miércoles, 28 de agosto de 2013

Privaticemos a Platón



Haciendo honor a su apellido, más de cigarra que de hormiga, Ulrich Grillo, presidente de la Federación de Industria Alemana, ha propuesto que Grecia traspase buena parte de su patrimonio histórico y artístico al fondo de rescate europeo. Aunque la propuesta de Grillo suena novedosa, llega unos tres milenios tarde, pues es lo que Grecia lleva haciendo desde los tiempos de Homero. Casi todos los grandes bienes culturales de los que disfrutamos en Occidente (las matemáticas, la filosofía, el teatro, la democracia, la música, la física, el atletismo, la lírica y la épica) son de origen griego. Grillo no ha caído en la cuenta, probablemente porque él es más de chucrut.

Brillantes pensadores, escultores y dramaturgos, los griegos no destacan precisamente como buenos negociantes. Onassis bien podría ser la excepción que confirma la regla entre tanto filósofo y tanta poetisa desatada. La deuda eterna que mantiene Europa por Platón, Aristóteles, Safo, Eurípides, Sófocles, Pitágoras, Demócrito, Fidias y Pericles es a fondo perdido. A los banqueros y empresarios alemanes les interesan más las piedras del Partenón, las ruinas de la Acrópolis y la Venus de Milo que, como pronosticó en audaz metáfora Ramón Gómez de la Serna, perdió los brazos con el fin de que un montón de sobones futuros pudiera manosearla a gusto y sin interrupciones. Con la excepción de unos cuantos Onassis, los griegos de hoy en día son más bien del estilo de Zorba, aquel fenomenal Zaratustra cretense imaginado por Kazantzakis y encarnado gloriosamente por Anthony Quinn. Zorba era un vividor nato cuyos sueños triunfales siempre acababan en desastre y cuyos negocios fracasaban estrepitosamente uno tras otro sólo para que él pudiera hartarse de vino y bailar el sirtaki.

No obstante, tal vez Zorba no hubiese visto con malos ojos el cambalache de vender deuda a cambio de alquilar piedras. En tiempos de Lord Byron, el turismo británico ya había arramblado con tantos escombros del Partenón que alguien comentó que, si se reunieran todos, bien podía erigirse una nueva Atenas. Las ruinas son ruinas, por hermosas que sean, y todas las columnas mordisqueadas de la Acrópolis no valen ni un dracma al lado del Prometeo de Esquilo, de un diálogo de Sócrates o del primer verso de la Ilíada. Ocurre, sin embargo, que vivimos en un mundo donde la mierda es muy cara mientras que la belleza es gratis. Esto ya lo había advertido Platón, aunque con muchos rodeos: por algo seguimos encadenados en la inmunda caverna del sistema financiero. Los griegos siempre han defendido la civilización contra los bárbaros, ya fuesen persas, turcos o alemanes. Por desgracia están más que acostumbrados a que los expolien.


 Los españoles, que somos medio griegos por parte de madre, no tenemos tanto patrimonio que ofrecer a los avarientos banqueros. No creo que a Grillo le interese mucho la catedral de Burgos. Lo mejor se lo llevaron los ingleses, no cuando robaron Gibraltar, que es un zurullo con monos, sino cuando leyeron a fondo el Quijote, y también Mozart, cuando levantó el Don Juan al cielo imposible de la ópera. Para cuando llegue la Merkel con una oferta que no podamos rechazar, estaría bien intentar alquilarle el Valle de los Caídos para que monte con subtítulos en alemán un parque temático del fascismo.
 

 (Artículo de David Torres, publicado en la edición digital de Público el día 28 de agosto de 2013).

sábado, 24 de agosto de 2013

A dedo



Lo que más llama la atención, de entrada, a propósito de los dedos es su equiparación con los números, por aquello de que una de las formas más elementales y antiguas de contar era con los dedos de las manos. En latín dedo se decía DÍGITUM, que por la vía culta o escrita conservamos en dígito como sinónimo de número, por lo que el adjetivo digital se utiliza como equivalente de numérico, por ejemplo en las expresiones reloj digital o formato digital.

Otro derivado culto de DIGITUM es digitopuntura, palabra emparentada con la acupuntura china. Se trata de una práctica terapéutica de masaje y presión, o mejor dicho punción,  con los dedos, no así la acupuntura, de la que deriva, que se practica con agujas (ACUM, en latín, ACUCULAM su diminutivo).

Tenemos también en castellano la digitalina, que es el principio activo que se extrae de las hojas de la planta llamada digital o dedalera y que se emplea como cardiotónico.  La digitalina hace que un corazón excitado sobremanera recupere su ritmo habitual. La planta de la que se extrae esta sustancia química se llama digital o dedalera por la forma de la corola, que parece un dedal como los de las costureras.  


Si evolucionamos DIGITUM obtendremos finalmente el resultado dedo, que es nuestra palabra patrimonial, y si partimos del adjetivo DIGITALEM “concerniente o relativo al dedo”  nos saldrá  el dedal de la costura.

En el resto de las lenguas romances tenemos los siguientes resultados de DIGITUM: deget en rumano, doigt en francés, dito en italiano, dit en catalán, det en provenzal y dedo en castellano, gallego y portugués.

