martes, 29 de julio de 2014

¿Jesucristo? No. O Jesús o Cristo.

Hay que distinguir entre el personaje histórico y el Cristo de la fe, entre el Jesús de carne y hueso y el mito que se fraguó sobre él y que suele denominarse el Cristo ("ungido" en griego),  en el que creen todavía hoy muchos millones de cristianos. Vamos a tratar, pues, de analizar el nombre compuesto «Jesucristo», para distinguir el personaje histórico del mitológico o legendario.

Jesús es un personaje histórico de cuya existencia cabe poca duda: se sabe que nació en el 6 d. C., paradójicamente, que no nació en Navidad (24 de diciembre era la fiesta de la Nativitas Solis, solsticio de invierno), que no nació en Belén, sino en Nazaret, que tuvo varios hermanos (Santiago, por ejemplo) y que fue, como Juan el Bautista, un predicador convencido de que se acercaba el fin del mundo, una profecía que obviamente, dos mil años después, no se ha cumplido todavía,  y que había que prepararse para la llegada del Reino de Dios.

Se separó de Juan Bautista (parece que hubo rivalidad entre ellos) y formó su propia secta. Jesús no es cristiano, sino judío. Su intención nunca fue crear una iglesia, sino preparar al pueblo de Israel para el advenimiento del Reino de Dios, un proyecto político y espiritual, que él creía inminente.

Fue condenado a muerte por los romanos acusado de sedición. Sobre su cruz se clavó el rótulo INRI, acrónimo de  Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum: Jesús Nazareno rey de los judíos. Parece ser que reclamó cuando entró en Jerusalén el trono de David. 

Su crítica se dirigía al sector judío más romanizado (y por lo tanto menos fundamentalista y fanático, más tolerante), porque se apartaban de la religión tradicional judía, un monoteísmo de pueblo escogido centrado en Jehová o Yavéh. Los judíos esperaban un Mesías, un salvador enviado por Dios, que siguen espeando, porque no reconocen a Jesús más que como un profeta.

 Cristo crucificado o de San Plácido (1632),  de Velázquez.

Que los romanos lo consideraban peligroso lo prueba el hecho de que fue detenido por una cohorte, esto es, por la décima parte de una legión (entre 400 y 600 legionarios romanos al mando de un tribuno) y por el hecho de que algunos de sus seguidores iban armados, como San Pedro que portaba una espada. Es célebre el episodio en que le pregunta al maestro si saca ya la espada y éste le dice que todavía no.

Su predicación no es muy original. Se dirige sólo a los judíos, para que vuelvan a su religión tradicional. Una vez muerto el maestro, san Pablo, verdadero creador del mito de Cristo y fundador del cristianismo,  hará de esta secta judaica una religión universal, fuera del estrecho marco original. La palabra griega "católico" quiere decir, precisamente, universal.

Todo el que quiera puede ser cristiano: no es imprescindible ser judío ni, en el caso de los varones, estar circuncidado. Pero para Jesús sí lo era. Predicó el amor a los inimici, a los enemigos personales judíos, pero nunca a los hostes o enemigos públicos; no se trata de un amor universal, sino de un odio frente al enemigo común, que eran los romanos. En ningún momento condenó la violencia, que él utilizó para expulsar a los cambistas del templo, por ejemplo. Parece que Jesús se oponía directamente a la dominación romana, lo que los evangelistas han disimulado y falseado.Aunque en los propios Evangelios hay vislumbres de esto:“Y viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron: “Señor ¿herimos con la espada?” La impresión neta de que Jesús y los suyos iban armados para una contienda, y no excluían la posibilidad de violencia se impone por sí misma.

Lo cierto es que fue condenado a la cruz y murió. Los cristianos creen que resucitó, pero eso forma parte del mito de Cristo, no de la realidad del personaje histórico, de Jesús, que murió y pasó como tantos más a la mayoría, como decían los griegos, con un eufemismo para referirse a la muerte. La resurrección de Jesús no puede considerarse un hecho histórico, sino algo que sólo se produjo en la imaginación alucinada de sus seguidores: un mito, por lo tanto.

El mito cristiano se basa en que el propio Jesús se ofreció como cordero de Dios («agnus Dei»), es decir, como sacrificio, autoinmolándose para salvar a los hombres, lo que no cuadra muy bien con las últimas palabras del Jesús histórico (Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?) que revelan, más bien, el fracaso de su empresa.

