miércoles, 24 de julio de 2013

Diente por diente


Analizamos la biografía de la palabra latina DENS, cuya raíz DENT- como podemos ver en la forma del Acusativo DENT-EM,  evoluciona en romance a DENTE tras la caída de la M final, que aunque se escribía ya no debía de pronunciarse en latín vulgar, como nuestra hache a principio de palabra,  y así quedará en italiano y en portugués, mientras que en francés perderá la –e final, nasalizándose la vocal precedente,  pero en castellano la E breve latina portadora del acento de palabra diptongará en IE, y el resultado, por lo tanto, será DIENTE.


Conservamos la raíz en los adjetivos dental o dentario, que se refieren a lo que está relacionado con el diente; en  dentón o dentudo, que son denominaciones coloquiales de quien tiene los dientes muy grandes o desproporcionados;   en dentífrico, que es un compuesto de FRICO, el verbo frotar como vemos en su derivado fricción , y que también significa limpiar, restregar, pulimentar, y evoluciona a fregar, de hecho,  partiendo de su infinitivo de la siguiente forma: FRICARE > FRICAR > FRIGAR > FREGAR. Por lo tanto, el dentífrico sería la pasta que se  utiliza para limpiar la dentadura.  La forma *dentrífico es un  barbarismo que pone de relieve que se ha perdido la conciencia etimológica de esta palabra, pero que se explica fonéticamente como metátesis simple: un sonido cambia de lugar dentro de la estructura de la misma palabra, lo que afecta especialmente a los fonemas sonantes líquidos L y R. A lo largo de la degeneración del latín en castellano vemos muchas veces este fenómeno: INTER resulta ENTRE y  SEMPER, SIEMPRE. Esta metátesis también se observa en otras palabras como por ejemplo en CROQUETA, que es un préstamo francés de CROQUETTE , y que se oye muchas veces decir *COCRETA, con cambio de posición del fonema,  *COCLETA, con intercambio de R por L,  y hasta *CROCRETA,  *CROCLETA y *CLOCLETA.  

Otro derivado es dentado que procede del latín DENTATUM, como en el sobrenombre del cónsul Manius Curius Dentatus, Manio Curio Dentado, así llamado porque al parecer había nacido provisto de dentadura, según atestigua Plinio el Viejo. Este cónsul de origen plebeyo de los primeros tiempos de la República romana venció definitivamente y expulsó al rey Pirro,  cuyo nombre propio pasará a la posteridad como adjetivo que califica a una victoria muy ajustada, en la expresión “victoria pírrica”, que se obtiene según el diccionario de la RAE “con más daño del vencedor que del vencido”.   Pirro perdió tantos soldados a pesar de obtener una victoria sobre los romanos que dicen que dijo:  “Otra victoria como esta y volveré solo al Epiro (Grecia)”.

Se oye a veces el refrán “A caballo regalado no le mires el dentado” o  “…no le mires el diente”,  pues los expertos conocen la calidad de un caballo examinando su dentadura. El refrán  da a entender que si se nos regala algo no debemos ser exigentes o excesivamente críticos con la calidad del regalo.

Una dentellada sería una herida producida por un mordisco. Mención aparte merece la palabra dentera que procede de DENTARIAM,  y que alude a una sensación desagradable que se experimenta en los dientes en relación con el gusto, oído y tacto de sustancias irritantes. La dentición sería el proceso de echar la dentadura o endentecer, como se dice de los niños cuando empiezan a echar los dientes. 


Bidente es palabra que no debe confundirse con vidente, participio de presente del verboVIDEO ver,  y que quiere decir que consta de dos dientes y que ha caído prácticamente en desuso. Se denominaban así a una azada de dos picos y a carneros y ovejas por tener doble hilera de dientes

El dentista es el médico especialista en la dentadura, pero esta palabra, demasiado transparente,  ha sido enseguida sustituida por el helenismo odontólogo, compuesto del término griego ODONTO- , que es hermano y sinónimo del latino DENT-, ya que se trata, de hecho, de la misma raíz indoeuropea con distinto vocalismo y prótesis vocálica.

Muy curiosa, por cierto, es la historia de los modernos odontólogos: de sacamuelas iniciales (oficio que solía desempeñar el barbero en el Barroco), pasaron a llamarse dentistas, cuando se dignifica y profesionaliza el oficio, por así decirlo, pero luego con la tremenda helenización de la medicina, se sustituye enseguida por odontólogo, en paralelo a la sustitución de oculista por oftalmólogo.  Parece que el intento de cambiar odontólogo, todavía muy transparente, por estomatólogo no ha tenido mucho éxito todavía, porque induce a error. En efecto la raíz griega estómato- significa “boca”, por lo que la estomatología sería la especialidad médica centrada en la boca del hombre, pero resulta inevitable la confusión con “estómago” por su parecido fonético, aunque estómago se diga en griego gást(e)ro-, como vemos en gastroenteritis, gasterópodo  o gastronomía, siendo la estomatología según la Academia la parte de la medicina que trata de las enfermedades de la boca del hombre, cosa que algunos sólo aceptan a regañadientes.

En relación con la raíz ODONTO-  conservamos helenismos como ortodoncia (orto significa correcto como vemos en ortografía, la escritura correcta),  endodoncia (endo quiere decir dentro, interior, como en endogamia, el matrimonio dentro del clan familiar), y  odontalgia (-algia significa dolor, como en neuralgia o nostalgia, que es el dolor producido por el deseo del regreso).