Es interesante que nos detengamos por un momento en el fenómeno lingüístico de los dobletes, porque no se trata sólo de que la mayoría de las palabras castellanas procedan de su forma latina correspondiente, sino que de una misma palabra latina surgen muchas veces dos castellanas: una, el cultismo, que apenas ha sufrido cambios, la más parecida a la latina, lo que se explica por el influjo culto y conservador de la lengua escrita (por ejemplo, en el caso que nos ocupa, partiendo de DIGITUM tenemos el cultismo dígito),  y, además, la palabra patrimonial, que sentimos como más nuestra y diferenciada de su raíz latina, y por lo tanto menos culta, más evolucionada debido al influjo de la lengua hablada, dedo.

Y así llegamos a la expresión "a dedo", que es como nuestros mandamases,  elegidos democráticamente por su inclusión aleatoria en el catálogo de una lista cerrada,  eligen por su parte y según su personal capricho a sus secretarios y subsecretarios y reparten las migajas de sus prebendas entre sus vasallos, aquellos estómagos agradecidos que están, mande quien mande, siempre a favor del poder establecido.

Hace ya algunos años se usaba la expresión hacer dedo con el significado de hacer autoestop: los autoestopistas solían estirar el brazo y levantar el pulgar en la dirección en que viajaban, para señalar así a los conductores de autos que solicitaban un transporte gratuito, a lo que algunos conductores se prestaban desinteresadamente por el placer solo de la compañía durante el viaje. 

Ahora bien, ¿cómo ha llegado DIGITUM a dedo? Se produjo en primer lugar la consabida pérdida de la M final de la palabra. Esta -M sólo la conservamos en algunos latinismos como CURRÍCULUM, REFERÉNDUM o MÉDIUM. A continuación se dio el paso de la U a O. Son muy pocas las palabras de nuestra lengua también que han conservado esta U, y, como ya hemos dicho en otra ocasión, ha sido por la influencia siempre conservadora de la lengua escrita -lo escrito escrito está y escrito queda-, por ejemplo espíritu, ímpetu o tribu.   

Tenemos, pues, ya el cultismo dígito y su correspondiente adjetivo digital, que ha sido resucitado con gran éxito por la informática, pero la evolución de la lengua no se detiene ahí, sino que prosigue  imparable. A continuación se sonoriza la consonante T entre vocales, convirtiéndose en D. Obtendríamos la forma *dígido. Desaparece la consonante G intervocálica, por lo que llegamos a *díido. A continuación se produce un cambio de timbre vocálico, que afecta a la primera I, que es breve y tónica, y que, por lo tanto, se convierte en E, con lo que obtenemos *deido, eliminándose el hiato, bien porque la segunda vocal desaparece por ser átona, bien porque convetida a su vez en E, como la primera, se produce una contracción de las dos vocales en una sola sílaba, lo que se denomina en lingüística sinéresis, por lo que el resultado final es dedo.  



En latín había una palabra PRAESTIGIAE que significaba “ilusiones, fantasmagorías”, y un compuesto de ella con el sufijo de agente masculino –TOR que vemos en actor o lector, que era PRAESTIGIATOR y que quería decir “charlatán, impostor”, que en principio nada tenía que ver con los dedos de las manos que nos ocupan ahora. Pero sucedió que esta palabra se deformó en la lengua de Molière en prestidigitateur y se reinterpretó como un compuesto  del adjetivo praestus –a -um , que significa pronto, dispuesto, presto, y de DIGITUM, que quiere decir dedo, como sabemos, lo que se explica como una falsa etimología popular, por lo que pasó a significar persona que hace rápidos juegos de manos y otros trucos porque mueve sus dedos con presteza. Y de la lengua gala nos vino a nosotros como prestidigitador, palabra larga como un día sin pan, y que podemos considerar como un derivado culto de la raíz de dedo,  DIGITUM, que nos ocupa. Prestidigitador es aquel que hace trucos de magia y otros juegos con los dedos de las manos.

Lo curioso de la palabra latina PRAESTIGIAE y su correlato tardío PRAESTIGIUM es que, por su parte, evolucionaron a prestigio con el significado actual que tiene de influencia, ascendencia, autoridad, renombre, fama, y de ahí dieron lugar a prestigiar, desprestigiar,  prestigioso y demás, habiéndose perdido el significado antiguo que tuvo en latín y en castellano viejo de fascinación causada por la magia y engaño o ilusión con que los prestigiadores embaucaban al pueblo.   Sin embargo, pongamos el dedo en la llaga, como suele decirse para conocer el origen verdadero de una cosa,  y  consideremos, siguiendo la ocurrencia del desprestigio etimológico, que el prestigio tal y como lo entendemos no deja de ser de alguna manera una ilusión, un engaño, un juego de manos, una fascinación con que se impresiona al tonto  que se deja embaucar.

Los nombres de los dedos eran en latín POLLEX (dedo gordo, que nosotros llamamos pulgar, derivado de POLLICARIS, porque se utiliza para matar las pulgas,  descabezándolas con la uña, y que vuelto hacia arriba o hacia abajo indicaba aprobación o desprobación respectivamente, como se sigue utilizando en algunas de las llamadas redes sociales), INDEX (índice, porque es el dedo indicador que se utiliza para señalar, aunque está muy feo señalar a las personas con el dedo por la calle, como se les inculca a los pequeños), MEDIUS (por el puesto central que ocupa entre los cinco de la mano, también llamado por eso mismo dedo cordial o corazón, pero más conocido como digitus impudicus, porque levantado con los otros apretados en puño simboliza un pene en erección, símbolo apotropaico contra el mal de ojo y los malos espíritus, que ha pasado a considerarse una ofensa obscena entre nosotros, que se conoce como hacer la higa o la peineta), ANULARIUS (o anular, porque es donde suele colocarse el anillo, lo que nos viene como anillo al dedo), y AURICULARIS (porque era el que se utilizaba para rascarse la oreja y sacarse la cera del oído, que nosotros llamamos meñique por ser el menor, el menino o niño).