La imposibilidad de encajar el Jesús histórico y el Cristo de la fe constituye una evidencia interna de la altísima probabilidad de que haya existido un mesianista llamado Jesús que anunció la inmediata instauración en Israel del reino mesiánico de la esperanza judía en las promesas de su Dios.

El martirio inesperado de Jesús que concluyó con su crucifixión debería haber descalificado su pretensión de ser un mesías -y tal fue la reacción inicial de sus díscípulos, que sintieron el fracaso de su proyecto. En los Evangelios Jesús profetiza constantemente. Cuando acierta, lo hace ex eventu (pasión, muerte, resurrección), pero la mayoría de sus predicciones, como la de la inminencia del final de los tiempos,  han resultado fallidas.

Uno de sus dichos con más fundamento histórico pudo ser, cuando le preguntaron si era lícito pagar el tributo a los romanos: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La pregunta era una encerrona, si decía que no era lícito, los romanos caerían sobre él porque estaría alentando a la insumisión fiscal; si decía que era lícito, sus seguidores lo tacharían de cobarde. Entonces salió del paso dando una respuesta ambigua. Señala la moneda que tenía la efigie del César. Pregunta quién  está allí representado. Le responden que el César de Roma. Entonces contesta. «Pues dádselo a él». Pero a Dios había que darle loque era de Dios, es decir, según su concepción: la tierra prometida de Israel, su pueblo elegido. 

En cuanto al mito de Cristo, se puede hacer mitología comparada y establecer algún paralelismo con  la figura heroica de Hércules, al que los griegos denominaron Heraclés, un personaje hoy en día totalmente desacreditado en el sentido de que no es objeto, que yo sepa, de ninguna fe ni culto, y que sólo en la historia del arte (literatura, pintura y escultura básicamente) encuentra  lugar en nuestro mundo.  

Hijo de Dios. Tanto Hércules o Heraclés como el Cristo son hijos de un dios todopoderoso: hijo de Zeus, en el caso del héroe griego, hijo de Jehová, Yahvé o Dios en el de Cristo. Ambos son, además, hijos de una virgen: Alcmena en el primer caso y María en el segundo. Ambas mujeres llegaron vírgenes a la procreación de sus primogénitos. En el caso de María se trataría de una unión espiritual, mientras que en el caso de Alcmena, que todavía no había consumado su matrimonio con su esposo Anfitrión,  de una unión carnal: Zeus se presentó ante ella bajo el aspecto de Anfitrión, simulando que era su marido que volvía de la guerra. 

 Hércules Farnesio, copia romana en mármol del original de bronce de Lisipo (320 a. C.).


Ascensión a los cielos: Tras su muerte, tanto Heracles como Jesús fueron ascendidos al Olimpo y al Reino de los Cielos, respectivamente. La apoteosis de ambos es, obviamente, favorecida por su condición heroica, es decir, de hijos de un dios y de una mortal.  En el caso del griego, su glorificación se produjo cuando el héroe iba a ser incinerado pero Zeus decidió salvarlo de sus llamas y ascenderlo al Olimpo en un carro de caballos. Por su parte, la ascensión de Jesucristo se produce tras su resurrección del reino de los muertos al tercer día de su óbito. 

¡Qué diferentes e incompatibles son el Jesús histórico y el Cristo de «la fe de nuestros mayores»! Si hubiera que quedarse con uno de ellos ¿con quién nos quedaríamos? ¿con el líder guerrillero y visionario que dijo literalmente «No creáis que he venido a meter paz en la tierra. No he venido a meter paz, sino espada» (Mateo, 10, 34), donde, por cierto, algunos han traducido mal a veces «cizaña»  por «espada»? ¿o con el maestro espiritual pacifista que predica el amor universal y la paz?

Os dejo con la pregunta en el aire y con una hermosa canción del cantante canadiense Rufus Wainwright, Agnus Dei («cordero de Dios»), que interpeta magistralmente al piano en directo en un concierto en Central Park, cuya letra está basada en la liturgia cristiana.  El cantante considera, no sin razón, esta canción una canción pacifista contra la guerra, una canción siempre muy oportuna, ahora mismo, por ejemplo, cuando Israel bombardea despiadadamente la franja de Gaza. La letra dice en latín, : «Agnus Dei / qui tollis peccata mundi /, dona nobis pacem»: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz. Divinas palabras, que diría Valle Inclán.