En el anuncio de una clínica dental griega, puede leerse la palabra inglesa “dentist”, que sigue la raíz latina dent- que estamos estudiando, y encima su nombre en griego: odontiatrei/o, palabra compuesta que puede dividirse en odont( o), la forma griega de la palabra diente,  y iatrei/o, que quiere decir medicina y que observamos todavía en palabras nuestras como pediatría, psiquiatría o geriatría.

Vamos a detenernos en el compuesto tridente, que significa “tres dientes”, y que designa a una lanza de tres puntas que caracteriza al dios del mar Posidón o Neptuno, dado que se utilizaba como arpón para la pesca. Nada más normal que la divinidad de las aguas y de los mares porte como atributo un tridente, que también es un cetro o símbolo de poder. Los poetas latinos se referían a él con epítetos como: tridentífero, tridentígero, que significan ambos "portador del tridente", o tridentipotente, poderoso gracias al tridente.

Cuando los tres dioses y hermanos se repartieron el poderío del mundo, Zeus se quedó con el cielo, Hades con la tierra y el mundo soterraño, y Posidón con el dominio del mar.   Este último, de hecho, en la disputa por la posesión del Ática  con la hija virgen de Zeus que había nacido de la cabeza del dios, la diosa Atenea,  clava su tridente en la acrópolis y hace surgir una fuente de agua salada del mar como símbolo de su poder y toma de posesión de aquel reino, mientras que la diosa, más sabia, planta un pacífico y fructífero olivo, el primero de la región,  y se lo regala a la ciudad. El resto de los dioses, según unos, o la propia ciudad, según otros, agradecida, juzgan cuál de los dos portentos les merece más aprobación,  y el veredicto de ese juicio designa vencedora a la diosa virgen, concediéndole el patronazgo de aquella comarca. Poco tiempo después se levantará en aquella misma atalaya un templo en mármol blanco resplandeciente dedicado a la diosa Virgen (que en griego se dice párthenos): el Partenón. La diosa, por su parte, cuyo nombre propio en singular era  Atena (o Atenea) le prestará su nombre, en plural, a la ciudad, Atenas, ciudad que, por otra parte, aunque se haya inclinado en este juicio por la agricultura, no rehusará sin embargo abrise al mar y al mundo desde su puerto del Pireo, convertido ya hoy en día en un barrio más de la gran ciudad.

Con el paso del tiempo encontraremos también este tridente en la representación de los demonios y diablos cristianos como atributo satánico. ¿Cómo llegó hasta ahí? Tal vez porque era el símbolo de un dios pagano, es decir, no cristiano, y nada más lógico que caracterizar al anticristo con un atributo de la vieja religión politeísta.  Es por lo tanto un símbolo de poder y de violencia, una suerte de cetro.

Era el tridente o fúscina también el arma del reciario romano (derivado de RETIARIUS y este de RETE, red, quien utilizaba la red para envolver y paralizar a su adversario en la arena), que luchaba contra el mirmidón, armado con la espada, GLADIUS, que da nombre al gladiador. El reciario portaba pues un equipamiento similar al de un pescador: el tridente, a modo de arpón, la red y una daga corta, sus únicas armas tanto para la defensa como para el ataque. El tridente se componía de dos piezas: una vara de madera que constituía el mango,  y el tridente propiamente dicho, tres puntas dentadas de metal. Las representaciones de tridentes en los mosaicos de gladiadores muestran sin embargo tres  puntas simples, sin diente a modo de arpón, de modo que el tridente podía clavarse en las carnes del rival pero no produciría el desgarro típico de un arponazo al retirarlo.



El tridente  es, pues, un instrumento de pesca arrojadizo, cuyo extremo metálico tiene varias espigas punzantes, casi siempre de hierro, rara vez de bronce, generalmente tres, de ahí su nombre tri-dente, engastada en un largo astil de madera que solía ser de olivo, debido a su resistencia y fortaleza. Era útil en la pesca nocturna y especialmente en las pesquerías de atunes, como cuenta Opiano que hacían los tracios en las aguas del Mar Negro. Las embarcaciones faenaban  durante la noche portando lámparas o antorchas encendidas, cuya luz atraía a los peces que se arremolinaban en torno al bote pesquero, que completaba su labor  con redes de cerco útiles para la captura del banco entero de peces, siendo blanco de fácil acierto para la destreza de los arponeros.

Podríamos citar todavía muchas más palabras que han caído en desuso porque las realidades que nombran han quedado obsoletas, y es que en la lengua, que se comporta como un organismo vivo, están entrando y saliendo constantemente palabras, de forma que es imposible hacer un diccionario que las recoja a todas de una vez para siempre. Tal es el caso del dentejón, por ejemplo, que era el yugo propio para uncir los bueyes a la carreta, o el dental, el  palo en que se encajaba la reja del arado, o el trente o la trente, que de ambas maneras se decía (deriva de tridentem) en el ámbito rural de Cantabria, donde designa a un bieldo tredentudo  o palaganchos con tres dientes  de hierro o más, entre muchas otras que ya no dicen nada a las nuevas generaciones, que desconocen las realidades que reflejan esas palabras.  

Un epigrama de Marcial (el setenta y seis del libro I)  nos presenta a una tal Elia, un pseudónimo como siempre hace por delicadeza este autor, una anciana que sólo tenía cuatro dientes (no se conocía todavía la dentadura postiza), y que tras un ataque de tos quedó desdentada.

  Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
      Expulit una duos tussis et una duos.
  Iam secura potes totis tussire diebus:
      Nil istic quod agat tertia tussis habet.

No me resisto a ofrecer la traducción de Argensola de este gracioso epigrama: Cuatro dientes te quedaron, / si bien me acuerdo; mas dos, / Elia, de una tos volaron, / los otros dos de otra tos. / Seguramente toser / puedes ya todos los días, / pues no tiene en tus encías / la tercera tos que hacer.

Como prueba de que seguimos hablando latín sin percatarnos de que esta lengua que hablamos es latín,  un latín degenerado o mal hablado pero completamente reconocible y transparente,  tenemos aquí la denominación de los dientes que componen la dentadura humana:



Incisivo lateral: De INCISIVUS, y este de INCISUS, que es el participio del verbo INCIDO, que significa “cortar”, o hacer una incisión; y de LATUS LATERIS “lado, costado”.
Incisivo central: de CENTRUM –I: que es el centro.
Canino: De CANINUS –A –UM  y este relacionado con CANIS –IS, de donde viene nuestro can, por lo que significa relativo al perro, mordaz, agresivo.
Premolar: Los dientes premolares y molares son los posteriores, en ese orden a los caninos. El prefijo PRE- procede de PRAE- y significa anterior, ya que son anteriores a las muelas.
Molar:  Del adjetivo MOLARIS –E, y este del sustantivo MOLA –AE, la muela de molino, y, por comparación con su forma, el diente molar, e incluso en castellano viejo un cerro escarpado de cima plana. No se pierda de vista el cambio vocálico que le afecta a la o breve y tónica latina, que diptonga en ue en su evolución a la lengua de Castilla, por lo que, MOLAM pasa a muela. Todo ello nos lleva al verbo MOLO, y de ahí a nuestro amolar, moler, moledura, molienda, moliente, molino y remolino. Mención especial en este punto merecen el verbo INMOLAR,  que usamos como sinónimo de sacrificar, dado que los romanos antes de hacer un sacrificio esparcían la “mola” o harina sagrada de trigo tostada y mezclada con sal espolvoreándola sobre el testuz de las víctimas, y la palabra EMOLUMENTO, que usamos con el sentido de remuneración adicional por el desempeño de un cargo o empleo,  y que era propiamente la ganancia del molinero.
Primero: Palabra patrimonial derivada de PRIMARIUS, de donde procede también el cultismo primario.
Segundo: De SECUNDUS –A –UM “siguiente”.
Tercero: Palabra patrimonial derivada de TERTIARIUS, de donde procede también el cultismo terciario.
Muela del juicio: De MOLA –AE y IUDICIUM –I “juicio”. Se denominaban así a las muelas que en la edad adulta nacían en las extremidades de las mandíbulas humanas, y se consideraba que conferían el “juicio” o sensatez a las personas.

A propósito de la dentadura y de la higiene bucal, citaremos, por último, el poema burlesco  XXXIX de Catulo, en versos coliambos o yambos cojitrancos (que cojean a contratiempo en el último pie),  donde ridiculiza a un tal Egnacio que sonríe en cualquier ocasión, incluso en las menos propensas a la risa, y lo hace para mostrar la blancura de sus dientes. Al final se cita una curiosa costumbre de higiene bucal que, según el poeta, practicaban los celtíberos.



Egnacio, porque tiene blancos los dientes,
sonríe a todas horas. Ante el banquillo
de un reo, cuando mueve a llanto el letrado,
él ríe. Cuando rota, frente a la pira,
la madre llora a su hijo único muerto, 
él ríe. Sea lo que sea, doquiera
y haga lo que haga, ríe. Tiene tal vicio,
me consta , no elegante ni de buen gusto.
Por tanto, buen Egnacio, debo advertirte.
Aunque romano o tiburtino o sabino
fueras o austero umbro o grueso toscano
o lanuvino bien moreno y dentado
o traspadano, por citar a los míos,
u otro que limpie bien cualquiera su boca,
me gustaría tú que siempre no rieras:
Nada hay más bobo que una boba sonrisa.
Eres celtíbero: en celtíbera tierra
con lo que cada cual meó al levantarse,
enjuaga dentadura y, roja, la encía;
así que cuanto más deslumbren tus dientes,
pregonarán que más orina tragaste.



viernes, 19 de julio de 2013

Quino: Educación en valores

Estos son algunos de los auténticos valores (bursátiles) que forman parte del currículo oculto de preparación de la ciudadanía para la vida moderna y que transmite e inculca nuestro sistema educativo  (con la televisión a la cabeza), según uno de los más geniales humoristas, el entrañable Quino:


(pedes: los pies / ad: para / iter faciendum: hacer el camino)

  (cerebrum: el cerebro, la inteligencia)

(contactus: contacto / humanus: humano)

 (cultura: cultura*)

 (proximus: el prójimo / quem: al que / diligere debes: debes amar)

  (idealismus: los ideales / mores: la moral / honestas: la honestidad)

(Deus: Dios)