El nombre griego del dedo es dáktylos.  Numerosos helenismos derivan del nombre del dedo, como dactilografía, dactiloscopia, pentadáctilo, pterodáctilo, etcétera.    La expresión huella dactilar se utiliza con el mismo significado que huella digital.   

 

El nombre del verso homérico y épico, el hexámetro dactílico que introdujo en Roma el padre Ennio, aquel que decía que tenía tres almas porque hablaba tres lenguas, y que cultivó Virgilio con tanto esmero,  se llamó así porque estaba basado en seis dáctilos. El dáctilo es una unidad rítmica compuesta de tres sílabas o tiempos, que recuerda  a las tres falanges de un dedo: la primera, fuerte o marcada,  y las dos siguientes débiles o no marcadas. Traduzco, a guisa de ejemplos, los hexámetros de la invocación a la Musa con que empieza la Odisea de Homero: Cuéntame, Musa, del hábil varón que bogó a la deriva / mucho, después de arrasar el alcázar sagrado de Troya; / vio ciudades y el ser conoció de muchísimas gentes,  /  y hondas sufrió por el piélago en su alma penalidades / mientras bregó por su vida y retorno de sus compañeros.

martes, 20 de agosto de 2013

Cara a cara

La palabra cara no procede del latín, sino probablemente del griego ka/ra, con igual pronunciación y con el significado de cabeza. Está atestiguada en nuestra lengua desde el siglo XII, y son muy numerosos sus compuestos como careta, que es el nombre de la máscara que se coloca delante de la cara, y también  careto. Curioso derivado es el careo, la acción y el resultado de carearse, o sea, poner a una o varias personas en presencia de otra u otras, cara a cara, con objeto de apurar la verdad de dichos o hechos, a fin de resolver, normalmente, algún asunto espinoso.

Al hecho de afrontar, esto es, de hacer frente a  una situación, lo llamamos encarar, y cuando uno ha perdido el respeto decimos que es un descarado, situación en la que debería caérsele la cara de vergüenza.

Hay muchas palabras compuestas que comienzan con cara-, como cariacontecido, adjetivo con el que calificamos a quien muestra en su semblante algún sentimiento de pena o temor; cariancho, carilargo y carirredondo, por su parte,  no necesitan mayor explicación.

En latín cara se decía FACIEM, de donde nos viene a nosotros el cultismo faz y la palabra patrimonial haz. La evolución, tras la pérdida de la M final,  FACIE, hizo que el grupo CI  pasara en castellano a Z,  FAZE, perdiéndose la E en final de palabra y obteniendo el cultismo FAZ. De ahí, por influjo vasco, la F- inicial latina pasó a H- aspirada, perdiéndose la aspiración a partir del siglo XVI, pero manteniéndose la letra en la escritura por el afán conservador que tiene ésta y que la RAEL le imprime a la lengua, llegando a la forma HAZ, como en la expresión el haz de la tierra, que alterna con la faz de la tierra, que aluden ambas a  la superficie terrestre. 

Se utiliza la palabra antifaz (compuesta de ante y de faz) para denominar a la máscara o careta que se pone delante para cubrir  la cara o, más en concreto, los ojos; máscara que, por cierto, se llamaba en latín PERSONA, palabra esta que ha alcanzado una dignidad exagerada en nuestro mundo moderno, desde su compuesto personalidad hasta el verbo personalizar, que tanto se utiliza como sinónimo de individualizar.

En Roma la PERSONA era la máscara del actor teatral, que servía para caracterizarlo como personaje trágico o cómico, repárese en la relación de ambas palabras,  y a la vez servía como caja de resonancia para la voz, como altavoz. Lo que nos sugiere la etimología de la palabra PERSONA es que la persona, y su correspondiente personalidad, no son más que una máscara, una careta, un antifaz que nos ponemos para disfrazar nuestra auténtica cara, da igual que sea dura o blanda; la máscara oculta a la vez que muestra nuestro rostro.

¿Cómo es esa auténtica cara que se supone que está oculta detrás de la máscara, detrás de la persona y que caracteriza al personaje? La pregunta queda, una vez formulada,  flotando en el aire, no esperando una respuesta, que tal vez no la tenga, sino haciendo que nos cuestionemos al menos nuestra propia personalidad.


En otro orden de cosas, cuando hablamos en botánica de las hojas de las plantas, distinguimos el haz y el envés, que son como la cara y la cruz de la moneda, o el anverso y el reverso. El haz es la cara superior de una hoja, que suele ser más brillante y lisa,y con nervadura menos patente que la cara inferior o envés.

Del diminutivo francés facette, procedente de FACIEM, tenemos en español faceta, con el que nos referimos a los aspectos que tiene una cosa,   y el término polifacético se aplica a lo que presenta muchas facetas o aspectos.