Si os interesa el tema, hay un librito fundamental y recomendable «El mito de Cristo», de Gonzalo Puente Ojea, publicado por Siglo Veintiuno de España, Madrid, 2000.

sábado, 26 de julio de 2014

Siervos y esclavos




Según San Pablo, los esclavos no tenían por qué preocuparse de su condición porque todos los hombres éramos esclavos (serui) de Dios, que es el Señor (Dominus). Por eso, no debe sorprendernos el que la Iglesia no abogase por la abolición de la esclavitud cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio romano. Al revés, la Iglesia poseía esclavos, particularmente en las tierras de los monasterios, y amenazaba con la excomunión a quien los incitara a rebelarse contra sus dueños. El cristianismo intentó mejorar las condiciones de vida de los esclavos, pero nunca propugnó la abolición de la esclavitud. 

Igualmente el Islam, en el siglo VII, reconoció la esclavitud. El profeta Mahoma exhortaba a sus seguidores a que tuvieran un trato correcto con los esclavos, pero no ponía en cuestión la propia existencia de la esclavitud. 
En la Edad Media europea la esclavitud evoluciona hacia la servidumbre por la decadencia del comercio a gran escala. Los esclavos eran una mano de obra no rentable. El propio lenguaje también evolucionó a medida que se reconocía la nueva realidad social. La palabra latina que significa ESCLAVO es SERVVS, que evolucionó a siervo. Pero el siervo medieval dista mucho del seruus romano, porque este último era un esclavo, mientras que el siervo medieval  era otra cosa, como veremos enseguida.

A principios del siglo XII, se acuñó una nueva palabra para denominar a los auténticos esclavos que seguían existiendo desde la antigüedad, derivada del grupo étnico más numeroso en la trata medieval: los eslavos, víctimas del comercio esclavista en Bizancio. La palabra tiene equivalencias en todas las lenguas occidentales:

castellano
francés
portugués
italiano
rumano
alemán
inglés
esclavo
esclave
escravo
schiavo
sclav
Sklave
slave

Otra palabra española del mismo origen es ESLABÓN, que en castellano viejo se decía esclavón, y que designaba a las anillas, a las que comparaba con los esclavos por su incapacidad para separarse de la cadena.

 En la misma época en que aparece la palabra esclavo, la palabra siervo, procedente del latín seruus, que significaba esclavo, pasó a querer decir campesino dependiente. 


La servidumbre es la situación o estado de determinadas personas, llamadas siervos. Los siervos constituían una clase de trabajadores agrícolas, y estaban legalmente vinculados a un lugar de residencia y de trabajo, y obligados a cultivar y cosechar la tierra de su señor, que podía ser un noble, un eclesiástico o un monasterio. A cambio,  se les permitía labrar parcelas de estas tierras para su propio sustento y el de su familia, pagando a su señor una parte de sus ganancias (el famoso diezmo o décima parte) en especie y en metálico, entre otras obligaciones. Puesto que su residencia y su trabajo estaban legalmente unidos a la tierra, se les llamaba siervos de la gleba (en latín glaeba es terruño, tierra de cultivo) y estaban incluidos en cualquier transferencia de la propiedad agrícola. El señor, a cambio, estaba obligado a darles protección. 

La servidumbre era jurídicamente un estado de no libertad que implicaba una dependencia personal con respecto a un señor y que limitaba enormemente la residencia y el sustento, además de someter al siervo a unas obligaciones propias. Aunque muchos siervos eran descendientes de esclavos, la servidumbre no era idéntica a la esclavitud. Los siervos tenían ciertos derechos legales, determinada protección y no podían ser vendidos, tenían derecho a heredar y legar propiedades, mientras que los esclavos no. Seguían siendo, como los definió Varrón, “instrumentum uocale”: una cosa que habla.
En la antigüedad existieron situaciones sociales muy afines a la servidumbre (aparte de la esclavitud): la de los campesinos que trabajaban las tierras en la antigua Roma era semejante a la de los siervos medievales. Esos campesinos romanos, llamados coloni (‘colonos’) constituyen uno de los posibles precursores de los siervos medievales.
A veces imaginamos que la esclavitud es historia y un fenómeno propio del pasado, agua pasada,  pero su derogación es bastante reciente. En España, por ejemplo, no fue abolida hasta 1872, tras la proclamación de la primera república española.
En la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el artículo 4º establece que: Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidos en todas sus formas.