(interest: es importante (o es interés, en el sentido económico) / pueri: para el niño (o del niño)
 /  eum: que él / discere: aprenda / quomodo: cómo / omnia: todas las cosas / sint: son )


oOo

*Nota a propósito de CULTURA que el latín era una lengua de campesinos, según la célebre tesis de Jules Marouzeau (Le latin langue de paysans). Es algo que salta  a la vista cuando examinamos palabras como esta misma de CULTURA, que en principio significaba cultivo, como en "agri-cultura",  o labranza del campo. Se refería sobre todo al cultivo de las viñas y de los sembrados de trigo, de donde salen los dos grandes dones de la tierra para griegos y romanos ante Christum natum  (y para los cristianos también después con el paso del tiempo): el vino y el pan, ambos además divinizados, tanto por los paganos (el vino sería el regalo de Baco o Dioniso; y el pan,  el fruto cereal de la madre Ceres o Deméter, que los emperadores romanos siempre procuraban que no le faltara al pueblo, por aquello de pan y circo), como por los cristianos (que consideran que el vino es la sangre,  y el pan,  la carne de Cristo en la eucaristía).  De este significado de "cultivo" del campo se pasa al cultivo de uno mismo y de sus cualidades espirituales o inmateriales, como la sensibilidad, la inteligencia, el sentido crítico y demás, sin olvidar, mens sana in corpore sano,  el culturismo o cultivo físico del propio cuerpo de uno, eso que llaman ahora con más pedantería que acierto educación física, en detrimento del término más honesto que era gimnasia.

Otro vocablo que prueba este origen rural sería el verbo DELIRARE delirar, que en principio significaba salirse del surco que trazaba la reja del arado o caballón, que se llamaba lira precisamente en la lengua del Lacio. De ahí nuestro significado de desvariar, de tener perturbadas las capacidades mentales y hacer despropósitos o disparates,  como desviarse de la línea trazada cuando uno está labrando la tierra.

Otro término que ilustra este carácter rústico de nuestra lengua madre es el adjetivo RIVALIS -E, que deriva del sustantivo RIVUS -I, nombre del arroyo: rival sería etimológicamente el vecino con el que uno se disputa el agua del riachuelo para el regadío. De ahí que rival en principio sólo fuera el ribereño, para pasar después a ser el adversario, contrincante o competidor en la guerra, en el amor o en la vida en general.
 
Esta característica rural de la lengua latina se ve en muchas otras palabras. Quizá una de las más significativas sea el verbo PUTARE,  que en principio quería decir "podar", como demuestra su evolución al castellano (PUTARE>PUTAR>PUDAR>PODAR), y el cultismo amputar,   y que pasó a significar pensar por  comparación o metáfora de la actividad de la poda con la del pensamiento: amputación  de las ideas que no nos sirven, que  desechamos como las ramas desgarbadas e infructuosas de algunos árboles frutales: pensar sería librarse de la rémora de las ideas preconcebidas o inculcadas, de los prejuicios. En relación con este signficado más intelectual de un verbo que en principio significaba "amputar" y "podar" tenemos en español derivados como diputado, reputación y computadora, por ejemplo, y de computar tenemos contar, tanto en el sentido de cuenta, contabilidad o cómputo propiamente dicho como en el de cuento literario. 

lunes, 15 de julio de 2013

Ojo por ojo



Vamos a echarle una ojeada a la historia de la palabra ojo. Nuestra palabra ojo procede de la latina OCULUM, que evolucionó de la siguiente forma: en primer lugar se produjo la caída de la M final con la conversión de la U precedente en O, de manera que tenemos enseguida ÓCULO. Muy pocas palabras han conservado esta U final latina,  y las que lo han hecho ha sido por influjo de la lengua escrita o culta, más conservadora, por cierto, que la hablada: espíritu, ímpetu y tribu, por ejemplo. 

De esta raíz culta derivan, por ejemplo, el adjetivo ocular; el nombre del médico especialista en el ojo, que en principio se llamó  oculista, aunque se haya impuesto finalmente el término griego menos transparente oftalmólogo, en paralelo con lo que sucedió con el dentista, que prefiere denominarse odontólogo o aun estomatólogo.

De la raíz ÓCULO deriva también el verbo inocular, con el significado habitual de “infundir” algo y, en concreto, de introducir en un organismo una sustancia que contiene el germen de  alguna enfermedad. ¿Cómo se explican este uso de inocular? ¿Qué relación puede guardar con el ojo, que es el órgano de la vista? Al parecer los romanos llamaban OCULUS también a la yema o brote de la viña, por su parecido con la forma del ojo, y de ahí que el verbo inoculare significara ya en latín injertar, porque la forma del injerto recuerda a la del ojo.

Del diminutivo de OCULUM, que era OCELLUM (ojito u ojuelo) en latín, procede nuestro culto ocelo, que es el nombre que damos a cada ojo simple de los que forman un ojo compuesto de los artrópodos, y a las manchas redondas y bicolores que tienen en las alas algunas mariposas, o algunas aves en sus plumas, así como el lagarto ocelado, que tiene en su dorso unos puntos que parecen ojos. 