Del adjetivo latino FACIALIS “relativo a la cara”, hemos heredado nosotros facial, con el mismo significado. Y de la palabra compuesta latina SUPER-FICIEM, derivada de FACIEM, tenemos nosotros nuestra superficie, con que aludimos al aspecto externo de algo, es decir, a la cara, que suele ser el espejo del alma, según el refrán, de donde procede nuestro adjetivo superficial

Del italiano faccia, derivado de FACIEM, nos ha llegado a nosotros la facha, es decir la figura o el aspecto,  y la  fachada, cada una de las caras de un edificio, aunque generalmente nos referimos, si no especificamos, a la principal, no a la trasera o la orientada al norte o al este. La desfachatez de una persona sería lo mismo que el descaro.




Dejamos para el final uno de los derivados más curiosos de FACIEM, nuestra preposición hacia,  contracción de la expresión castellana vieja faze a con el significado “de cara a”. Ir hacia alguien sería etimológicamente, según esto,  ir de frente o de cara a alguien.

jueves, 15 de agosto de 2013

El silencio de las sirenas

"Las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio... Y aunque es improbable que algo semejante haya sucedido, sigue siendo posible que alguien, alguna vez, pueda haber escapado de su canto, pero seguramente que nunca de su silencio." (Franz Kafka)

En 1891 John William Waterhouse pintó este "Ulises y las sirenas", inspirándose en el célebre jarrón griego que las representa como aves canoras y no como peces.


El genio literario de la pluma de Franz Kafka publicó este pequeño relato "kafkiano", nunca mejor dicho, titulado "El silencio de las sirenas", donde Odiseo/Ulises, para no admitir su derrota ante las sirenas, dirá que ha escuchado su hermoso canto y lo exagerará afirmando que estuvo a punto de enloquecer bajo su seducción. Sin embargo,  según el relato del escritor checo, Odiseo/Ulises está a punto de enloquecer porque las sirenas no cantan a su paso, por lo que no sale victorioso ni ileso de este encuentro, sino humillado ante el desplante de las sirenas, que ofenden al héroe homérico con el  desprecio de su silencio.   

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: 
 
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera (1) y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente. 
 
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. 
 
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción. 
 
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. 
 
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. 
 
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. 
 
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

NOTA.- (1)  Aquí hay una inexactitud del relato: Odiseo/Ulises no tapó sus oídos con cera según la versión homérica sino los de la tripulación, haciéndose encadenar él al mástil de la nave para poder así oír el canto de las sirenas. A pesar de eso, el relato de Kafka nos sugiere algo mucho más terrible: lo que oyó Odiseo/Ulises no fue el canto, sino el silencio sepulcral de las sirenas.






Herbert James Drapper pintó este óleo titulado "Ulises y las sirenas" en torno a 1909. En él se aprecian las sirenas con forma de mujer y, una al menos, con cola de pez, según la iconografía moderna.

martes, 13 de agosto de 2013

Dándole a la lengua



Vamos a darle ahora un poco a la lengua, a la cosa y a la palabra que designa a la cosa  y que procede de la forma LINGUAM de nuestra lengua madre. Llamamos al latín lengua madre y no lengua muerta, como hacen algunos apresurándose a certificar su defunción antes de que se haya producido efectivamente, porque seguimos hablándola, aunque no seamos muy conscientes de ello, en varios de sus dialectos o degeneraciones: a la misma cosa los italianos, gallegos y portugueses le dicen lingua, langue los franceses, limba los rumanos,  llengua los catalanes,  y los castellanoparlantes le decimos lengua. Podríamos decir que el latín es nuestra lengua madre muerta, pero no es así: nosotros somos la prueba viviente de que sus genes están en nuestro ADN y de que funciona la transmisión hereditaria.

Tras la caída de la M final observamos cómo la I breve tónica de la palabra originaria se convierte  en E, dando lugar a nuestra lengua y a sus derivados como lenguaje y lenguado, por ejemplo. 

Lo primero que nos llama la atención, en otro orden de cosas, es que el nombre de este músculo del cuerpo humano que nos sirve para comer y para hablar se ha convertido en sentido figurado en sinónimo precisamente de idioma, en lenguaje o manera de hablar.


La metáfora, o más propiamente metonimia que designa algo con el nombre de otra cosa relacionada con ello,  viene de muy lejos. Ya los romanos hablaban de  lingua Latina o Graeca, es decir, identificaban el órgano que participa en la fonación con la propia acción de hablar, es decir con una de sus funciones, e incluso hablaban de que alguien era experto utraque lingua, es decir, en ambas lenguas, en una y otra lengua, esto es, en griego y en latín. Y es que el resto de las lenguas entraban dentro del ámbito de la barbarie, aunque recordemos aquí al padre Ennio que decía tener tres almas o corazones porque hablaba tres lenguas, latín, griego y osco, equiparándolas a las tres... Los que no hablaban en una u otra lengua no hablaban, sino que propiamente farfullaban un lenguaje incomprensible, eran bárbaros: palabra de origen onomatopéyico que quiere imitar el ruido de los que no saben hablar, de los que balbucean, farfullan, sólo saben pronunciar un incomprensible barbarbar, de donde sale el adjetivo barbarus, que designa al extranjero, al inculto, al salvaje que sólo sabe hacer y decir barbaridades.