Teóricamente, la esclavitud ha sido abolida de la faz de la Tierra, pero en la práctica,  nosotros ¿somos libres? Os dejo con esta pregunta, con este billete con cita de Tolstoioi para reflexionar...



...y con la canción que nos ofrece el cantautor francés  Thomas Fernsen, que interpreta el poema de Jacques Prévert (1900-1977) Pour toi, mon amour, relacionado con este tema, con una música jazzística.

 

 La letra es muy sencilla. Así dice en el idioma de Molière:

Je suis allé au marché aux oiseaux 
Et j'ai acheté des oiseaux 
Pour toi 
mon amour 
Je suis allé au marché aux fleurs 
Et j'ai acheté des fleurs 
Pour toi 
mon amour 
Je suis allé au marché à la ferraille 
Et j'ai acheté des chaînes 
De lourdes chaînes 
Pour toi 
mon amour 
Et puis je suis allé au marché aux esclaves 
Et je t'ai cherchée 
Mais je ne t'ai pas trouvée 
mon amour

El mercado de esclavos en Roma (Jean-Léon Gérôme, 1884)


Una traducción :

Para ti, amor mío

Fui al mercado de pájaros
y compré pájaros
Para ti
amor mío
Fui al mercado de flores
y compré flores
Para ti
amor mío
Fui al mercado de chatarra
y compré cadenas
Pesadas cadenas
Para ti
amor mío
Después fui al mercado de esclavos
Y te busqué
Pero no te encontré
amor mío.


jueves, 24 de julio de 2014

El pajarillo de Lesbia



El "Pajarillo de Lesbia" es uno de los poemas más célebres y celebrados de Gayo Valerio Catulo (c. 87 - c.57 antes de nuestra era; c por cierto es la abreviatura de circa "en torno a, cerca" ya que los años que enmarcan la cronología de su biografía son aproximados).

Ha muerto el pajarillo de su amada Lesbia, pseudónimo literario que esconde a Clodia, una aristócrata casada, muy liberada de convencionalismos sociales y muy culta,  que gustaba de la poesía lírica de Safo de Lesbos.

En Roma las mujeres libres no tenían, propiamente hablando, nombre propio. Así como los hombres libres tenían tria nomina, un praenomen, un nomen y un cognomen, es decir un nombre y dos apellidos paternos, las mujeres tenían como única denominación el primer apellido de su padre con la terminación femenina -a. Es decir que la hija que tuvo Gayo Julio César se llamó, forzosamente, Julia.Y Julia quería decir "la de Julio". Cuando un padre tenía varias hijas, todas se llamaban igual. César sólo tuvo una, por cierto.

El caso es que la aristócrata Claudia se hizo llamar enseguida Clodia con una pronunciación plebeya y de algún modo vulgar de su nombre. En una época en que las gramáticas y los maestros de escuela enseñaban a los niños que no debía decirse "thesorum", como acabaría diciéndose con el tiempo, sino "thesaurum", ella se hacía llamar Clodia y no Claudia, como debería llamarse una mujer que descendía de la familia de rancio abolengo del legendario, nada más y nada menos, Apio Claudio el Ciego.  

El hecho le inspira al poeta veronés un sentido poema lleno de un simbolismo muy rico. Imagináos, después de leer el poema, cuántas cosas puede connotar ese pajarillo: el amor del poeta y su amada, la belleza, la juventud, la pasión...

 Lesbia y su gorrión, cuadro de Edward John Poynter (1836-1919)

Os presento la versión musical de Tyrtarion, que cantan el poema en un latín pulidísimo, con una música apropiada. El vídeo no deja tampoco nada que desear. Las imágenes acompañan perfectamente al contenido de los endecasílabos del poeta veronés. 



He aquí el poema III (Lugete o Veneres Cupidinesque) de Catulo traducido a nuestra lengua reproduciendo la magia del verso, es decir, el ritmo: un verso de once sílabas con acentos musicales en la 3ª, 6ª, 8ª y 10ª sílabas. No siempre coinciden, es elegante que alguno caiga a contratiempo, lo que no impide que el oído sienta y reconozca el ritmo.