Las plumas oceladas de color azul del pavo real, los famosos ojos del pavo real, nos recuerdan la historia de Ío, la bella ninfa a la que le echó el ojo Júpiter y de la que se enamoró, convirtiéndola en novilla para protegerla de la cólera de su celosa esposa Juno. Pero ésta la reclamó para sí y le puso como guardián a Argo, una criatura que tenía cien ojos, que no dejaban de vigilar a Ío día y noche. Mientras un par de ojos dormían, los otros noventa y ocho no perdían de vista a la espléndida novilla, atada como estaba al tronco de un olivo. Pero Júpiter la deseaba tanto que envió a Mercurio para rescatarla, quien tocó la lira que acababa de inventar y adormeció con el poder de la música a Argo, el gigante panóptico que todo lo veía, cuyos  cien ojos se fueron cerrando uno tras otro, cayendo en un profundo sueño soporífero. Mercurio decapitó a Argo con su cimitarra y liberó a la novilla.   Pero Juno envió un tábano para atormentar a Ío. El insecto la enloqueció hasta el punto de que Ío se lanzó al mar, que tomó su nombre Ionio (Jónico), cruzó a Asia por el estrecho que se llamó en recuerdo suyo Bósforo (“Paso de la Vaca” en griego), y llegó a Egipto, donde fue venerada bajo la denominación de Isis. La diosa Juno, por su parte,  sentía tanto cariño por Argo que cogió cada uno de sus cien ojos y los fue depositando cuidadosamente en la cola de su ave favorita, el pavo real. Ahora, cien ojos nos miran y nos ven cada vez que un pavo real despliega como un abanico resplandeciente para pavonearse su cola multicolor y ocelada  delante de nosotros.


Contra lo que pudiera parecer a primera vista, el nombre del ocelote, ese  felino americano, no procede del latín OCELLUS, sino de una palabra azteca  que es océlotl y que significa “tigre” en náhuatl, aunque algunas de las manchas de su piel, las que no son rayadas, se asemejan a veces a ocelos.

Otros dos derivados de la raíz culta son monóculo, un híbrido grecolatino (mono- en griego significa único; y óculo, es, como hemos visto, ojo en latín), que designa a una lente correctiva que ajusta la visión de un solo ojo, con forma de luneta circular y aumento; y binóculo, formado con el prefijo latino bino-, que significa ambos, que da nombre a un anteojo con lunetas para ambos ojos, o binocular.

Si seguimos la evolución de la raíz latina ÓCULO, observaremos el fenómeno de la desaparición de la vocal interior átona, que se llama síncopa, en este caso U, lo que hace que se convierta en OCLO; este grupo consonántico CL de nueva creación romance se resuelve en castellano dando origen a una J: OJO, mientras que en gallego tenemos ollo (olho en portugués) y en catalán ull. No siempre sucedió así, pues tenemos palabras como MIRÁCULUM o SAÉCULUM que evolucionaron a milagro y siglo sonorizándose la consonante C en G, pero son la excepción que confirma la regla, y se explican por el influjo conservador de la lengua escrita, perteneciendo estas palabras al registro culto de textos neotestamentarios y considerados sagrados.

Y en relación el ojo tenemos ya las ojeras que son las manchas que salen alrededor de la base del párpado inferior del ojo, el adjetivo ojeroso, con el que calificamos a la persona que tiene ojeras, el verbo ojear que consiste en echar una mirada,  que, como acción que es de ese verbo, se denomina ojeada.

Pero atención: cuando alguien nos mira mal, es decir con malas intenciones y voluntad, decimos que nos tiene ojeriza, odio o rencor, y de ahí deriva probablemente el mal de ojo, que es la acción del verbo aojar; el aojo o aojamiento, que de ambas maneras puede decirse en nuestra lengua,  es producir un influjo maléfico que, según se cree sin mucho fundamento, como sucede con todas las creencias, una persona puede  ejercer sobre otra mirándola con malos ojos. Sin embargo, el enojo que nos produce algo, es decir, el fastidio y pánico, es la acción del verbo inodiare, inspirar asco o terror y tiene más que ver con el odio que con el ojo.

Mirar a alguien de reojo o con el rabillo del ojo quiere decir en principio mirar disimuladamente, sin volver la cabeza pero también tiene una connotación de hostilidad o enfado, cuando no de superioridad, sobre todo mirar por encima del hombro.

Sí que debemos de mencionar el ojal, como se denomina a muchos agujeros y en especial los que sirven para abrochar un botón, y el ojete, que suele ser una abertura pequeña y redonda por la que se mete un cordón y que familiarmente se usa para referirse al orificio del ano u ojo del culo. En México se utiliza ojete como sinónimo de persona tonta, idiota o extremadamente estúpida, algo parecido a lo que sucede en inglés con arsehole o asshole en su versión norteamericana, con un claro valor despectivo: ese tipo es un ojete.

Curiosa es la palabra antojo, que significa que algo (más propiamente la idea de algo que la cosa) se nos pone ANTE OCULUM delante de los ojos y por lo tanto lo deseamos y aun lo codiciamos, porque se nos antoja, aunque a veces sea un deseo pasajero y caprichoso, así somos de antojadizos. Un compuesto de esta palabra es trampantojo, para referirnos a la trampa o ilusión con que se nos engaña haciéndonos ver lo que no vemos.

Tenemos también el anteojo, que no hay que confundir con el antojo, que es el nombre que se da a un instrumento óptico que nos acerca las imágenes de los objetos que están lejos.

También es curioso el término abrojo que procede de la contracción de la expresión latina APERI OCULUM ¡abre el ojo!, como si fuera una advertencia a alguien que va a pasar por un terreno o a segarlo  lleno de zarzas y bardas, es decir, de maleza perjudicial para los sembrados y caracterizada por sus púas, o sea, de abrojos, que en sentido figurado significan penalidades y sufrimientos. 