Esta situación de identificar el órgano con una de sus funciones, en concreto con la de la fonación, no se produce tanto, sin embargo, en inglés o en alemán, donde a la lengua como parte del cuerpo se la llama tongue y Zunge respectivamente, pero no siempre funciona la metonimia de lenguaje. Ningún anglosajón diría, por ejemplo, Spanish tongue ni ningún alemán spanische Zungue para referirse a la lengua española, sino en todo caso Spanish language o spanische Sprache.  En sentido figurado, sin embargo, se habla en inglés de mother tongue o native tongue para denominar a la lengua madre o nativa, y también hay expresiones similares a las nuestras de morderse la lengua o comerle a uno la lengua el gato, para referirnos al hecho de quedarse callados.

La forma inglesa language, por cierto, es un préstamo francés de langage, que nos remite a LINGUA, a través de langue, mientras que las formas inglesa tongue y alemana Zunge se emparentan con la latina por su común origen indoeuropeo, procedentes de una raíz *dnghu-, como atestigua el latín arcaico  DINGUA.

El cambio que se opera en el propio latín de DINGUA a LINGUA puede explicarse por interferencia semántica con el verbo LINGO, que significa lamer,  emparentado con el inglés to lick y el alemán zu lecken, y responsable tal vez de esa evolución anómala.    Se utiliza el latinajo cunnilingus, por ejemplo,  para designar la práctica sexual de aplicar la boca, como dice el Diccionario de la Real, o más concretamente, la lengua a la vulva, que en latín se denomina también CUNNUM, de donde procede  el vocablo castellano coño, que tanto se usa como interjección exclamativa. El latinajo está formado, pues, con el nombre del sexo femenino y la raíz del susodicho verbo LINGO, que interfirió en la evolución de la palabra que tratamos.

Aunque todos nacemos provistos del órgano de la lengua, reservamos sin embargo el nombre de lenguado para cierto pez de agua salada y sabrosa carne que tiene forma aplanada de lengua y ambos ojos en su lado derecho. Sin embargo cuando tenemos la lengua muy suelta decimos que somos unos deslenguados, con el prefijo des-, o también que somos lenguaraces o que tenemos la lengua muy larga, es decir, muy desmandada.  Tenemos en ese sentido, además, los compuestos adjetivales lengüicorto y lengüilargo, que no necesitan mucha aclaración.


Lengüeta es el diminutivo de lengua  y como tal designa a muchos objetos que tienen forma de lengua diminuta, como el fiel de la romana o balanza, una cuchilla de encuadernador, una laminilla metálica móvil de ciertos instrumentos musicales de viento,  hasta la lengüeta del calzado, que es una tira de piel que suelen tener los zapatos en su cierre por debajo de los cordones.

Una lengüetada sería la acción de lamer algo con la lengua, lo mismo que un lengüetazo. Una persona lengüetera sería una persona murmuradora, chismosa y amiga de cotilleos, que le da mucho a la lengua en el mal sentido de la palabra.

La I de la palabra originaria evolucionó en castellano a E, como hemos visto, pero  conserva su timbre en los cultismos, influidos por la escritura, más conservadora que el habla, por ejemplo en los adjetivos lingual, relativo a la lengua, o en sublingual, con el prefijo sub- debajo, concerniente a la región inferior de la lengua, lingüiforme, en forma de lengua,  o  bilingüe, que no significa que tenga una lengua bífida o lengua viperina, como la de las víboras,  y  trilingüe,  palabras con las que denominamos a las personas que se desenvuelven perfectamente en dos  (bi-) o tres (tri-) idiomas respectivamente. Y así a la ciencia que se ocupa del estudio del lenguaje se la denomina lingüística y lingüistas a los especialistas en ella, siguiendo la raíz culta LINGUA.

Del diminutivo latino de LINGUA, que era LÍGULA, hemos heredado nosotros nuestra lígula, con diversos significados específicos en los campos de la botánica y la anatomía, y, además, la palabra ha evolucionado a legra. En efecto, si partimos de la forma LÍGULAM, tenemos LÍGULA, que en latín significaba cucharilla, lengüeta o espadín larguirucho,  después LÍGLA, con pérdida de la vocal átona de la sílaba intermedia, a continuación LEGLA, con el cambio consabido de la I breve tónica a E que ya hemos visto, y finalmente, LEGRA, tras la disimilación parcial de la segunda L en R para evitar la cacofonía de repetición del mismo sonido, lo mismo que sucede a LILIUM, que evoluciona a lirio.

¿Qué es una legra? Es un instrumento de cirugía, en forma de media luna y retorcido por la punta,  que se emplea para raer la superficie de los huesos o bien la mucosa del útero. A la acción de practicar un legrado, legradura o legración se denomina legrar.  

En griego lengua se dice GLOSSA o GLOTTA, dependiendo del dialecto.  De la primera forma nos viene glosa, que significa explicación o comentario de una palabra o de un texto difícil de entender,  el verbo glosar, que quiere decir comentar o hacer glosas, y   glosario que es el nombre que se da a un conjunto de palabras que por sus especiales características requieren una interpretación; y de la segunda, que es la propia del dialecto ático que se hablaba en la región de Atenas, nos viene políglota o poliglota, que es lo mismo pero con una acentuación más acorde con la cantidad larga de la penúltima sílaba, como denominamos a quien posee varias lenguas, ya que el prefijo griego poli- significa propiamente muchas (lo que dicho a la latina sería multilingüe o plurilingüe), o también epiglotis, como denominamos a la lámina cartilaginosa que está situada detrás de la lengua y tapa la glotis en el momento de la deglución.   