¡Llorad, Venus, llorad también Cupidos
y hombres todos los que sensibles haya!
Se murió el gorrioncillo de mi amada,
gorrioncillo que hacía sus delicias;
que ella más que a sus ojos adoraba,
que era dulce y a su ama conocía
él tan bien como a propia madre su hija,
y no se separaba de su seno,
sino que por aquí y allá saltando,
siempre sólo a su dueña le pïaba.
Va él ahora por senda tenebrosa
hacia donde que nadie,  dicen, vuelve. 
¡Ay  malhaya a  vosotras, malas sombras
de Orco, que devoráis lo que hay hermoso:
pajarillo tan lindo me robásteis!
¡Cruel  suceso,  mi  pobre pajarillo,
por tu culpa enrojecen los ojuelos
de mi amada de llanto ahora henchidos!

viernes, 18 de julio de 2014

Thálassa, thálatta





Igual que aquellos diez mil griegos que nos cuenta Jenofonte en la “Anábasis” que en el año 401 antes de Cristo expresaron con lágrimas en los ojos su alegría abrazándose los unos a los otros al contemplar de nuevo el mar a lo lejos desde lo alto de una colina, el mar, la mar que para ellos suponía estar ya de vuelta en casa después de tantas y tan duras jornadas de duro caminar bajo el sol ardiente del desierto, y que gritaron con una voz que se multiplicaba en los ecos como el rumor del oleaje ¡thálatta, thálatta!, o lo que es lo mismo mar, mar, el mar, la mar, y festejaban así, a la vista del Mar Negro, el regreso que se les abría a través del mar de Posidón, igual que ellos celebramos nosotros también el retorno al fin a las aguas primigenias de todos los veranos, al mar, la mar de todos los naufragios.

martes, 15 de julio de 2014

La muerte de Séneca o El camino hacia la libertad



Uno de los textos latinos más “contundentes” que conozco y que menos indiferente me deja es este de Séneca, nuestro filósofo cordobés, que os propongo y que podríamos titular Ad libertatem iter o El camino hacia la libertad, tomando el título del propio texto. (La referencia es De ira III, 15, 4).  Dice, en versión original en negrita y  traducido literalmente en cursiva frase a frase:

Quocumque respexeris, ibi malorum finis est. A dondequiera que vuelvas la vista, allí está el fin de tus males. Vides illum praecipitem locum? ¿Ves aquel despeñadero? illac ad libertatem descenditur. Por allí se baja a la libertad. Vides illud mare, illud flumen, illum puteum? ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? libertas illic in imo sedet. Allí, en su fondo, reside la libertad. Vides illam arborem breuem retorridam infelicem? ¿Ves aquel árbol no muy alto, reseco, sin fruto?  pendet inde libertas. De él cuelga la libertad. Vides iugulum tuum, guttur tuum, cor tuum? ¿Ves tu yugular, tu garganta, tu corazón? effugia seruitutis sunt. Son válvulas de escape de la esclavitud. Nimis tibi operosos exitus monstro et multum animi ac roboris exigentes? ¿Te muestro salidas muy dificultosas y que exigen mucha voluntad y fuerza? Quaeris quod sit ad libertatem iter? quaelibet in corpore tuo uena. ¿Me preguntas  cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo. 

A la pregunta de cuál es el camino más sencillo hacia la libertad, Séneca responde, después de considerar el lanzamiento al vacío por un precipicio, el ahogamiento en el agua, la horca o una puñalada en la yugular o el pecho,  que cualquier vena que se abra de nuestro cuerpo. De alguna manera estaba preanunciando su propio suicidio no voluntario, sino ordenado por el emperador Nerón, que el filósofo cordobés aceptó, a la fuerza ahorcan, con estoica resignación.

Según parece, el maestro había participado en una conspiración política encabezada por Calpurnio Pisón, la célebre conjura de Pisón,  junto con otros intelectuales como Petronio y Lucano, que estaban en contra del tirano, para derrocar al emperador Nerón -del que el propio Séneca había sido su preceptor. El castigo imperial no se dejó esperar: Nerón ordenó que los conjurados se suicidaran.


Séneca, después de abrirse las venas  de Manuel Domínguez Santos (1840-1906). Al ver este cuadro y la figura del sabio que yace muerto en la bañera, nos viene enseguida a la cabeza  el más famoso lienzo de David La muerte de Marat, con el brazo del revolucionario cayendo lánguidamente, en el que parece haberse inspirado nuestro pintor. 

