martes, 29 de julio de 2014

¿Jesucristo? No. O Jesús o Cristo.

Hay que distinguir entre el personaje histórico y el Cristo de la fe, entre el Jesús de carne y hueso y el mito que se fraguó sobre él y que suele denominarse el Cristo ("ungido" en griego),  en el que creen todavía hoy muchos millones de cristianos. Vamos a tratar, pues, de analizar el nombre compuesto «Jesucristo», para distinguir el personaje histórico del mitológico o legendario.

Jesús es un personaje histórico de cuya existencia cabe poca duda: se sabe que nació en el 6 d. C., paradójicamente, que no nació en Navidad (24 de diciembre era la fiesta de la Nativitas Solis, solsticio de invierno), que no nació en Belén, sino en Nazaret, que tuvo varios hermanos (Santiago, por ejemplo) y que fue, como Juan el Bautista, un predicador convencido de que se acercaba el fin del mundo, una profecía que obviamente, dos mil años después, no se ha cumplido todavía,  y que había que prepararse para la llegada del Reino de Dios.

Se separó de Juan Bautista (parece que hubo rivalidad entre ellos) y formó su propia secta. Jesús no es cristiano, sino judío. Su intención nunca fue crear una iglesia, sino preparar al pueblo de Israel para el advenimiento del Reino de Dios, un proyecto político y espiritual, que él creía inminente.

Fue condenado a muerte por los romanos acusado de sedición. Sobre su cruz se clavó el rótulo INRI, acrónimo de  Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum: Jesús Nazareno rey de los judíos. Parece ser que reclamó cuando entró en Jerusalén el trono de David. 

Su crítica se dirigía al sector judío más romanizado (y por lo tanto menos fundamentalista y fanático, más tolerante), porque se apartaban de la religión tradicional judía, un monoteísmo de pueblo escogido centrado en Jehová o Yavéh. Los judíos esperaban un Mesías, un salvador enviado por Dios, que siguen espeando, porque no reconocen a Jesús más que como un profeta.

 Cristo crucificado o de San Plácido (1632),  de Velázquez.

Que los romanos lo consideraban peligroso lo prueba el hecho de que fue detenido por una cohorte, esto es, por la décima parte de una legión (entre 400 y 600 legionarios romanos al mando de un tribuno) y por el hecho de que algunos de sus seguidores iban armados, como San Pedro que portaba una espada. Es célebre el episodio en que le pregunta al maestro si saca ya la espada y éste le dice que todavía no.

Su predicación no es muy original. Se dirige sólo a los judíos, para que vuelvan a su religión tradicional. Una vez muerto el maestro, san Pablo, verdadero creador del mito de Cristo y fundador del cristianismo,  hará de esta secta judaica una religión universal, fuera del estrecho marco original. La palabra griega "católico" quiere decir, precisamente, universal.

Todo el que quiera puede ser cristiano: no es imprescindible ser judío ni, en el caso de los varones, estar circuncidado. Pero para Jesús sí lo era. Predicó el amor a los inimici, a los enemigos personales judíos, pero nunca a los hostes o enemigos públicos; no se trata de un amor universal, sino de un odio frente al enemigo común, que eran los romanos. En ningún momento condenó la violencia, que él utilizó para expulsar a los cambistas del templo, por ejemplo. Parece que Jesús se oponía directamente a la dominación romana, lo que los evangelistas han disimulado y falseado.Aunque en los propios Evangelios hay vislumbres de esto:“Y viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: “Señor ¿herimos con la espada?” La impresión neta de que Jesús y los suyos iban armados para una contienda, y no excluían la posibilidad de violencia se impone por sí misma.

Lo cierto es que fue condenado a la cruz y murió. Los cristianos creen que resucitó, pero eso forma parte del mito de Cristo, no de la realidad del personaje histórico, de Jesús, que murió y pasó como tantos más a la mayoría, como decían los griegos, con un eufemismo para referirse a la muerte. La resurrección de Jesús no puede considerarse un hecho histórico, sino algo que sólo se produjo en la imaginación alucinada de sus seguidores: un mito, por lo tanto.

El mito cristiano se basa en que el propio Jesús se ofreció como cordero de Dios («agnus Dei»), es decir, como sacrificio, autoinmolándose para salvar a los hombres, lo que no cuadra muy bien con las últimas palabras del Jesús histórico (Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?) que revelan, más bien, el fracaso de su empresa.