Muchos compuestos comienzan por oji- (ojinegro, ojialegre, ojituerto, ojigarzo…) y aluden a alguna característica del ojo: color, expresividad, etcétera. El último de ellos, ojigarzo, quiere decir que tiene los ojos de color garzo, es decir, azulados, como el de la siguiemte imagen:


En cuanto al simbolismo del ojo en la mitología, tenemos en Grecia a los cíclopes, gigantes de un solo ojo heterotópico, porque no está situado en su sitio, sino en la frente, que moraban en las entrañas de la tierra y ayudaban a Hefesto en la fragua del Etna, y no despreciaban la carne humana como alimento. El cíclope más conocido fue Polifemo, hijo de Posidón, o de Neptuno si se prefiere su advocación romana,  que personifica como ninguno las fuerzas primigenias de la naturaleza. Cerca de él habitaba la ninfa Galatea, de la que se enamoró perdidamente el gigante, pero ella prefirió al pastor Acis, que murió aplastado por una roca que le arrojara Polifemo. Nuestro gran poeta barroco y culterano don Luis de Góngora cantó sus desgraciados amores, haciendo uso de la metáfora y del hipérbaton con indudable maestría:

Un monte era de miembros eminente
Éste que –de Neptuno hijo fiero-
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero…
Más tarde, Odiseo/Ulises burlaría a Polifemo, cegando su único ojo tras clavarle una estaca en él mientras dormía.

En la mitología cántabra tenemos un equivalente suyo, que sería el Ojáncano u Ojáncanu, cuyo nombre propio alude a la unicidad de su enorme ojo. Representa este ojáncano  la maldad y la brutalidad de la barbarie. De carácter salvaje, fiero y vengativo, esta criatura de cabellos rojizos habitaba en las grutas de los parajes más recónditos la Montaña, cuyas entradas suelen estar cerradas con maleza y grandes rocas.

El único ojo u ojazo de estos seres monstruosos, los cíclopes como Polifemo en la mitología griega o el ojáncanu en la de Cantabria (ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey), simboliza de alguna manera la irracionalidad de la visión monocular. Es como si ese ojo les proporcionara sólo una visión parcial, animal, pero les faltara la visión binocular humana, intelectual o reflexiva y complementaria, la que  se obtiene mediante la participación de los dos ojos y funde en una percepción única las sensaciones recogidas por ambas retinas. La monstruosidad de estos seres no se debe a que sean tuertos, es decir a que tengan visión sólo por un ojo, sino a que ese ojo ciclópeo, esto es ojo en forma de rueda,  está situado en mitad de la frente, fuera del lugar destinado por la naturaleza.

La visión que completa nuestra percepción humana y que de alguna manera la trasciende es en Asia el llamado tercer ojo, un ojo simbólico, clarividente y omnividente que se abre en la frente, para lo que es preciso muchas veces cerrar los otros ojos.

Pero ojo al Cristo,  que es de plata, como suele decirse: el ojo único es también un símbolo muy importante en la iconografía de la fe cristiana: es el ojo de Dios omnividente que todo lo ve, metido en un triángulo equilátero, que representa el número tres y es el emblema de la Sagrada Trinidad: un Dios que es uno y a la vez trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Ojo de la Providencia puede tener su origen en el antiguo Egipto, y, en concreto, en la imagen del Ojo de Horus o udjat.

En los versos de Góngora ya se equiparaba el ojo de Polifemo al mayor lucero, es decir, al astro rey de nuestro sistema solar. Y en la tradición politeísta grecorromana existía un dios –uno y masculino- llamado a ser el unus deus monoteísta de las religiones judía, cristiana y musulmana que han triunfado en nuestro mundo: era Zeus,  o Júpiter en su versión romana, a quien el poeta Hesíodo en Trabajos y Días, verso 267, uno de los poemas más antiguos de la literatura griega, invoca como “ojo de Zeus que todo lo ha visto y todo ideado”.

Así tenemos por ejemplo el Great Seal o Gran Sello  de los EEUU de América, impreso desde hace más de dos siglos en los billetes de un dólar, en el que los americanos estampan su fe en Dios: in God we trust,  que sugiere que la moderna epifanía o revelación de Dios es precisamente el Dinero.



 DIOS LO VE TODO
Sólo aquí Dios, al que nadie ha visto, ve todas las cosas;
Nada en la realidad   puede ocultársele a Él.

 Nuestro don Antonio Machado dejó escrito en sus Proverbios y cantares esta reflexión sobre el ojo: El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas:/ es ojo porque te ve. Es una invitación a mirar las cosas con otros ojos, es decir, no con las ideas previas que tenemos de ellas, sino olvidándonos de los nombres con los que las designamos. Como escribió Paul Valéry en alguna parte: ver es olvidar el nombre de las cosas que uno ve: no sólo nosotros tenemos ojos, también las cosas tienen ojos con los que ahora mismo nos están mirando.

jueves, 11 de julio de 2013

De cabeza



Vamos a meternos ahora de cabeza con la palabra latina CAPUT, que era el nombre que los romanos daban a esa parte del cuerpo. Un sinónimo era TESTA, que han conservado el italiano tal cual,  el francés bajo la forma tête y nosotros en palabras como testarudo, testuz, que es la parte frontal o nuca de algunos animales, y  testa mismamente, con su forma antigua tiesta, que todavía se usa en Asturias, y su masculino tiesto, que en castellano viejo era sinónimo de cráneo, y hoy es un pote de barro, que era lo que propia- y originalmente significaba TESTA en latín y se aplicó a la cabeza como divertida metáfora popular. 