 Grabado de Séneca desangrándose.

El historiador Tácito (Anales, libro XV, 62-64) relata, sine ira et studio, es decir, sin encono ni parcialidad, como era costumbre en él,  la muerte del sabio cordobés en estos términos:

(Un centurión ha venido a anunciarle a Séneca que debe quitarse la vida por orden del emperador Nerón).  Él, sin inmutarse, pide las tablillas de su testamento; como el centurión se las niega, se vuelve a sus amigos y les declara que, dado que se le prohíbe agradecerles su afecto, les lega lo único, pero lo más hermoso, que posee: la imagen de su vida; si se acuerdan de ella, tendrán la  reputación de hombres virtuosos como premio por tan constante amistad. Al tiempo procura convertir su llanto en entereza, ya hablándoles en tono llano, ya con mayor energía y como reprendiéndolos; les pregunta dónde están los preceptos de la filosofía, dónde los razonamientos por tantos años meditados frente al destino. ¿A quién había pasado desapercibida la crueldad de Nerón? Asesinados su madre y su hermano -les decía- ya nada le faltaba sino añadir a esas muertes la de su educador y maestro.



Hechas estas y similares consideraciones como hablando para todos, abraza a su esposa y, un poco conmovido a pesar de su inquebrantada entereza, le ruega y suplica que modere su dolor y no lo haga eterno, antes bien, que en la contemplación de una vida transcurrida en la virtud se acomode a soportar con honorables consuelos la añoranza de su marido. Pero ella le responde asegurándole que tiene decidido morir también, y reclama la mano del ejecutor. Entonces Séneca, por no oponerse a su gloria, y al tiempo por amor a ella,  no queriendo dejar a la que amaba como a nadie expuesta a los agravios, le dice: «Yo te había mostrado los aspectos gratos de la vida; tú prefieres el honor de la muerte; no me mostraré envidioso ante un ejemplo así. Sea la fortaleza de esta muerte tan valerosa igual por parte de ambos, pero tu final merecerá más gloria.» Tras esto y de un mismo golpe se abren las venas de los brazos con el hierro. Como a Séneca, debilitado su cuerpo por la vejez y la parquedad en el alimento, la sangre se le escapaba lentamente, se abrió también las venas de los muslos y pantorrillas. Extenuado por crueles sufrimientos, a fin de no quebrantar con su dolor el ánimo de su esposa y no dejarse él llevar a la debilidad al contemplar los tormentos que ella padecía, la persuade a que se retire a otra habitación. Todavía en posesión de su elocuencia en su momento supremo, hizo venir a los secretarios y les dictó abundantes líneas que, dado que han sido ya divulgadas en sus términos literales, me excuso de glosar aquí.

...Entretanto Séneca, como se alargaba el lento trance de su muerte, pide a Estacio Anneo, en cuya amistad y arte médica confiaba por larga experiencia, que le proporcione un veneno prevenido desde tiempo atrás, el mismo por el que morían los condenados por público juicio en Atenas; se lo llevó y de nada le sirvió tomarlo, porque al estar ya fríos sus miembros se cerraba su cuerpo a la acción  del tóxico. Por fin entró en un baño de agua caliente, y salpicando a los esclavos que se encontraban a su lado añadió que hacía libación de aquellas aguas a Júpiter Liberador...

 
El texto de Tácito, como apunta en su espléndida traducción publicada por la Biblitoteca Clásica Gredos, José Luis Moralejo, galardonado en 2009 con el Premio Nacional de Traducción,  alude en el último párfafo al veneno de la cicuta, estableciendo un paralelismo entre la muerte de Sócrates y la de Séneca. Por otra parte, el rito de la libación que allí se menciona consistía en derramar por tierra la bebida que se ofrecía a los dioses para pedirles o agradecerles algo. Séneca considera su muerte como una liberación.