Un latinismo muy común relacionado con la lengua es lapsus. Podemos cometer muchos lapsus o deslices. Puede fallarnos la memoria (lapsus memoriae), aunque en realidad no nos falla sino que nos juega una mala pasada; podemos cometer un error al escribir con el bolígrafo o la pluma (lapsus calami), y podemos también cometer una equivocación al hablar, lo que propiamente se llama lapsus linguae, error que revela que,  aunque digamos una cosa,  estamos pensando en otra.  

Célebre es el lapsus freudiano que cometió un presidente del gobierno de las Españas cuando hablaba  de que se había producido un gran incremento de turistas españoles en Rusia. Decía que había tomado un acuerdo para estimular, para favorecer, para follar (sic), para apoyar ese turismo. ¿En qué estaría pensando el señor presidente de la ceja circunfleja a la hora de hacer aquellas públicas declaraciones? Casi siempre suele haber una motivación sexual en los lapsus linguae, según el psicoanalista vienés, como en el citado ejemplo, pero puede haber también otras pulsiones, como la del poder y el dinero. 

Otro político carpetovetónico, abochornado de los altos emolumentos que cobraba la clase política,  quiso decir “los políticos deberíamos cobrar menos” y cometió un lapsus linguae significativo y dijo: “los políticos deberíamos robar menos”. Cometió, sin querer, un error involuntario pero dijo lo que realmente pensaba, y lo que piensa todo el mundo de los políticos profesionales, que son unos ladrones. 
 

jueves, 8 de agosto de 2013

Persona non grata (Schelmish)



Schelmish es una banda alemana de lo que se denomina folk metal que se fundó en 1990 en Bonn. Desde entonces han publicado hasta la fecha diez álbumes de estudio (Aequinoctuium,  Codex lascivus, Tempus mutatur…) y uno en directo. Aunque la mayoría de sus temas son instrumentales, cantan algunas composiciones en latín, como este Persona non grata que os ofrezco y que pertenece a su último álbum, del mismo título. Si te gustó Corvus Corax te gustará Schelmish.


 La letra de Persona non grata está tomada del Carmen 18 de Hugo Primate de Orleáns, un poeta francés del siglo XII al que se le atribuyen veintitrés poemas que escribió en latín dentro de la corriente de literatura goliardesca. El poema completo consta de 117 octosílabos con rima consonante pareada, de los que Schelmish cantan 28, en tres tiradas: la primera comprende de los versos 94 al 113, ambos inclusive, la segunda los versos 11 y 12, y la tercera del 64 al 69. La persona non grata a la que alude el título de la canción es Abelardo, un personaje histórico teñido de romanticismo.

Pedro Abelardo fue un monje, filósofo y teólogo escolástico francés, cuya fama como profesor le convirtió en una de las figuras más célebres del siglo XII. Es famoso también por su historia de amor con Eloísa, sobrina de un canónigo, de la que fue su tutor. El canónigo, sabedor de sus amores, ordenó a sus esbirros que castraran a Abelardo.

Es autor de una autobiografía que tituló Historia Calamitatum (Historia de mis desventuras). También mantuvo, tras su separación, una relación epistolar con Eloísa, cartas que han llegado a ser clásicos de la correspondencia romántica. 


En 1140 el concilio católico reunido en Sens y el papa Inocencio II condenaron a Abelardo por sus escritos y enseñanzas racionalistas y escépticas, muriendo poco después. Eloísa fue enterrada junto a él. En 1817 ambos cuerpos fueron trasladados a una tumba común en el cementerio Père Lachaise de París. El atractivo romántico de la vida de Abelardo ha ensombrecido muchas veces la importancia de su pensamiento. Fue, sin embargo, uno de los pensadores más destacados de la Edad Media.

El Papa Inocencio II se referió a Abelardo como Goliat en un carta, que era uno de los nombres del Anticristo, gigante al que según la Biblia había vencido David  Goliat sería, por lo tanto, el diablo. De ahí vendría la palabra francesa gouliard, una alteración de gens Goliae: gente de Goliat, y de ahí nuestros goliardos: clérigos medievales vagabundos y estudiantes pobres que llevaban una vida irregular y vivían de la picaresca.

Vos,  doctrinam qui sititis                                     Los sedientos de doctrina
ad hunc fontem qui venitis                                    que a la fuente vais divina
audituri Iesum Christum,                                      a escuchar a Jesucristo
audietis furem istum?                                            ¿vais a oír al anticristo?
In conventu tan sacrato                                       En convento tan sagrado
audietur iste gnato?                                            ¿será el tipo escuchado?    
Dignus risu vel contemptu                                   Para risa y escarmiento
cur hoc sedes in conventu?                                  ¿cómo tomas tal asiento?
Nunc legistis Salomonem,                                    Leído habéis a Salomón
audietis hunc latronem?                                       ¿vais a oír al tal ladrón?   
Nunc audistis verbum Dei,                                    Verbo oísteis ya divino,
audietis linguam rei?                                              ¿vais a oír a un libertino?
Reus est hic deprehensus,                                     Reo ha sido detenido,
verberatus et incensus.                                          torturado y malherido,
Quod aparet in cocturis                                         lo que muestra en sus señales
que sunt signa capti furis.                                      que son marcas criminales. 
Quantum gula sit leccatrix                                     Que su boca fue al desliz
nonne signat hec cicatrix?                                      ¿no se ve en su cicatriz?
Revertatur ad cucullam                                          La capucha se la ponga
et resumat vestem pullam.                                      y recluya en negra tonga.