Sigamos el rastro de la palabra CAPUT. En la lengua de Dante evoluciona enseguida a capo, tras la caída de la consonante final y el paso de la  u a o,    como en las expresiones capo della mafia, capo dello Stato, o capofamiglia donde significa cabecilla visible o cabecera principal; es decir: jefe de la mafia, del Estado o de familia, respectivamente.

Pero es que en la lengua de Cervantes, que es la nuestra, las consonantes oclusivas sordas como la P, además, se sonorizaron entre vocales y la P intervocálica se convirtió, por lo tanto, en B, por lo que el capo  italiano pasó a ser nuestro cabo. Lo tenemos como nombre de un accidente geográfico prominente como la cabeza, por ejemplo el Cabo de Buena Esperanza, o el cabezo, que es sinónimo de cerro, y en cabotaje, que es la navegación costanera que no se aleja mucho de la costa ni adentra en altamar, que va de punta a cabo;   y en el más genérico de parte extrema de una cosa, de donde procede el adjetivo cabal, con el sentido de completo o perfecto, el verbo descabalar, con el significado de estropear,  y la expresión de llevar algo a cabo, es decir, a término, a su fin, de donde nos sale como por arte de magia la palabra quizá más importante de las que proceden de CAPUT que sería nuestro verbo acabar, y en relación con él recabar, conseguir totalmente, hasta el cabo, y menoscabar, que significaría llevar algo a cabo pero menos, es decir, no acabarlo, dejarlo sin terminar, imperfecto, donde se ve que el prefijo “menos-” equivale a la negación: eso y no otra cosa es el menoscabo, el quitar o deteriorar algo.

Y como vamos de cabo a rabo, vamos a detenernos en los cabos de las fuerzas armadas, que alguna relación deben de tener con los geográficos que hemos visto y con los capos italianos. Hay cabos también, en efecto, en la Guardia Civil y en el Ejército, donde se designa así a  aquel militar de la clase de tropa cuyo ringorrango está por encima del miles gregarius o soldado raso pero por debajo del sargento.

Si seguimos atando cabos en el Ejército, nos encontramos con que se conserva la P originaria de la palabra latina CAPUT, por el influjo culto de la lengua escrita, siempre conservadora, en el nombre de capitán, cuya graduación es más alta que la del cabo, dado que es el mando que encabeza a una tropa, y de ahí quien la capitanea. Guardan relación con él el adjetivo capitana aplicado a una nave o galera,    y la capitanía, por no hablar del máximo capitoste que es el capitán general. 

Las jóvenes generaciones tal vez no sabrán que la palabra caudillo que se aplicó al general Francisco Franco durante el nacionalcatolicismo –en las monedas de las antiguas pesetas aparecía la leyenda “Francisco Franco caudillo de España por la g(racia) de Dios”, ahí es nada-  procede del castellano viejo cabdiello, término que a su vez deriva de  CAPITELLUM, que es el diminutivo de CAPUT, o sea, cabecilla. De caudillo salen el verbo acaudillar y los sustantivos caudillaje y caudillismo.  


Y ya que hablamos de numismática, no está de más recordar a nuestros vástagos que nuestro juego de “cara o cruz” cuando lanzamos una moneda al aire, se llamaba en Roma CAPITA ET NAVIA, porque las monedas solían tener por un lado una cara, generalmente de un mandatario,  y por otro una nave. Sin embargo, ya con Teodosio II, cien años después de la conversión del emperador Constantino al cristianismo, se acuñó una moneda con una cruz cristiana en su reverso, quedando en el anverso, como era habitual, la testa coronada del emperador.  

Nos produciría algún quebradero de cabeza y nos llevaría muy lejos analizar aquí cómo la cruz, que para los primeros cristianos era una imagen aborrecida de muerte, ya que Jesús fue condenado a morir en ella, se convirtió en el emblema de la nueva fe y en el símbolo cristiano por antonomasia, lo que, en principio,  sólo podría explicarse por perversión conceptual.

En las monedas de una peseta acuñadas en 1975 a la muerte del sedicente caudillo, aparece el busto del Rey Juan Carlos I sin la expresión “por la gracia de Dios”. Se lee en ellas: Juan Carlos I Rey de España. En el reverso de la moneda, el escudo de España, que,  cuando se jugaba a cara o cruz con aquellas pesetas, se consideraba la cruz, aunque ésta no apareciera por ningún lado. A veces tiene que romperse uno  mucho la cabeza con las monedas actuales de un euro para discernir cuál es la cara y cuál la cruz, porque no siempre figuran ya en ellas los bustos de los jefes del Estado, que son sustituidos por otras alegorías y simbolismos nacionales.


Del CAPITELLUM, por cierto, del que derivó el caudillo nos viene también, a través de un préstamo del francés, cadete, que era el nombre que se daba al joven noble, que se educaba en los colegios militares, y que por lo tanto era alumno de ellos, como los cadetes de West Point americanos,  o servía en algún regimiento, y ascendía enseguida a oficial sin haber pasado por los empleos inferiores de las fuerzas armadas.  Fuera ya del Ejército, en la vida civil, tenemos al capataz, que es el nombre de la persona que gobierna y vigila a cierto número de trabajadores, sobre todo, pero no exclusivamente, en el ámbito de la labranza y administración de las fincas rústicas. 