La muerte de Séneca de P. P. Rubens (1577-1650). Este cuadro se inspira directamente en la narración  de Tácito que hemos leído. Muestra al maestro en el centro de la composición metido en el barreño. Su musculatura nos recuerda un poco a las esculturas renacentistas de Miguel Ángel. A la derecha vemos al médico amigo que lo ayuda a desangrarse, a la izquierda, agachado, un discípulo tomando las notas que él le dicta en el trance de su muerte, palabras que por cierto no se han conservado,  y detrás de él al centurión y un legionario, admirando la entereza y la resignación con la que el sabio afronta su destino. 

miércoles, 9 de julio de 2014

Cuatro citas de Terencio


Homo sum, humani nihil a me alienum puto. – Soy hombre, nada humano considero ajeno a mí. Así se expresa el ideal del humanismo, un alegato contra la indiferencia ante el dolor humano. Cita sacada de la comedia Heutontimorúmenos, o El verdugo de sí mismo, verso  77. Es quizá la cita más conocida y repetida de Terencio, en la que se basa el humanismo.

Fiodor Dostoievski (o quizá deberíamos escribir Dostoyesqui)  convirtió la frase en "Satan sum et nihil humanum a me alienum puto". Pertenece a su novela Los hermanos Karamázov, en concreto a la pesadilla de la entrevista entre Iván y el Diablo, que le dice: "Soy Satanás y nada humano me es ajeno."

 


Nullum est iam dictum quod non dictum sit prius. – No hay dicho que antes no haya sido dicho ya. Aparece en el prólogo del Eunuco, verso 41, donde Terencio se defiende de las acusaciones de plagio, lo que nos recuerda de algún modo a nuestro Eugenio d´Ors: "Todo lo que no es tradición es plagio".


Quot homines, tot sententiae. –Cuantas personas, tantas opiniones, o Cuantos hombres tantos pareceres. La cita Terencio en Formión, verso 454, y Cicerón se hace eco de ella recitándola en varias ocasiones.  La frase quiere decir que cada cual tiene una opinión propia, la suya, una “sentencia”, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, una manera y de sentir y de pensar, un punto de vista o parecer particulares que se caracteriza por su singularidad. Es como si dijéramos que cada cual tiene su personalidad, con sus gustos propios que lo individualizan. Hay algo, sin embargo, que es común a toda la humanidad, como formuló en griego Heráclito: el logos o razón. Sin embargo, nadie posee la exclusividad de la razón, porque no es una propiedad privada, como las opiniones, como las ideas, sino común. Lo que poseemos es idiotismo, porque todos somos “idiotas”, en el sentido etimológico de la palabra, y por eso hablamos “idiomas”. Se cita a veces para defender que cada cual tenga su opinión, su ideología, como si fuera un derecho humano inalienable, olvidando que las opiniones no son más que un impedimento para la razón común, tras el que se esconde nuestra idiocia, nuestra idiotez. 


Las opiniones, dicen los norteamericanos, son como los culos, todo el mundo tiene uno. O, en palabras de la autora de bestsellers Simone Elkeles: “Opinions are like assholes, everybody' s got one and everyone thinks everyone else's stink.”  Las opiniones son como los ojetes, todo el mundo tiene uno y piensa que el que huele mar es el de los demás.   

Sine Cerere et Libero friget Venus. –Sin pan y vino se enfría la pasión. Sin Ceres y Baco se enfria Venus, es decir, el deseo sexual, la sensualidad. Pertenece al Eunuco, donde Cremes en la quinta escena del acto cuarto (732) le dice a Pitias literalmente con un octonario yámbico: «Verbum, hercle, hoc uerum erit: sine Cerere et Libero friget Venus»; va a ser,  recristo, el refrán verdad de que no hay sin pan ni vino amor. En la versión que doy del verso he resuelto el juramento hercle -¡por Hércules!- por un más moderno "¡recristo!".

En español tenemos las siguientes paráfrasis: Sin Ceres y Baco el amor es flaco; Vulcano ni Venus -es decir, marido y mujer-, sin Ceres y Baco, no valen un caco; sin pan y vino, Venus tiene frío; sin Ceres y Baco Venus se vuelve frígida; sin comer ni beber, no hay del otro placer; sin pan ni vino no hay amor fino; sin buen yantar y  beber, se enfría pronto el placer. 

La frase se convirtió en un motivo típico y tópico de la pintura. Un ejemplo el lienzo de Goltzius, donde vemos a Venus con su hijo Cupido, que porta una antorcha, alimentada la diosa por los dones de Baco, el dios que desinhibe y libera, por eso llamado también Libre por los romanos -Lïbero, en el texto de Terencio-, caracterizado por los cuernos, y por la madre de los frutos de la tierra, Ceres.

 Sine Cerere et Libero friget Venus (Hendrick Goltzius, 1558 – 1617)