Pauper eram spoliatus:                                            Yo era pobre, desahuciado:
apparebat nudum latus.                                            Al desnudo mi costado.

Nos concordes super idem,                                      Ya de acuerdo nos pongamos
confitemur unam fidem ,                                            fe una sola mantengamos,
unum Deum et baptisma.                                           un Dios solo y un bautismo.
Non hic error neque scisma                                      No haya cisma ni haya abismo 
sed pax omnis et consensus;                                     sino paz y concordancia,
hinc ad Deum est ascensus.                                      que a Dios borre la distancia.













































































































                


 










lunes, 5 de agosto de 2013

Con el corazón



Seguimos con las partes del cuerpo, y, dentro de este particular despiece que estamos haciendo cual Jack el Destripador, nos toca vérnoslas ahora con un órgano de vital importancia, el corazón. Para nosotros, los modernos, es la sede figurada de los sentimientos, y en ese sentido se  opone a veces a la razón, como se ve, por ejemplo, en la célebre frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.  

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que para los antiguos el corazón no sólo era el órgano corporal importante que es, sino también la sede de la memoria, de la inteligencia y de la sensibilidad, como si dijéramos nuestro cerebro o nuestra mente además de nuestro corazoncito o corazonazo que guardamos todos en el pecho.

Corazón se decía en latín COR pero su raíz es CORD- como demuestra su plural CORDA, que se forma añadiendo una –A a la raíz. Algunos recordarán que cuando la misa católica se celebraba, como Dios manda, en latín, el sacerdote pronunciaba las divinas palabras SURSUM CORDA (arriba los corazones, es decir, levantemos el corazón), y los feligreses se ponían de pie y respondían HABEMUS AD DOMINUM, lo que ahora dicen en castellano: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Esta raíz CORD- está emparentada con el griego kardi/a, el alemán Herz y el inglés heart, por su origen común indoeuropeo.





En cuanto a la descendencia de la palabra latina COR, de ella deriva una numerosa familia, como es la de las lenguas romances: el francés coeur, el catalán cor y el italiano cuore, pero también el portugués coraçâo y el castellano corazón, que parecen basarse en la palabra latina COR más el sufijo aumentativo –AZÓN, compuesto de –AZO (cuerp-azo) y de –ÓN (hombr-ón), es decir, hipercaracterizado como aumentativo, como si se quisiera sugerir así, según Corominas, la grandeza del corazón  “del hombre valiente y de la mujer amante”, por lo que habría que postular, para la península ibérica, excluyendo Cataluña y Valencia,  una forma CORACEONEM, como origen de coraçón en castellano viejo y de la palabra portuguesa coraçâo.

La lengua rumana, por su parte, que también procede del latín, utiliza la palabra inima para referirse al corazón, una palabra esdrújula que no procede de COR, sino de ANIMA, que significa principio vital. Y es que los antiguos, como queda dicho, consideraban que en este órgano residía el alma de los hombres, y el hecho de que el rumano haya tomado esta palabra sugiere la relación intuitiva que existía entre el corazón y el alma, lo que no quita para que en rumano también haya alguna palabra derivada de COR como cordial.

De la palabra corazón derivan la corazonada, incluso el corazoncito,  el verbo descorazonar y su resultado  el descorazonamiento, y la forma de aumentativo corazonazo que hemos citado más arriba, que muestra que ya se ha perdido la conciencia de que corazón era un aumentativo doblemente caracterizado de cor, por lo que se vuelve a marcar con el sufijo castellano  –azo que ya llevaba incorporado.

En relación con el corazón como sede de la memoria hemos heredado el verbo recordar, que procede del latín recordari con el significado que tenía en nuestra lengua madre de traer algo a la memoria, a la mente, en el sentido de representarse algo pasado con la imaginación o el pensamiento. De ahí proceden, pues, nuestros recuerdos, recordaciones  y recordatorios.  A estas alturas ya no nos extraña la diptongación de una O breve latina, que suele producirse cuando es portadora del acento como en recuerdo, mientras que la vocal conserva el timbre que tenía si el acento se ha desplazado dentro de la palabra, por ejemplo en  recordamos.

La expresión “de coro” significa “de memoria, de carrerilla” en castellano viejo. La encontramos en el Quijote: “Si tratáredes de ladrones, yo os daré la historia de Caco, que la sé de coro…”. También está recogida en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua como locución adverbial poco usada, que significa de memoria, y que se utiliza con expresiones como decir, saber, tomar de coro. Y puede compararse con la expresión francesa “par coeur” o a la inglesa “by heart”, que significan, ambas, lo mismo: de memoria, es decir, con el corazón.

 


El término récord es la castellanización del inglés “record”, que procede también de la misma palabra latina recordari, y que se ha especializado con el significado de marca o mejor resultado en el ejercicio de un deporte, en expresiones como tiempo récord o batir un récord. En inglés hay un verbo to record, que se pronuncia con acento en la o, y significa grabar, por ejemplo una pieza musical en un disco, o  tomar nota de algo, para que quede constancia, o sea, recuerdo, y el sustantivo record, que se pronuncia con acento en la e, y que alude al registro tomado de algo.   ¿Cómo llegó esta palabra de origen latino a la lengua de Shakespeare? Como muchísimas otras, casi el 60 por ciento de su vocabulario, a través del francés de los normandos. Es decir to record, procede del francés antiguo recorder, que a su vez deriva del latín recordari, un compuesto de la raíz cord, que es la del corazón.