La imposibilidad de encajar el Jesús histórico y el Cristo de la fe constituye una evidencia interna de la altísima probabilidad de que haya existido un mesianista llamado Jesús que anunció la inmediata instauración en Israel del reino mesiánico de la esperanza judía en las promesas de su Dios.

El martirio inesperado de Jesús que concluyó con su crucifixión debería haber descalificado su pretensión de ser un mesías -y tal fue la reacción inicial de sus díscípulos, que sintieron el fracaso de su proyecto. En los Evangelios Jesús profetiza constantemente. Cuando acierta, lo hace ex eventu (pasión, muerte, resurrección), pero la mayoría de sus predicciones, como la de la inminencia del final de los tiempos,  han resultado fallidas.

Uno de sus dichos con más fundamento histórico pudo ser, cuando le preguntaron si era lícito pagar el tributo a los romanos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La pregunta era una encerrona, si decía que no era lícito, los romanos caerían sobre él porque estaría alentando a la insumisión fiscal; si decía que era lícito, sus seguidores lo tacharían de cobarde. Entonces salió del paso dando una respuesta ambigua. Señala la moneda que tenía la efigie del César. Pregunta quién  está allí representado. Le responden que el César de Roma. Entonces contesta. «Pues dádselo a él». Pero a Dios había que darle loque era de Dios, es decir, según su concepción: la tierra prometida de Israel, su pueblo elegido. 

En cuanto al mito de Cristo, se puede hacer mitología comparada y establecer algún paralelismo con  la figura heroica de Hércules, al que los griegos denominaron Heraclés, un personaje hoy en día totalmente desacreditado en el sentido de que no es objeto, que yo sepa, de ninguna fe ni culto, y que sólo en la historia del arte (literatura, pintura y escultura básicamente) encuentra  lugar en nuestro mundo.  

Hijo de Dios. Tanto Hércules o Heraclés como el Cristo son hijos de un dios todopoderoso: hijo de Zeus, en el caso del héroe griego, hijo de Jehová, Yahvé o Dios en el de Cristo. Ambos son, además, hijos de una virgen: Alcmena en el primer caso y María en el segundo. Ambas mujeres llegaron vírgenes a la procreación de sus primogénitos. En el caso de María se trataría de una unión espiritual, mientras que en el caso de Alcmena, que todavía no había consumado su matrimonio con su esposo Anfitrión,  de una unión carnal: Zeus se presentó ante ella bajo el aspecto de Anfitrión, simulando que era su marido que volvía de la guerra. 

 Hércules Farnesio, copia romana en mármol del original de bronce de Lisipo (320 a. C.).


Ascensión a los cielos: Tras su muerte, tanto Heracles como Jesús fueron ascendidos al Olimpo y al Reino de los Cielos, respectivamente. La apoteosis de ambos es, obviamente, favorecida por su condición heroica, es decir, de hijos de un dios y de una mortal.  En el caso del griego, su glorificación se produjo cuando el héroe iba a ser incinerado pero Zeus decidió salvarlo de sus llamas y ascenderlo al Olimpo en un carro de caballos. Por su parte, la ascensión de Jesucristo se produce tras su resurrección del reino de los muertos al tercer día de su óbito. 

¡Qué diferentes e incompatibles son el Jesús histórico y el Cristo de «la fe de nuestros mayores»! Si hubiera que quedarse con uno de ellos ¿con quién nos quedaríamos? ¿con el líder guerrillero y visionario que dijo literalmente «No creáis que he venido a meter paz en la tierra. No he venido a meter paz, sino espada» (Mateo, 10, 34), donde, por cierto, algunos han traducido mal a veces «cizaña»  por «espada»? ¿o con el maestro espiritual pacifista que predica el amor universal y la paz?

Os dejo con la pregunta en el aire y con una hermosa canción del cantante canadiense Rufus Wainwright, Agnus Dei («cordero de Dios»), que interpeta magistralmente al piano en directo en un concierto en Central Park, cuya letra está basada en la liturgia cristiana.  El cantante considera, no sin razón, esta canción una canción pacifista contra la guerra, una canción siempre muy oportuna, ahora mismo, por ejemplo, cuando Israel bombardea despiadadamente la franja de Gaza. La letra dice en latín, : «Agnus Dei / qui tollis peccata mundi /, dona nobis pacem»: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz. Divinas palabras, que diría Valle Inclán.