Y ya que vamos de cabo a rabo,  habrá que recordar el préstamo catalán que tenemos en castellano que es capicúa, procedente de cap, que es como se dice cabo y cabeza en catalán, donde no sólo ha caído la consonante final, sino también la u, conservándose la p,  y cua, que es el nombre de la cola, o sea, del rabo. Capicúa no sólo es el número que puede ser leído en sentido inverso, de derecha a izquierda, con el mismo valor que si se lee de izquierda a derecha, sino también un palíndromo como: dábale arroz a la zorra el abad. En vista de todo esto, no nos extrañará, a estas alturas, que en rumano, que es otra lengua romance como la nuestra, cabeza se diga cap, como en catalán.

Pero antes de seguir adelante, hay que aclarar que nuestra “cabeza” no procede directamente de CAPUT, sino de su derivado vulgar CAPITIA, de donde también sale la cabeça portuguesa. Y,  ya que tenemos la cabeza, es fácil explicar el origen de la cabecera de la cama o de un periódico, el cabezal,  la acción de cabecear, o la cabezada de la siesta, por no hablar de la cabezonería  o testarudez, o de los gigantes y cabezudos, o del adjetivo cabizbajo, que deriva de cabecibajo, que supone todo lo contrario de tener la cabeza bien alta.

De ahí que conservemos la raíz CAPIT-, por el lado culto, en el latinajo “per cápita”, por ejemplo, esto es, “por cabezas” aplicado a la renta, y en los cultismos decapitar, que significaría descabezar, capitel, que es propiamente la cabecera  de la columna, o capítulo, que originalmente significaba “letra capital”, o sea la letra mayúscula o dibujo con que se encabezaba el capítulo. De capítulo surgirá capitular, con el significado de rendirse, ya que había que redactar los capítulos de las condiciones que regirían la rendición o capitulación, pero recapitular  sería recordar o volver a repasar lo que se ha registrado por escrito en un libro, por ejemplo. De CAPITULUM también desciende cabildo, que es una reunión de monjes o canónigos, es decir, de cabezas de la iglesia.

La raíz CAPIT la encontramos modificada ya en latín  en CIPIT en una palabra como PRAECIPITARE, que significa propiamente lanzar de cabeza, con la cabeza por delante, como sugiere el prefijo prae-, despeñar, y de ahí nuestro precipitar, y el nombre que le damos al despeñadero, que es el precipicio, y al apresuramiento o la prisa, la precipitación, muy mala consejera en todos los negocios.

Como curiosidad, diremos que el nombre de los músculos bíceps y tríceps –son dos latinismos- alude a que su forma  tiene dos (bi-) o tres (tri-) cabezas o prominencias respectivamente.

Quizá la etimología más extraña, por lo caprichosa que resulta, y también discutida,  es la de la palabra capricho precisamente, que es un préstamo del italiano capriccio, que quizá remonta a capo-riccio es decir cabeza erizada, ya que en principio capricho era horripilación, escalofrío, y de ahí idea nueva y extraña en una obra de arte y, por consiguiente, antojo.

La relación de la cabeza como parte más importante del cuerpo con el aparato del poder es evidente, como también nos muestra la evolución de CAPUT en la lengua de Molière, que es chef, de donde vuelve a nosotros como jefe, de ahí la jefatura del Estado, por ejemplo, o la figura del jefe de estudios, en los institutos, y toda la jerarquía de jefes, jefazos, jefecillos y demás, con sus correspondientes femeninos: jefas, jefazas y jefecillas. Da igual ya el timbre masculino o femenino de la voz de mando.

Pero no menos curiosa es la relación que se establece entre esta parte del cuerpo y el poderoso caballero que es don Dinero, porque del adjetivo latino CAPITALIS CAPITALE, que en principio significaba en la lengua de Virgilio “importante, principal, relacionado con la cabeza”, como en la expresión POENA CAPITALIS para referirnos a la pena capital o de muerte, nos vienen a nosotros dos sustantivos: uno femenino “la capital” , por ejemplo, la ciudad principal o cabeza de un país, donde residen los centros de gobierno; y otro masculino “el capital”, que es el nombre del Becerro de Oro, el dios todopoderoso que es Don Dinero, único dios verdadero dentro del monoteísmo imperante. Y de este último uso deriva el nombre de nuestra sociedad capitalista y del capitalismo, el sistema económico en el que, mal que nos pese, vivimos inmersos.

Curiosa es también la palabra capitalizar que tanto usan ahora los políticos como sinónimo de rentabilizar. Nuestros políticos en realidad son más economistas que otra cosa,  y les gustan mucho los polisílabos, hasta el punto de que no nos piden a los votantes y contribuyentes fe en ellos,  que es monosílabo y parece poca cosa, sino credibilidad, que es palabra con mucho más empaque: cinco sílabas. Así que cuando dicen que hay que capitalizar algo, están diciendo que hay que convertirlo en dinero como hacía el rey Midas con sólo tocar una cosa. 

La etimología viene a demostrarnos, en resumidas cuentas,  que los auténticos valores de nuestra sociedad, ay, no son otros más que los económicos o bursátiles, y que, al parecer,  vale más, desgraciadamente,  la bolsa que la vida que tiene uno. Por eso mismo no sólo tienen caudal los ríos caudalosos, valga la redundancia, que llevan mucha agua, sino los multimillonarios acaudalados, que poseen muchos  capitales, habida cuenta de su enriquecimiento a costa del acaparamiento de recursos y del empobrecimiento de los demás.