A partir de este verbo, se creó en castellano su sinónimo acordarse  con el sentido de tener memoria de algo, pero también con el de llegar a una determinación o consenso, un acuerdo, creándose su antónimo desacuerdo. Y relacionado con él, el adjetivo  acorde paralelo a concorde y discorde, sin olvidar el sustantivo masculino que se utiliza en musicología para referirse a la combinación armónica de tres o más sonidos diferentes. De donde procede el nombre del moderno instrumento musical de viento formado por un fuelle: el acordeón.

En relación con la raiz culta CORD- tenemos el adjetivo cordial, para referirnos a lo que se hace con el afecto del corazón.  Ya en latín había varios prefijos que modificaban el significado de esta raíz y que nosotros hemos heredados: CON- y  DIS-, que dan origen a concordia y a su antónimo discordia, por ejemplo, o a los verbos concordar y discordar. En el primer caso significa que hay acuerdo, es decir, coincidencia, encuentro, conformidad, y en el segundo que no lo hay, sino que en su lugar surge la oposición, la desavenencia, la diferencia.

Ya en latín se había creado misericordia, a partir del verbo misereo que quería decir tener piedad o compasión, o del adjetivo miser, si se quiere ver así, con el sustantivo cor(d) que estamos estudiando, y quería decir compasión, de donde hemos heredado nosotros misericordioso para referirnos a la virtud que mueve al corazón a la piedad, incluso en el caso de la puñalada de misericordia o golpe de gracia,  ya que en la Edad Media los caballeros solían llevar un puñal llamado de misericordia con el que daban el golpe de gracia al enemigo, es decir, la muerte para evitarle el sufrimiento de la agonía.

No debemos olvidar el incordio y su curioso origen, pues no procede del sufijo latino IN- que tiene dos valores, la negación como en incorpóreo o el lugar en donde como en incorporar, sino de la forma  *antecordium, que significaba tumor del pecho que se hallaba ante el corazón del caballo. De *antecordium pasaría la palabra a *ancordium, abreviándose, y de ahí a encordio, que ya está atestiguada en castellano en el siglo XIII, y que es el origen de nuestro incordio:  un tumor que se desarrollaba en el pecho de los caballos. A partir de ahí se crea el verbo incordiar que pasa a ser un sinónimo de molestar e importunar.

No olvidemos la cordura o sensatez, según lo dicho de que el cor era la sede de la razón y no sólo de los sentimientos desmandados, y la cualidad de cuerdo, o el adjetivo cordal que se aplicaba a la muela del juicio, la muela cordal. Y no olvidemos tampoco el coraje o valor, que nos viene a través del francés courage y que está relacionado con el corazón porque se consideraba que también la valentía tenía su sede en él.

La palabra griega para referirse al corazón es kardi/a  (cardía),  relacionada etimológicamente con la raíz latina CORD- por su común origen indoeuropeo, la conservamos en el dominio de la medicina: cardíaco, endocardio, cardiología, electrocardiograma, miocardio, taquicardia,  pericardio y un largo etcétera.

Es interesante el testimonio de Aulo Gelio sobre el escritor Ennio, el pater Ennius como lo llama Cicerón aludiendo a que lo considera el padre de la literatura latina, introductor del hexámetro dactílico homérico y hesiódico en Roma, que nos ha transmitido la espléndida metáfora de que el lenguaje de un hombre es su alma. Dice Aulo Gelio literalmente en latín  Quintus Ennius tria corda habere sese dicebat, quod loqui Graece et Osce et latine sciret, y que significa que Quinto Ennio decía que tenía tres almas, porque sabía hablar en griego, en osco y en latín


La palabra que hemos traducido por “almas” es CORDA, el plural de COR. Ennio, pues, decía que tenía tres corazones, es decir, tres almas, porque, como ha quedado dicho, el corazón era para los antiguos la sede del alma, con todas sus facultades intelectivas y sentimentales. Es curioso cómo un romano de la antigüedad era consciente del valor de la lengua como cosmovisión o Weltanschauung que dicen los alemanes, o sea, como mirada a la realidad del mundo. Y es que las distintas lenguas ofrecen distintas visiones de la realidad, hasta el punto de que puede afirmarse que la realidad es la visión particular que nos ofrece cada lengua. Y cuantas más lenguas conozcamos, por lo tanto,  más conscientes seremos de que ninguna de ellas es la verdadera y de que todas las visiones de la realidad que conllevan son tan válidas como relativas.  Resulta también sorprendente cómo para Ennio las tres lenguas que cita tienen la misma categoría, cada una representa un COR, equiparándolas y valorándolas por igual. No considera que una valga per se más que las otras, ni siquiera el latín, que era la lengua dominante en el sur de Italia, que se había impuesto administrativamente sobre el osco y el griego, un griego que todavía se sigue hablando en algunas zonas de lo que fue la Magna Grecia y que se llama greco, un dialecto del griego antiguo todavía vivo en algunos de aquellos lares.