álbum fotográfico)



El austriaco Alfred Seiland (1952), profesor de Fotografía en la Academia de Arte de Stuttgart,  es uno de los fotógrafos contemporáneos más importantes de Europa. Durante muchos años se ha dedicado a visitar lugares de interés relacionados con el Imperio Romano, y a fotografiarlos, mostrando el contraste entre las ruinas antiguas  y la modernidad. 

Sus imágenes nos llevan a Siria, Jordania, Turquía, Israel, Francia e  Italia, en un viaje alrededor del Mar Mediterráneo,   y también a  Inglaterra, emplazamientos donde está atestiguada la presencia del águila romana, retratando a menudo lugares a los que los turistas no tienen fácil acceso. 

Destaca, según los expertos,  el uso que hace del color, muy similar al de un pintor, de forma que a veces nos planteamos ante sus imágenes si estamos en presencia de cuadros pintados al óleo y acuarelas o de fotografías.

Expone su obra, noventa fotografías de gran tamaño, en el Museo Germano-Romano de Colonia, desde el 8 de noviembre hasta el 30 de marzo de 2014,  y acaba de publicarse su libro "Imperium Romanum, opus extractum", que recoge algunas de las imágenes de su ambicioso proyecto "Imperium Romanum".  

Portada del libro y ruinas de Palmira, actual Tadmor, en Siria (2011) 

 Ruinas de Gádara, actual Umm Qais, Jordania (2009)


Pont du Gard, Francia (2009)



Estudios cinematográficos de Cinecittà, Roma (2006)

 Estatua de héroe y ruinas de las termas del foro de Ostia Antigua, Italia (2012)

 Villa de Adriano en Tibur, Tívoli, Italia.

Templo de la Concordia, Selinunte, Sicilia, Italia.

Aesica Fort, granja de Great Chichester, Inglaterra (2009). 
Puede contemplarse al fondo de la imagen el famoso muro de Adriano.

 Templo de Júpiter Anxur, Terracina, Italia (2008)

Monte Nemrut, Turquía (2011)

Museo Arqueológico Nacional, Nápoles (2008)

Desierto judío y Masadá, Israel (2009)

Y como no podía faltar, también una imagen del anfiteatro Flavio, más conocido como Coliseo (2010):


martes, 26 de noviembre de 2013

Plan lector de 4º de ESO: 4.- Faetón el intrépido

Seguimos con el plan lector, y seguimos con los sonetos de Lope de Vega. Esta vez, uno dedicado al mito de Faetón (o Faetonte), bastante sencillo de leer y fácil para el comentario. Es el número 90 y dice así:

 
Salió Faetón (1)  y amaneció el Oriente
vertiendo flores, perlas y tesoro,
pasó por alto del mar indio al moro
turbado de su luz resplandeciente.

Las montañas de nubes, al poniente,
iban subiendo, y de la Libra al Toro,
cuando cayó, sembrando el carro de oro,
del Erídano (2) claro en la corriente.

Recibióle llorando la ribera,
de su temeridad castigo justo:
que tan alto subir, tan bajo para.

Pero mísero dél, ¿dónde cayera,
si con freno de fuerza, y no de gusto,
la voluntad de una mujer guiara?


(1) Faetón o Faetonte: Hijo del Sol o Helios, en griego, había sido criado por su madre en la ignorancia de quién era su padre, pero se lo reveló al llegar a la adolescencia. Entonces el muchacho rogó a su padre el Sol, identificado con Apolo, que le dejase conducir su carro. El Sol accedió de mala gana, haciéndole muchas recomendaciones. Faetonte siguió el camino trazado en la bóveda celeste, pero pronto tuvo un gran terror producido por el mal de altura. La visión de los animales del Zodíaco le asustó, y abandonó el camino trazado. Descendió demasiado, y por poco incendia la Tierra; volvió luego a subir, esta vez demasiado alto, por lo cual los astros se quejaron a Júpiter, o sea Zeus, y éste, para evitar una catástrofe mayor, lo fulminó precipitándolo en el río Erídano. Sus hermanas, las Helíades recogieron su cuerpo, le rindieron honras fúnebres y lo lloraron de tal modo que fueron transformadas en álamos a la orilla del río.  
(2) Erídano: Nombre de un río mítico, que generalmente se situaba en Occidente (el poniente por donde se pone el sol) y que se ha identificado con el Po en Italia o el Ródano en Francia, donde Faetón encontró la muerte.


 Caída de Faetón, de Van Eyck (1612-1668)

Podéis visitar esta otra página del blog para tener más información sobre la leyenda.  

 Helios, o sea el Sol, guiando su cuadriga o carro tirado por cuatro caballos. 

oOo

Comentario:  

En las tres primeras estrofas el poeta nos cuenta el mito: en el primer cuarteto, tenemos a Faetón conduciendo el carro del Sol; en el segundo cuarteto, después de subir muy alto, cae en la corriente del Erídano; en el primer terceto, nos cuenta el final de la historia, donde la ribera llora su muerte. ¿Qué crees que significa la pregunta que se hace el poeta en la última estrofa, donde da un giro inesperado?  Espero vuestras respuestas.