Si os interesa el tema, hay un librito fundamental y recomendable «El mito de Cristo», de Gonzalo Puente Ojea, publicado por Siglo Veintiuno de España, Madrid, 2000.

jueves, 24 de julio de 2014

El pajarillo de Lesbia



El "Pajarillo de Lesbia" es uno de los poemas más célebres y celebrados de Gayo Valerio Catulo (c. 87 - c.57 antes de nuestra era; c por cierto es la abreviatura de circa "en torno a, cerca" ya que los años que enmarcan la cronología de su biografía son aproximados).

Ha muerto el pajarillo de su amada Lesbia, pseudónimo literario que esconde a Clodia, una aristócrata casada, muy liberada de convencionalismos sociales y muy culta,  que gustaba de la poesía lírica de Safo de Lesbos.

En Roma las mujeres libres no tenían, propiamente hablando, nombre propio. Así como los hombres libres tenían tria nomina, un praenomen, un nomen y un cognomen, es decir un nombre y dos apellidos paternos, las mujeres tenían como única denominación el primer apellido de su padre con la terminación femenina -a. Es decir que la hija que tuvo Gayo Julio César se llamó, forzosamente, Julia.Y Julia quería decir "la de Julio". Cuando un padre tenía varias hijas, todas se llamaban igual. César sólo tuvo una, por cierto.

El caso es que la aristócrata Claudia se hizo llamar enseguida Clodia con una pronunciación plebeya y de algún modo vulgar de su nombre. En una época en que las gramáticas y los maestros de escuela enseñaban a los niños que no debía decirse "thesorum", como acabaría diciéndose con el tiempo, sino "thesaurum", ella se hacía llamar Clodia y no Claudia, como debería llamarse una mujer que descendía de la familia de rancio abolengo del legendario, nada más y nada menos, Apio Claudio el Ciego.  

El hecho le inspira al poeta veronés un sentido poema lleno de un simbolismo muy rico. Imagináos, después de leer el poema, cuántas cosas puede connotar ese pajarillo: el amor del poeta y su amada, la belleza, la juventud, la pasión...

 Lesbia y su gorrión, cuadro de Edward John Poynter (1836-1919)

Os presento la versión musical de Tyrtarion, que cantan el poema en un latín pulidísimo, con una música apropiada. El vídeo no deja tampoco nada que desear. Las imágenes acompañan perfectamente al contenido de los endecasílabos del poeta veronés. 



He aquí el poema III (Lugete o Veneres Cupidinesque) de Catulo traducido a nuestra lengua reproduciendo la magia del verso, es decir, el ritmo: un verso de once sílabas con acentos musicales en la 3ª, 6ª, 8ª y 10ª sílabas. No siempre coinciden, es elegante que alguno caiga a contratiempo, lo que no impide que el oído sienta y reconozca el ritmo.

¡Llorad, Venus, llorad también Cupidos
y hombres todos los que sensibles haya!
Se murió el gorrioncillo de mi amada,
gorrioncillo que hacía sus delicias;
que ella más que a sus ojos adoraba,
que era dulce y a su ama conocía
él tan bien como a propia madre su hija,
y no se separaba de su seno,
sino que por aquí y allá saltando,
siempre sólo a su dueña le pïaba.
Va él ahora por senda tenebrosa
hacia donde que nadie,  dicen, vuelve. 
¡Ay  malhaya a  vosotras, malas sombras
de Orco, que devoráis lo que hay hermoso:
pajarillo tan lindo me robásteis!
¡Cruel  suceso,  mi  pobre pajarillo,
por tu culpa enrojecen los ojuelos
de mi amada de llanto ahora henchidos!

viernes, 18 de julio de 2014

Thálassa, thálatta





Igual que aquellos diez mil griegos que nos cuenta Jenofonte en la “Anábasis” que en el año 401 antes de Cristo expresaron con lágrimas en los ojos su alegría abrazándose los unos a los otros al contemplar de nuevo el mar a lo lejos desde lo alto de una colina, el mar, la mar que para ellos suponía estar ya de vuelta en casa después de tantas y tan duras jornadas de duro caminar bajo el sol ardiente del desierto, y que gritaron con una voz que se multiplicaba en los ecos como el rumor del oleaje ¡thálatta, thálatta!, o lo que es lo mismo mar, mar, el mar, la mar, y festejaban así, a la vista del Mar Negro, el regreso que se les abría a través del mar de Posidón, igual que ellos celebramos nosotros también el retorno al fin a las aguas primigenias de todos los veranos, al mar, la mar de todos los naufragios.